La tachera que cambia enojos por piropos

Gladys Samaniego llama la atención. El pelo rubio y el bronceado dejan boquiabiertos a numerosos pasajeros de su taxi. Maneja desde hace seis años, tiene dos hijas y afirma que aprendió a disfrutar su trabajo

21 Nov 2011 Por Natalia Viola
- Dale, te paso a buscar. ¿Cómo vas a saber quién soy?

- No te preocupés, creo que te voy a reconocer.

En medio de una jungla de taxis, autos, bicicletas y motos que se atascan en Maipú y Mendoza al mediodía ella se abre paso. Imposible no reconocerla: rubia, pelo lacio sin interrupciones, bronceada, con superanteojos de sol y brillo en los labios. Maneja el auto 5432, se llama Gladys Samaniego y por su aspecto cualquiera podría considerarla una tachera top.

Hace seis años que trabaja detrás de un volante y no ha perdido el glamour. En la guantera, en lugar de una franela y fr paquetes de cigarrillos lleva brillo labial, peine y rímel. "No salgo de mi casa sin pintarme y plancharme el pelo", confiesa. La entrevista se desarrollo dentro del taxi, donde ella se siente cómoda, mientras paseamos.

En la radio suena alguna melodía melosa de Cristian Castro. ¿Qué escuchás? "La Bésame", dice sin vueltas. Luego increpa: "dale, decilo... ¡la radio de los taxistas!".

Antes de debutar arriba del taxi fue operadora durante cinco años. Eso le sirvió para conocer el mapa de la ciudad a la perfección y, además, identificar las zonas y barrios peligrosos a los que prefiere no ir. "Soy muy selectiva con el pasajero. Prefiero mujeres con chicos, me fijo en el aspecto. Lamentablemente tiene que ser así porque una está muy expuesta aquí", remarca. Ese instinto femenino la salvó de sufrir asaltos y atropellos. "Debe ser que no me equivoco", sonríe.

Se le cuela una tonada medio aporteñada. Cuenta que nació en Buenos Aires y que vivió varios años allí, luego vino a Tucumán y prefirió quedarse. "Me gusta todo de aquí: la ciudad, los cerros y que con poca plata podés visitar cualquier lugar". Está separada y tiene dos hijas, una de 19 años y otra de 11.

"Lo que más me entusiasmó del taxi es que puedo manejar mis horarios. Salgo a las 7.30, vuelvo al mediodía y otra vez trabajo desde las 5 de la tarde hasta las 8", explica. Además de ser tachera y mamá juega al hockey en Atlético Blanco. Del cuello le cuelga una cadenita con un pequeño dije en forma de palo de hockey. "En el único momento que me vas a ver desarreglada es cuando salgo del entrenamiento, pero ahí nomás: anteojos y brillo". Coqueta a morir.

¡Ay, hombres!

Estaciona en la plaza San Martín para hacer unas fotos y seguir con la charla. Cada dos por tres interrumpen los bocinazos, los "¡mi vida!" y los besos al aire. Indudablemente, todos son para ella.

- ¿Qué te dicen los hombres?

- Nunca se desubicaron. Cuando suben les sorprende que una mujer maneje y por ahí dicen: ?qué linda taxista, yo no te dejaría manejar?. Yo me río, pero no les contesto.

De esta manera neutraliza a cualquier pasajero baboso. "En el taxi mando yo", sentencia. Tampoco son machistas -aclara-; al parecer eso también lo dejan afuera del taxi cuando suben.

Abre el capot y explica que antes de salir siempre revisa el agua y el aceite. Sabe dónde está cada cosa y hasta cómo se cambia un neumático. "Pero por suerte nunca lo tuve que hacer, porque siempre mis compañeros me auxiliaron", reconoce. Además de la intuición, esa es otra de las ventajas de ser mujer (y linda): siempre habrá alguien dispuesto a hacer el trabajo pesado por ella.

"¡Ay!, me quiero morir justo hoy no traigo los tacos. Vos tendrías que ver con lo que manejo", cuenta. Para ella tacos o no es lo mismo, porque puede conducir bien.

El problema son ellos. "No ponen el guiño, la baliza no existe, si tienen que frenar lo hacen sin mirar para atrás. Son imprudentes y se tienen mucha confianza. La verdad es que las pocas veces que tuve problemas fue con varones y no con mujeres", relata.

Su imagen despista cuando sube al taxi en el lugar del conductor. Ella lo sabe y se ríe. Pone primera, saluda y se va. Hasta el próximo viaje.

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