Puede que se vote de nuevo. Puede que la Corte dé vuelta el fallo. Puede que haya intervención federal. Todo puede ser en Tucumán, un laberinto sin atajos y en cuyo centro se erige, imponente, uno de esos espejos que tanto irritaban a Borges, un espejo en el que la provincia puede verse como en el cuadro de Dorian Grey: tan real que asusta. Por algún recoveco institucional se saldrá, pero hay una cuestión de fondo: ¿cambiará la forma de hacer política en la comarca?
Leamos al periodista Mario Wainfeld, en un párrafo al que tituló “Clientelismo y desprecio”: “es un clásico identificar a los sectores populares como rehenes, manadas, víctimas o seguidores del flautista de Hamelin. Se reincidirá en eso, ya está ocurriendo. A cuenta de un tratamiento más extenso digamos que la subestimación de los más humildes es un acto de soberbia de quienes no consiguen su favor. Atribuir a la ‘clase media’ votar solo conforme a valores, con un grado de altruismo y republicanismo enorme forma parte de la jugada. En puridad, lo deseable y habitual es que todos voten en función de sus intereses, valores y creencias, que suelen diferir en distintos estamentos de la escala social”.
La tucumana es una sociedad netamente clasista, desconfiada y agresiva. Siempre conviene retrotraerse a diciembre de 2013, cuando en los piquetes improvisados en cada esquina campeaban los ciudadanos armados y ¿dispuestos? a quitar vidas. “¡Ahí vienen!”, se exclamaba de repente. ¿Quién venía? ¿De dónde? ¿A qué? Esa crisis descomunal, una vergüenza que José Alperovich cargará por el resto de sus días, puso sobre la mesa una fractura. Tucumán está cruzado por la presencia del otro; a veces visible, a veces oculto, siempre demonizado. Hay un otro que acecha e incomoda y al que más vale meter en caja.
Los intereses de los que habla Wainfeld están claritos. Los productores que acampan en plaza Independencia quieren una cosa, los jubilados que ganan una miseria quieren otra, y así con cada grupo de pertenencia. Ni hablar de los excluidos, que son demasiados y abofetean los 12 años de alperovichismo. Un fracaso, no el único que se lleva el gobernador. El problema central de Tucumán -y de la Argentina- sigue siendo la distribución del ingreso y será una brasa flamígera para Manzur, Cano o el que termine apoltronado en San Martín y 25 de Mayo.
Esa ciudadanía heterogénea y polifónica defiende su pensamiento y su bolsillo apenas pisa el cuarto oscuro. Que el voto de un millonario valga exactamente igual que el de un desclasado sostiene el milagro democrático. Por medio de todos los eufemismos imaginables esa nivelación al ras se discute, se cuestiona, se pone en duda. Lo que debe quedar claro es que se trata de un derecho innegociable.
Modificar las prácticas de generaciones de políticos formados en la sinuosa matriz del poder tucumano es complicadísimo. Si de clientelismo se habla, Cano y Luis Sacca pueden responder sobre su paso por la UNT, donde en lugar de bolsones de comida las lealtades se compran repartiendo cargos y prebendas. Bastó que filmaran a Ramiro Moreno en pleno modus operandi para que lo sabido por todos quedara expuesto en sede judicial. Y a propósito, ¿no llevó el canismo esa infinidad de acoples que tanto critica el candidato en sus ya habituales raids por TN y el resto de la grilla del cable porteño?
Oficialismo -o como se llame el menjunje ideológico que profesan Manzur, Alperovich, Betty Rojkés y Gassenbauer- y oposición -o como se llame el menjunje ideológico que profesan Cano, Amaya, Garretón y La Bancaria- están formateados por el mismo programador. ¿Cómo cambian el chip? ¿Cuánto tiempo lleva? Mejor dicho, ¿están dispuestos a hacerlo? ¿Les conviene?
En 2016 se encadenan tres aniversarios: el Bicentenario de la Independencia, medio siglo del cierre de los ingenios, 40 años del golpe más sangriento de todos. Es una bisagra servida en bandeja para pensar y hacer las cosas de otro modo. Las efemérides, cuando son redondas, obran como despertadoras de conciencias. Pero a nadie se le ocurre pispear lo que viene abriendo la perspectiva en medio de este berenjenal político. Es una lástima.
No hay campeones de la calidad institucional, sino una construcción diaria, muy esforzada y esencialmente colectiva. La sociedad mira por estas horas a Tribunales, donde el fallo electoral y los carteles amenazantes no son lo único que preocupa a Sus Señorías. La renuncia del fiscal Herrera, acorralado por las investigaciones, es trend topic en despachos y pasillos. La independencia judicial, el desmonte de su carácter impenetrable y corporativo, la certeza de que la corrupción que campea en el cuerpo social no le es ajena, son temas de los que poco y nada se habla en Tucumán.
