Agotado después de subir cientos de escalones, amenazado por el soroche y agobiado por el calor, el hombre se sienta sobre una pirca y prende un cigarrillo. A metros, decenas de turistas se arremolinan alrededor del Intihuatana, en la parte alta de la ciudad sagrada.
Un cordón impide acercarse y tocar la protuberancia con forma de obelisco, que con su sombra marca el paso de las estaciones. Una de las esquinas está esquirlada, como recuerdo de la barbarie neoliberal, aquella vez en que se alquiló Machu Picchu para filmar la publicidad de una marca de cerveza. Corrían los 90 y esas cosas escandalizaban a pocos.
Esa "piedra para atar el sol" tuvo, como todo lo que hacía el pueblo de los incas, una función ceremonial y práctica. Marcaba los solsticios, la época para sembrar, cosechar y para adorar al Sol.
El hombre, con la mirada en el fondo del cañón donde corre, verde y furioso, el río Urubamba, no alcanza a bajar el cigarrillo de la boca. Antes, uno de los cuidadores del parque lo increpa. "Usted no fuma en una catedral. Entonces, ¿por qué lo hace acá?" El cigarrillo desaparece, el infractor se deshace en disculpas y se aleja del lugar, avergonzado. No por el reto, nos dice más tarde, no. Por no haber sabido apreciar que estaba en presencia de Lo Sagrado.
Un cordón impide acercarse y tocar la protuberancia con forma de obelisco, que con su sombra marca el paso de las estaciones. Una de las esquinas está esquirlada, como recuerdo de la barbarie neoliberal, aquella vez en que se alquiló Machu Picchu para filmar la publicidad de una marca de cerveza. Corrían los 90 y esas cosas escandalizaban a pocos.
Esa "piedra para atar el sol" tuvo, como todo lo que hacía el pueblo de los incas, una función ceremonial y práctica. Marcaba los solsticios, la época para sembrar, cosechar y para adorar al Sol.
El hombre, con la mirada en el fondo del cañón donde corre, verde y furioso, el río Urubamba, no alcanza a bajar el cigarrillo de la boca. Antes, uno de los cuidadores del parque lo increpa. "Usted no fuma en una catedral. Entonces, ¿por qué lo hace acá?" El cigarrillo desaparece, el infractor se deshace en disculpas y se aleja del lugar, avergonzado. No por el reto, nos dice más tarde, no. Por no haber sabido apreciar que estaba en presencia de Lo Sagrado.
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