Crispación callejera

Por Gustavo Martinelli 03 Febrero 2012
Las grandes ciudades siempre fueron el desvelo de poetas y sociólogos. Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Roberto Arlt, Adolfo Bioy Casares y Victoria Ocampo fueron sólo algunos de los escritores que retrataron los fantasmas y las soledades del ágora. Para ellos vivir en la gran ciudad representaba un desafío que sólo podían afrontar los fuertes de espíritu o los desahuciados de esperanza. Por eso, muchos de ellos hablaron con crudeza acerca de la enajenación que producen las urbes. Algunos de ellos optaron por el exilio voluntario, como Horacio Quiroga, que consiguió en la selva la cordura que la ciudad le negaba. O Victoria Ocampo, que optó por refugiarse en su mansión de San Isidro a la que consideraba su "escondite predilecto".

Así pues, el vértigo de la ciudad siempre provocó rechazo. Sin embargo, hay ciudades que son más amables que otras. En el ranking nacional, elaborado por una consultora privada, Punta Alta y Monte Hermoso (ambas de Buenos Aires) se ubicaron el año pasado como las ciudades con mejor calidad de vida. Por el contrario, Salta y Jujuy quedaron en las antípodas como las urbes más deficientes. San Miguel de Tucumán, en cambio, se encuentra a mitad de camino. Ni tanto, ni tan poco. Es valorada por su gran actividad cultural, sus universidades y su mano de obra capacitada, pero es desestimada por el desorden, la falta de limpieza y la ausencia de infraestructura en materia de Turismo. ¿Irreal? ¿Injusto?... Siendo sinceros, semejante clasificación no debería asombrarnos. Hace tiempo que San Miguel de Tucumán dejó de ser esa ciudad benévola y cordial, en la que los peatones convivían en armonía con los automovilistas, los ciclistas desandaban las calles con total tranquilidad y los ómnibus, taxis y -sobre todo- las motos circulaban con mucho respeto y pocos insultos. Pero, con el tiempo, la ciudad se fue endureciendo hasta volverse completamente antipática. Hoy, en las calles se vive un estado tal de crispación que ya nadie duda de que el civismo ha entrado en crisis. La cooperación o la solidaridad han perdido la batalla contra el individualismo y, por consiguiente, la ciudad dejó de lado su escala humana. En la calle nadie piensa en el otro: en el prójimo de las escrituras o el próximo de Mario Benedetti. Cada uno arrastra sus propias tribulaciones y deambula por la urbe con las cruces sobre las espaldas, ignorando al nene descalzo de mirada perdida que espera en la vereda esa ayuda que nunca llega o al peatón que hace esfuerzos para cruzar la calle en medio de los bocinazos y las maldiciones de los conductores.

Ahora bien, para recuperar la real dimensión de la ciudad hace falta el esfuerzo de varios sectores, además del Estado. Los expertos han propuesto algunas soluciones a nivel de infraestructura que el Gobierno aplica como puede. Sin embargo, la solución más efectiva es la más dura: el cambio de mentalidad. Y esto sí incluye a todos. Cuando la gente recupere a la ciudad como una proyección de su hogar, cuando se exija al Gobierno que cumpla con su misión y a los empresarios que tengan responsabilidad social, la existencia en la gran urbe será radicalmente distinta.

Borges narró en "Historia del guerrero y de la cautiva" el derrotero de un soldado bárbaro del siglo VII que llega a Ravena con el objetivo de destruirla. Sin embargo, cuando descubre la ciudad queda deslumbrado ante esa maquinaria compleja hecha de estatuas, templos y jardines -en cuyo diseño adivina una inteligencia superior- y decide cambiar de bando para morir en su defensa. Qué bueno sería pensar que el bárbaro no se equivocó en su decisión y que aún hay inteligencia para alejar a la ciudad de la barbarie más desoladora.

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