Hay mucho palabrerío por estas horas, mucha amenaza, mucha especulación. Volarán los globos de ensayo y las operaciones políticas durante el fin de semana. A la pelota nadie la pone bajo la suela. El lugar común subraya que en las crisis radican las oportunidades, por ejemplo un compromiso de hacer política con otras armas. Limpias, nobles. ¿Mucho pedir? La esperanza es lo último que se pierde.
Leamos al periodista Mario Wainfeld, en un párrafo al que tituló “Clientelismo y desprecio”: “es un clásico identificar a los sectores populares como rehenes, manadas, víctimas o seguidores del flautista de Hamelin. Se reincidirá en eso, ya está ocurriendo. A cuenta de un tratamiento más extenso digamos que la subestimación de los más humildes es un acto de soberbia de quienes no consiguen su favor. Atribuir a la ‘clase media’ votar solo conforme a valores, con un grado de altruismo y republicanismo enorme forma parte de la jugada. En puridad, lo deseable y habitual es que todos voten en función de sus intereses, valores y creencias, que suelen diferir en distintos estamentos de la escala social”.
La tucumana es una sociedad netamente clasista, desconfiada y agresiva. Siempre conviene retrotraerse a diciembre de 2013, cuando en los piquetes improvisados en cada esquina campeaban los ciudadanos armados y ¿dispuestos? a quitar vidas. “¡Ahí vienen!”, se exclamaba de repente. ¿Quién venía? ¿De dónde? ¿A qué? Esa crisis descomunal, una vergüenza que José Alperovich cargará por el resto de sus días, puso sobre la mesa una fractura. Tucumán está cruzado por la presencia del otro; a veces visible, a veces oculto, siempre demonizado. Hay un otro que acecha e incomoda y al que más vale meter en caja.
Los intereses de los que habla Wainfeld están claritos. Los productores que acampan en plaza Independencia quieren una cosa, los jubilados que ganan una miseria quieren otra, y así con cada grupo de pertenencia. Ni hablar de los excluidos, que son demasiados y abofetean los 12 años de alperovichismo. Un fracaso, no el único que se lleva el gobernador. El problema central de Tucumán -y de la Argentina- sigue siendo la distribución del ingreso y será una brasa flamígera para Manzur, Cano o el que termine apoltronado en San Martín y 25 de Mayo.
Esa ciudadanía heterogénea y polifónica defiende su pensamiento y su bolsillo apenas pisa el cuarto oscuro. Que el voto de un millonario valga exactamente igual que el de un desclasado sostiene el milagro democrático. Por medio de todos los eufemismos imaginables esa nivelación al ras se discute, se cuestiona, se pone en duda. Lo que debe quedar claro es que se trata de un derecho innegociable.
Modificar las prácticas de generaciones de políticos formados en la sinuosa matriz del poder tucumano es complicadísimo. Si de clientelismo se habla, Cano y Luis Sacca pueden responder sobre su paso por la UNT, donde en lugar de bolsones de comida las lealtades se compran repartiendo cargos y prebendas. Bastó que filmaran a Ramiro Moreno en pleno modus operandi para que lo sabido por todos quedara expuesto en sede judicial. Y a propósito, ¿no llevó el canismo esa infinidad de acoples que tanto critica el candidato en sus ya habituales raids por TN y el resto de la grilla del cable porteño?
Oficialismo -o como se llame el menjunje ideológico que profesan Manzur, Alperovich, Betty Rojkés y Gassenbauer- y oposición -o como se llame el menjunje ideológico que profesan Cano, Amaya, Garretón y La Bancaria- están formateados por el mismo programador. ¿Cómo cambian el chip? ¿Cuánto tiempo lleva? Mejor dicho, ¿están dispuestos a hacerlo? ¿Les conviene?
En 2016 se encadenan tres aniversarios: el Bicentenario de la Independencia, medio siglo del cierre de los ingenios, 40 años del golpe más sangriento de todos. Es una bisagra servida en bandeja para pensar y hacer las cosas de otro modo. Las efemérides, cuando son redondas, obran como despertadoras de conciencias. Pero a nadie se le ocurre pispear lo que viene abriendo la perspectiva en medio de este berenjenal político. Es una lástima.
No hay campeones de la calidad institucional, sino una construcción diaria, muy esforzada y esencialmente colectiva. La sociedad mira por estas horas a Tribunales, donde el fallo electoral y los carteles amenazantes no son lo único que preocupa a Sus Señorías. La renuncia del fiscal Herrera, acorralado por las investigaciones, es trend topic en despachos y pasillos. La independencia judicial, el desmonte de su carácter impenetrable y corporativo, la certeza de que la corrupción que campea en el cuerpo social no le es ajena, son temas de los que poco y nada se habla en Tucumán.
Hay mucho palabrerío por estas horas, mucha amenaza, mucha especulación. Volarán los globos de ensayo y las operaciones políticas durante el fin de semana. A la pelota nadie la pone bajo la suela. El lugar común subraya que en las crisis radican las oportunidades, por ejemplo un compromiso de hacer política con otras armas. Limpias, nobles. ¿Mucho pedir? La esperanza es lo último que se pierde.






