El otro, el mismo

No hay ayer en el Gobierno que da a los problemas de siempre las respuestas de siempre. Pero la inseguridad ha devenido castigo: para sus víctimas no hay mañana.

Por Álvaro José Aurane 28 Enero 2012
El año pasado, apenas se lo quitó, la primera lectura fue utilitarista. Se lo había sacado para que todas sus fotos anteriores quedaran desactualizadas. Y, sobre todo, desautorizadas para la campaña electoral. Todos, desde el candidato de la comuna más alejada hasta el postulante a legislador más cercano, deberían renovar sus poses de fidelidad para conseguir la foto del mandatario afeitado e imprimir los afiches que demostraran su incondicionalidad rasurante.

Pero había más que sonrisa para el flash. Allí estaba, propia del año electoral, la promesa de lo nuevo. Una que se formulaba y se mostraba. Ese hombre con banda y bastón, pero sin bigote, no iba a ser el mismo: iba a ser otro. La diferencia era doméstica y personal. Y por eso, legítima.

Ahora, el año comicial pasó. Y el jefe del Poder Ejecutivo volvió. El mismo mes. De las mismas playas uruguayas. Otra vez con el bigote. No regresó el prometido nuevo gobernante, el otro, sino que retornó el mismo. Y junto con él volvió lo acostumbrado.

Todo es papel

Otra vez el hotel a medio hacer en Tafí del Valle. Y un intendente que dice que la obra se encuentra reñida con las normas. Y el gobernador que dice que no importa. Que sólo faltan papeles.

Otra vez, las normas son sólo eso. Papeles. Ya sean ordenanzas tafinistas. O leyes provinciales.

Hay una humorada trágica que le calza justa a esta anomia. Es un "chiste de gallegos" en el cual un niño pregunta para qué sirve la madera y le contestan que para hacer árboles. Sólo que, como advierte José Pablo Feinmann en sus Escritos imprudentes, esos son siempre chistes sobre argentinos. Incapaces de reconocernos, pretendemos cobardemente que son bromas sobre otros. Pero son cuentos sobre nosotros mismos. Sobre nuestra Legislatura, y una mayoría convencida que está sólo para aprobar esos papeles que necesita "el proyecto político". Pero nunca para vigilar las acciones del Ejecutivo. O preservar el derecho y no aprobar todo antojo de la Casa de Gobierno. O, simplemente, supervisar que se cumpla lo que sancionó. Entonces, la Legislatura no está para dictar leyes que se apliquen, sino que las leyes que se ignoran sirven para que haya Legislatura.

Gracias al parlamento de papel se da, otra vez, un atropello vestido de reforma del Código Tributario. La séptima del Gobierno que en octubre celebró su octavo año. A modo de síntesis, el texto le da órdenes a los jueces de primera instancia (el acta de deuda emanada por el Director General de Rentas basta para que el juez tenga que conceder la medida que solicite el funcionario); y luego prohíbe revisar fallos a los camaristas ("La sentencia de trance y remate será inapelable").

Es decir, volvieron a cambiar el digesto fiscal sólo para continuar incumpliéndolo. Porque, otra vez, no instrumentaron el Tribunal Fiscal. Esa instancia administrativa para revisar las medidas de Rentas, que sigue figurando en la ley. Pero para el recaudador, todo; para el contribuyente, nada.

Como la Legislatura protege al Ejecutivo que debe controlar y deja a la intemperie a los ciudadanos que debe representar, es la población la que sale a la calle para defender su patrimonio. Otra vez. En este verano, también, volvieron las marchas para preservar los bienes arquitectónicos (el emblema actual es la Casa Sucar). Un asunto sobre el cual se esperó vanamente un pronunciamiento del gobernador. Nada nuevo, por cierto. En el verano de 2008, sacaron a remate la identidad edilicia tucumana para reactivar la economía, y semanas después dieron marcha atrás sin que se entrara en recesión. O sea, entre el decir y el desdecir, al final, dijeron nada.

Ese "hablar"

Ese "otra vez" infinito denuncia que todo cuanto ofrece el alperovichismo es un presente perpetuo. Uno en el que los problemas no retornan: sencillamente, nunca pasan. Así que, otra vez, la Municipalidad amenazó con sacar a los vendedores ambulantes en diciembre (el intendente hasta sueña con una Policía propia para erradicarlos), pero la Casa de Gobierno los dejó quedarse.

Otra vez, el doble drama de la empleomanía estatal y del fracaso oficial para atraer inversiones privadas que generen trabajo. Hoy, el escenario es Garmendia, donde derogaron de hecho el artículo 16 de la Constitución Nacional, según el cual el único requisito para un cargo público es la idoneidad. A 86 kilómetros de la capital, y a un millón de años luz del Estado de Derecho, sólo se requiere allí la condición de "seguidor" del oficialismo.

Otra vez vendrán los aumentos de la luz, precedida por una audiencia pública donde los usuarios denunciarán y probarán lo arbitrario de la medida, sólo para que al Gobierno no le importe.

