Vuelve el Mundial y vuelve la historia de Barbosa, condenado hasta morir
Con la vuelta del Mundial de Fútbol a Brasil, luego de 64 años, vuelve también la historia de Moacir Barbosa Nascimento, el arquero del Maracanazo que “murió dos veces” , porque luego de aquella final fue denostado por el público brasilero hasta su muerte real, en el año 2000. Barbosa era el arquero de Brasil en 1950.
En el Maracaná se estaba jugando la final, iban 34 minutos del segundo tiempo y Brasil empataba contra Uruguay 1 a 1. Brasil era el local y el favorito, el estadio brillaba de ilusión, de angustia, de fervor, de esperanza. Nadie imaginaba lo que iba a pasar. Entonces, el delantero uruguayo Alcides Ghiggia patea un tiro esquinado al primer palo.
El arquero de Brasil, Moacir Barbosa, se había adelantado un paso y alcanza a rozar la pelota con las manos pero no la desvía. El balón da en el palo (sólo Dios sabría en ese momento que esos postes estaban destinados a Barbosa) y entra. Queda en el fondo de la red. Es gol de Uruguay. El silencio se hace lúgubre y total en el Maracaná, que tiene casi 200.000 espectadores anodadados.
Incluso los jugadores de Uruguay quedan impresionados por el silencio absoluto, por el silencio terrible. Ni siquiera el presidente de la FIFA puede oficiar la ceremonia de la entrega de la copa al campeón, y se la pasa casi a escondidas al capitán de Uruguay, a un lado de la cancha.
Uruguay sale campeón del Mundo y el público brasilero abandona el estadio en silencio. Algunos lloran, otros gimen irremediablemente, otros se suicidarán. Tan terrible es la derrota del equipo nacional. El responsable, para el imaginario popular, se llama Moacir Barbosa, a quien culparán para siempre.
Barbosa sigue jugando durante los años posteriores en la Selección y en el Vasco da Gama. Pero la gente lo detesta cada día igual o más. Cuando sube al tranvía, o en la calle, la gente le da la espalda. Lo miran con recelo, con odio, con desprecio. A pesar de haber sido uno de los mejores arqueros en la historia de la selección de Brasil, el país entero lo responsabiliza para siempre por aquel gol de la derrota. Tanto es así que en 1993 Barbosa, 43 años después de aquel episodio, fue a visitar a la selección brasilera, pero no lo dejaron entrar porque todavía lo consideraban mala suerte, mufa.
Pero volvamos a los años sesenta. Barbosa se ha retirado del fútbol a los 41 años en 1962, donde jugaba en un equipo menor. En 1963 Barbosa trabaja en el mantenimiento del Maracaná, entre sus tareas está la de cortar el césped de la cancha donde se hundiera para siempre su carrera futbolística. Entonces su jefe, Abelardo Franco, le hace un regalo ejemplar. Han cambiado los palos de los arcos, que hasta entonces eran de madera, por unos de acero. Franco le regala los arcos a Barbosa, que los lleva a su casa humilde en el barrio de Ramos, al norte de Río de Janeiro. Los lleva y los quema para hacer un asado y para exorcizar la maldición del Maracanazo. Pero no se sacará la maldición de encima en toda su vida. Es más, poco antes de morir Barbosa dirá: "la pena máxima en Brasil por un delito son treinta años, pero yo he cumplido condena durante toda mi vida por lo que hice".
Este es el gol de Ghiggia en aquel mundial, al final del video se lo puede ver a Barbosa, que dice: “Brasil se quedó mudo, yo desperté al día siguiente con una pesadilla.”
Mucho se ha escrito sobre el Maracanazo, mucho sobre Barbosa, pero siempre nos queda el sabor de que lo que se ha escrito es insuficiente. Nos queda ese sabor porque la historia de Barbosa es una historia trágica plagada de curiosidades, de paradojas, de ironías de la vida. Que Barbosa corte el césped en el Maracaná y mientras lo haga reviva una y mil veces aquel día de su muerte, de su primera muerte, de su muerte ante el país, ante la sociedad, tiene el sabor agridulce de una tragedia griega y el surrealismo de una película de Buñuel.
Quien vio muy atinadamente, con la visión del poeta que devuelve con belleza la historia de toda una vida, de la vida de Barbosa, fue un uruguayo, Tabaré Cardozo. Esta es su canción a la memoria de quien fuera uno de los mejores arqueros de la historia de Brasil y a quien la suerte, o la misma sociedad brasilera, le jugó sucio y nunca perdonó.
Al principio de la canción se escucha el relato del gol de Ghiggia, con el que comenzaba el escarnio de Barbosa.
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