La Argentina y el FMI

Por Jose Siaba Serrate - Economista, miembro de la Academia Argentina de Mercado de Capitales, docente del Posgrado UBA-Merval.

17 Mayo 2009
Cuando la Argentina tomó distancia del Fondo Monetario Internacional (FMI) -saldando sus obligaciones, sin quita de capital y de intereses- no fue la excepción:?fue sólo uno más de 10 países -desde el vecino Brasil hasta la lejana Rusia- que escogió la misma ruta de cancelación antes de tiempo. Fue el poderoso viento de cola internacional y no una conspiración tramada en conjunto lo que urdió la decisión. La formidable bonanza mundial de 2003-2007 desparramó crecimiento y abundancia de crédito y de inversiones privadas. La debilidad del dólar soltó aún más los precios de las materias primas de exportación y alimentó una acumulación de reservas sin precedentes en las arcas de las economías emergentes.
Esa plétora fue la ruina del FMI. O casi. La cobranza temprana, paradójicamente, redujo la cartera de préstamos del Fondo a una mínima expresión (comparable con los niveles de la década de 1980) y con ello, secó su principal fuente de ingresos: el devengamiento de intereses. Sin recambio de feligresía, y un templo enorme que mantener, el FMI debió probar su propia medicina de ajuste. Nada más amargo, empero, que el vacío inesperado de carecer, de buenas a primeras, de una misión valedera.
De esa bonanza económica cercana, se sabe, ya no quedan vestigios. Ni en la Argentina ni fronteras afuera. Como nunca hay mal que por bien no venga, el torrente brutal de la crisis le devolvió al FMI su razón de ser. Fue un parto urgente por las necesidades acuciantes de Europa del Este. En la Cumbre de Londres, el Grupo de los 20 (en el que la Argentina participa) terminó de consagrar tanto el papel central del FMI en la atención de las economías emergentes como un cuantioso aumento de recursos para acometer sus tareas sin retaceos. La capacidad prestable del Fondo se multiplicará por tres hasta llegar a U$S 750.000 millones de dólares. Se dispuso también una ampliación extraordinaria de derechos especiales de giro (DEG) por U$S 250.000 millones. O sea, por intermedio del FMI, se crean reservas y se mejora el acceso de las economías emergentes a la liquidez internacional. Así, en Londres, México anunció que estrenará la nueva línea de crédito flexible (FCL) del FMI para apuntalar su posición de activos externos en U$S 47.000 millones.
A diferencia de México o de Brasil, que considera prestarle al FMI U$S 4.500 millones de su propio peculio, la situación financiera de la Argentina carece de holguras. El país nunca abandonó por completo la situación de default. Y todavía más inexplicable, tampoco montó una plataforma de negociación de deuda para renovar los montos de capital a medida que procedieran sus vencimientos. La burda manipulación de estadísticas oficiales estropeó un incipiente mercado de títulos de pesos. La crisis, después, cerró las ventanillas de financiación sui generis como la venta de bonos a Venezuela. Y en su reemplazo, forzó toscos boquetes como la confiscación de los ahorros jubilatorios del sistema de capitalización. No debe sorprender, pues, que la fuga de capitales, que comenzó en agosto de 2007 y nunca cesó, drenará más de U$S 25.000 millones fuera del sistema. ¿Podrá la Argentina, como quien extrae un impensado conejo de la galera, sacar provecho de la estrategia internacional de repotenciar al FMI? No sólo enfrenta un FMI recargado sino también renovado. Ya no rige como antaño la obsesión de la condicionalidad a ultranza. Y hoy, lo que más se le demanda al Fondo, es agilidad. ¿Serán sus modos y sus tiempos los que la Argentina necesita?
De movida, la Argentina se beneficiará con la ampliación de los DEG. Sólo deberá esperar que la misma se ejecute. Dada su cuota, sumará U$S 2.425 millones que engrosarán sus reservas. Pero las necesidades lucen mucho mayores y este mecanismo automático, por si sólo, no podrá satisfacerlas. En la coyuntura, la Argentina preferirá golpear la puerta de otros organismos multilaterales -el BID y el Banco Mundial- para sobrellevar mejor la tempestad. Pero difícilmente se logre despejar la incertidumbre, antes o después de las elecciones, sin destrabar una masa crítica de respaldo financiero que permita zanjar los temores sobre la deuda pública y sus vencimientos en lo que resta de 2009 y en 2010. La Cumbre de Londres dotó al FMI, precisamente, de ese mandato y esa capacidad. El Fondo cambió pero, aun con una postura más flexible de negociación, la Argentina también deberá cambiar si quiere traspasar el umbral. La nueva vedette del FMI, la línea preventiva que usará México, no está sujeta a condicionalidad pero se diseñó para países con sólidos fundamentos económicos e instituciones y con una trayectoria probada de políticas robustas. Entre los criterios utilizados para medir dichas cualidades figura uno obvio: la transparencia e integridad de la información estadística.
El FMI podría aportar entre U$S 10.000 millones y U$S 15.000 millones a la Argentina, a tasas bajas y plazos renovables, en perfecto cumplimiento con el espíritu de la Cumbre de Londres. Pero el país deberá revisar primero sus estrategias de crédito y de política económica que marchan a contramano del mundo. La lista de temas espinosos cubre desde la deuda que permanece en default (y requiere definir un sendero de regularización) hasta el sinceramiento de su sistema oficial de estadísticas. Pero también se deberá dotar a la política económica de una consistencia que hoy no tiene y que le dé viabilidad más allá del cortísimo plazo sin depender -como se hizo con los fondos de las AFJP- de salvajes manotazos de ahogado.

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