LA GACETA / María Silvia Granara

Algo más de 24 horas separan a Tucumán Central del partido más importante de su centenaria historia. Algo más de 220 kilómetros separan a Villa Alem del estadio de la Liga Catamarqueña. Pero al recorrer las calles del barrio, la sensación es como si todos ya estuvieran allá.
La pasión viaja a gran velocidad. La emoción recorre la zona sur de la ciudad en taxi, como el que nos lleva hacia las inmediaciones del estadio, donde todo se prepara para la venta de entradas. El chofer, como guiño del destino, es un vecino más. Mejor todavía: Mauricio Gómez es exjugador y, en el camino, nos cuenta que supo vestir la camiseta roja en la década del ’80 y que tuvo como técnico a José “Tato” Medina, uno de los máximos ídolos del club. Su orgullo se adivina en el retrovisor mientras recuerda sus épocas en la cancha, aunque el domingo le toque la amargura de quedarse en Tucumán. “Tengo muchos conocidos que viajan, pero yo no puedo”, se lamenta. Sin embargo, la resignación se transforma en asombro cuando le comento que la final será televisada. “Ya mismo le voy a decir a mi hijo que no se olvide de ponerme el partido”, dice con una sonrisa, mientras llegamos a la esquina de La Rioja y La Plata.
Caminar por las veredas y llegar a la avenida Jujuy con la cámara al hombro es activar un código invisible. Desde un carrito de milanesas, entre el ruido del aceite y el aroma a cebolla, los clientes interrumpen el almuerzo para soltar el grito de guerra cuando el equipo de LA GACETA se acerca: “¡Aguante Tucumán Central!”. Aunque están comiendo y no quieren hablar, los vendedores lo confirman: el barrio no habla de otra cosa. La revolución es total.
La mística de la gomería
Al llegar a la esquina de Jujuy e Independencia, la identidad del “Rojo” sale al cruce. En una gomería, un joven ajusta las tuercas de la rueda de un auto mientras luce orgullosamente la campera del club. A su lado, Víctor Décima, de 32 años, lidera la charla futbolera mientras organiza la logística del viaje.
Décima explica que el barrio vive un fenómeno que no se veía desde hace años. Para él, ver a Villa Alem tan unida en la espera de un triunfo es una alegría que atribuye a la actual comisión directiva. “El club está muy bien; hoy le dan mucha importancia y eso atrae incluso a gente de otras zonas. Ahora hasta los de Villa Amalia vienen a vernos y traen a sus hijos a practicar otros deportes”, afirma Víctor, quien ya tiene su lugar asegurado en uno de los cinco colectivos que partirán desde el club junto a amigos y familiares. Sus palabras destilan un sentido de pertenencia absoluto: “Somos nacidos y criados en Villa Alem y moriremos aquí”.
El deseo de estar presente en Catamarca desvela a todos. Allí mismo, Ricardo Nieva (42) hace cuentas, pero está decidido. “Si no llegamos con la parte económica, nos vamos a mandar en moto”, avisa.
Ese sentimiento lo comparte Maximiliano Lafuente (20), jugador de la Reserva, quien vive la previa con una mezcla de ansiedad de hincha y mirada de protagonista. Lafuente destaca el cambio estructural del club: recuerda que antes la cancha era “un desastre” y que hoy luce renovada. A pesar de una lesión de rodilla que lo mantiene alejado de las canchas, Maximiliano entrenó muchas veces con el primer equipo y asegura que todos los chicos del club están como él, buscando la forma de llegar a la final.
LA GACETA / María Silvia Granara
La herencia roja: del kiosco a la gloria
La voz de la experiencia y la nostalgia llega en la calle La Rioja, casi esquina La Plata. Allí, en su kiosco, Franco Ludueña (33) atiende con la emoción a flor de piel. Exjugador y parte de una dinastía que transpiró la camiseta —sus dos hermanos también pasaron por la Primera—, describe este presente como algo “soñado”.
Para Ludueña, lo más impactante es el orden institucional y la visibilidad. “Es hermoso entrar a las redes sociales y ver el escudo de Tucumán Central en todas partes, algo que antes no pasaba”. Relata cómo el club recuperó su lugar en la conversación cotidiana: “Vas a la carnicería, a la verdulería y todos están hablando del partido. O vas a cualquier lado y algún conocido sabe que vos jugaste o que sos hincha de Tucumán Central y ya te empieza a hablar de eso, cuando antes no lo hacían”.
El “Rojo” es una identidad que se hereda y se comparte; por eso, su viaje a Catamarca será en auto, junto a su hermano y su hijo.
Franco estuvo en el césped en el ascenso de 2012. Mañana le tocará alentar desde la tribuna, pero su compromiso es inalterable. “Todos los exjugadores vemos cómo está el club hoy, y nos encantaría jugar en estas condiciones”, confiesa con la mirada puesta en el paredón del club, justo frente a su casa. “Si volviera a nacer, volvería a jugar en Tucumán Central”, sentencia.
Como él, todo Villa Alem siente que este es el momento. Mañana el barrio será un pueblo fantasma, porque su corazón estará a 220 kilómetros, latiendo con la fuerza de los que pasaron, de los que lo vivieron, de los que recién lo heredan y de los que ya no están. Catamarca será testigo: Tucumán Central llegará con la fuerza de sus más de cien años de historia.







