El Tucumán obsoleto y parchado

06 Ene 2017

¿Qué hace un vecino de Las Talitas, Tafí Viejo, Alderetes o Banda del Río Salí cuando le cortan el agua? Corre a pedir respuestas inmediatas en el municipio. Le saltan a la yugular al intendente porque, lógico, es el que está a mano. Así, con la sangre en el ojo, acudieron los intendentes del conurbano a la reunión de emergencia convocada por el Gobierno el martes pasado. Toda esa carga de reclamos que reciben a diario se la trasladaron, sin eufemismos, al titular de la Sociedad Aguas del Tucumán (SAT), Alfredo Calvo. La empresa, como cada verano, está en el ojo del huracán. Las explicaciones son más o menos las mismas desde hace años. Lo que no queda explicitado es cuál es el volumen de desinversión que acarrea el sistema, tan propenso a colapsar.

Los intendentes tampoco son carmelitas descalzas. La cadena de reponsabilidades los involucra. En el caso del agua corren con la ventaja de no ser los prestadores del servicio, pero al mismo tiempo permiten -y en varios casos alientan- la proliferación en sus territorios de asentamientos carentes de infraestructura. Carlos Najar se sinceró en LA GACETA del miércoles. “Lo que ocurre es que la SAT, para recibir el reclamo, exige la boleta de pago del servicio, entonces el vecino procura generar un conflicto hacia el municipio para que el municipio actúe, en vez de ir a la SAT”, sostuvo. Lo que quiso decir es que la mayoría de los vecinos que protestaban -30 manzanas, pertenecientes a varios barrios- no paga el agua. Pero en Las Talitas hay alrededor de 70.000 habitantes, ¿son todos morosos? ¿Cuántos ni siquiera están empadronados?

Desinversión. Ese es el concepto que repiten como un mantra funcionarios de toda índole y ciudadanos de a pie que sufren por el corte del servicio, por la escasa presión, por las cañerias que revientan o por la calidad del agua que consumen. La SAT funciona como un cuerpo de bomberos, sin dar abasto, tapando agujeros. Calvo apeló a un sincericidio en diálogo con LA GACETA: “con estas temperaturas es imposible”. El sistema, entonces, depende de la piedad o de la impiedad del termómetro. Es, en consecuencia, un sistema ineficiente, porque no depende de sí mismo sino de factores externos. Conclusión: no se invirtió en infraestructura, de lo contrario no estaríamos discutiendo estos temas cada vez que llega el verano.

El problema es en extremo complejo, porque está cruzado por hábitos culturales que los tucumanos debemos revisar. No hay una conciencia social sobre la necesidad de cuidar el agua. ¿Se derrocha? Por supuesto, en algunas casos de manera escandalosa. Las conexiones de desagües pluviales a las cloacas son veneno para la red de cañerías. Y también hay una poderosa carga de laxitud en los controles -o de corrupción-; de otra forma no se explica el negocio de los lavaderos, que de clandestinos no tienen nada porque trabajan a cielo abierto y a la vista de todos.

Hay una permanente sensación de indefensión en la ciudadanía, cuya calidad de vida es la más afectada por las falencias de los servicios públicos. En el caso de los entes reguladores, suele notarse cierta sintonía con el discurso de las empresas. Tampoco se advierte que la Defensoría del Pueblo se embandere para respaldar las inquietudes de sus defendidos. Si se corta la luz y en Edet nadie atiende el teléfono la frustración se multiplica. Cuando fallan las redes de contención lo que emerge es el malhumor social. De ahí a la violencia hay un paso.

El miércoles a la tarde apareció la lluvia, tan esperada. Los cortes programados de energía quedaron en suspenso hasta que vuelva el calor. O sea que se producirán en cualquier momento. Estuvo lejos de caer una de esas tormentas que tanto conocemos, pero fue suficiente para que se inundaran calles y avenidas. Las nuevas peatonales no se salvaron, lo que demuestra que se quedaron cortos con los desagües, o que acumulan tanta basura que resulta imposible desagotar la zona en tiempo y forma. A fin de cuentas, el agua que falta por un lado sobra por el otro. Paradojas propias de un Tucumán hijo de la falta de planificación, en el que apostar a largo plazo es mala palabra. Lo peor es cuando, al cabo de tantos años al volante de la cosa pública, siguen pidiéndole al ciudadano que tenga paciencia.

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