Otra vez vendrán las paritarias, una pantomima en la cual la mayoría de los gremios estatales muestran que son amigos del trabajador, pero más amigos del Gobierno. Aceptarán lo que el palacio diga y se irán al grito de haber logrado acuerdos históricos.

Otra vez la oposición, cuando no está de vacaciones, está dividida. Y el alperovichismo reina, pese a sus muchas equivocaciones, gracias a esa dispersión. Si la unidad pudiera comprarse mediante un plan de ahorro, los opositores lo suscribirían en una concesionaria del gobernador.

Esa falta de grandeza de los adversarios, otra vez, agranda la interna oficialista. Y el recelo porque el ministro de Gobierno (que volvió de vacaciones sin el bigote que lucía cuando el gobernador se había quitado el suyo) consolida en Buenos Aires, con la presidenta provisional del Senado, la buena relación que emprendió en Tucumán como secretario del PJ que ella preside. Y el rumor del inminente desembarco del ministro del Interior en el único distrito ajeno a su cartera: la capital.

Justamente, los chismes palaciegos refieren a que la procesión va por dentro del gobernador cada vez que llaman de la Casa Rosada. Que casi nunca es para él. Que casi siempre es para su esposa. Que eso pasó el miércoles, cuando él terminó de aplaudidor en el acto de la Presidenta, quien no hizo ni un anuncio para Tucumán (¿así mimarán los pingüinos?). Que si el mandatario decidió viajar otra vez a Buenos Aires fue porque la invitación de la Embajada de EE.UU. a una recepción llegó a nombre de José y eso lo puso contento. Que quién dijo que los ministros de Economía tucumanos con contactos diplomáticos norteamericanos no tienen sentimientos. Que días antes de la asunción de Betty como cabeza del Senado, él le dijo a uno de sus amigos que encumbró en el poder que sí va a haber reforma de la Constitución. Recontramil-recontra-reelección incluida.

El de bigote es el mandatario de siempre. No el de antes: el infinito hoy alperovichista no tiene ayer. Hay, por tanto, la misma respuesta para los mismos problemas: hablar y asfaltar. Democracia pavimentadora. Porque ese "hablar", en realidad, viene equivaliendo a "no oír". Con los ambulantes van a hablar, que viene significando "no hacer". Lo del hotel tafinisto se debe conversar, lo que viene siendo "no cumplir". Lo de las paritarias se tiene que charlar, lo que viene terminando en "no negociar". Lo del aumento de tarifas se debe debatir, lo que viene redundando en "no parar". Lo del Código Tributario consistirá en dar audiencia (aún sin fecha) a las entidades que refrendaron un documento contra la reforma, luego de haber recibido a la parte de la FET que no se quiso firmar, y después de desechar que vaya a haber cambios.

Otros laberintos

Ojalá fuera todo tan sencillo para el Gobierno y los ciudadanos. Ojalá todo fuese una sordera oficial que arruinará un paisaje. Que provocará más clausuras intempestivas de negocios. Que le permitirá al Estado de la hipertensión fiscal seguir pagando en negro gran parte del salario de los estatales. Que permitirá más comercio ilegal en las peatonales, frente a los negocios amenazados con ser cerrados por el fisco. Pero es, ferozmente, mucho más que eso. Eso mucho peor es la inseguridad. Y tucumanas y tucumanos asesinados para robarles bolsos, mochilas, celulares?

El oficialismo del presente perpetuo tampoco les garantiza un mañana a los tucumanos.

Lo terrible radica en que la respuesta oficial a esa inseguridad ha sido, otra vez, "hablar". Hablar con los deudos. Y lamentar los muertos. Pero poco y nada con respecto a los vivos.

La política de seguridad de esta gestión es un fracaso eterno. Un castigo sin solución de continuidad. Un suplicio sin fin, como los del Dante. Pero con nada de divino ni de comedia. El alperovichismo, sin embargo, sólo gira su ruleta de habladurías y "prioridades" estacionales. Hoy, la "prioridad" es la inseguridad. Mañana, con las rutas rotas de los Valles, será el turismo. Pasado, en paritarias, dar a los estatales el mayor aumento posible?

El Gobierno pone palabras donde debe colocar política. La que no tiene hoy, como siempre.

Tucumán está condenado a la incesante repetición. Esa es la esencia del laberinto latinoamericano. En eso consiste el juego de los cuartos infinitos que practica José Arcadio Buendía, bajo el castaño, en Cien años de soledad. Hasta que un día, cuando vuelve de un cuarto a otro, lo distraen y se pierde sin remedio. En esa imposibilidad para diferenciar lo uno de lo otro se basa La casa de Asterión: el minotauro de Borges usaba los cuerpos de los hombres que entraban a su morada para, por fin, poder distinguir una galería de otra.

En la provincia laberíntica, donde el poder no diferencia el hoy del ayer ni del mañana, el que promete perpetuidad es rey. Por caso, los planes de Gobierno son su palabra. La planificación, su silencio. El Estado, una prolongación de sí mismo. Y la evolución del Gobierno, un bigote.

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