Federico Santilli

A las 2.30 de la madrugada, cuando la mayoría de la ciudad dormía, en Villa Alem nadie pensaba en cerrar los ojos. Cientos de vecinos comenzaron a reunirse en la cancha de Tucumán Central para esperar al equipo que acababa de escribir la página más importante de su historia: el ascenso al Federal A.
La espera tuvo algo de vigilia colectiva. Familias enteras llegaron con camisetas y banderas. Algunos niños dormían sobre los hombros de sus padres; otros resistían despiertos, decididos a ver llegar a sus héroes. El portón del club permanecía abierto y el murmullo crecía a medida que pasaban los minutos. Nadie quería perderse el regreso.
El barrio se transformó en una fiesta improvisada. Cánticos de "Dale campeón" rompieron el silencio de la madrugada. Cada auto que asomaba por la calle era recibido con expectativa. La caravana que escoltaba al plantel desde Catamarca avanzaba lentamente.
Cuando finalmente el micro apareció, el grito fue unánime. Los jugadores bajaron envueltos en abrazos y lágrimas. No hubo protocolo ni escenario: la celebración fue espontánea, genuina, de barrio.
Villa Alem no esperó a que amaneciera para festejar. A las 2.30 ya había decidido que esa noche no sería una más. Tucumán Central volvía a casa como equipo del Federal A, y su gente quiso estar ahí desde el primer segundo para confirmar que el ascenso no era solo un logro deportivo, sino una conquista compartida.







