02 Diciembre 2010 Seguir en 
Roza los 40 años y hace 17 que convive con el virus del sida. Cuando habla lo llama "este problema" y pareciera referirse a una de esas relaciones tormentosas que marcan de por vida: idas, vueltas, engaños y desengaños. Por momentos, le tocó a él ser el cónyuge sometido en este amor que mata y estuvo muy cerca del final, pero la rueda giró y encontró el equilibrio. Además del VIH, Santiago (nombre de fantasía)convive con su mujer y sus dos hijos: una nena de tres años y un varón de ocho meses. Ninguno de ellos nació con el virus del sida.
Cuando se casó ya estaba infectado. Su mujer lo sabía y ambos decidieron asumir los riesgos y ser padres. Una locura o irresponsabilidad, pensarán algunos. Amor por la vida, dirán otros. En sus rutinas hicieron lugar a los controles periódicos (cada tres meses ella; cada seis él), al tratamiento permanente y a las relaciones con preservativos. No obstante, sienten que llevan una vida normal.
Ayer fue un día especial para Santiago. "Si hay algo que puedo hacer en el Día Mundial de la Lucha contra el Sida -afirmó- es contar mi historia para que se termine el miedo y la gente pueda entender que se puede hacer una vida normal siendo portador de VIH, aunque lo más importante es cuidarse e informarse para evitar el contagio. Hoy estoy seguro de que adquirí el virus por ignorancia, por no saber que yo -como cualquier otra persona- me podía contagiar".
"Descubrí que portaba VIH casi como en un juego. De un momento a otro empecé a enfermarme de los bronquios, de las amígdalas y me aparecieron enfermedades venéreas. Iba al médico y me curaba; pero pronto me volvía a enfermar. Entonces le dije a la doctora, riéndome: ?¿y si tengo sida??. De inmediato me mandó a hacerme el test. Al conocer el resultado sentí que era el final...", rememora. Ahí comenzó su calvario. Mientras el médico le decía que iba a tener una vida normal, Santiago se hundía en la depresión. "Tomaba 20 pastillas por día para bajar la multiplicación del virus. Me fulminaban. Estaba débil y deprimido y esto me bajaba más las defensas. Empecé a dejar el tratamiento, me sentía peor y me volvía a enfermar...", contó. Como tantos otros, Santiago se negaba a tomar el cóctel de drogas, su única salida.
"Este rechazo es muy frecuente y las razones pueden ser varias: por falta de recursos, por no poder tomarlas en el ámbito laboral porque todos se enteran. Es un tema delicado", reflexionó Claudia Lucena, titular de la Unidad Ejecutora Provincial de VIH/sida del Siprosa.
Las vueltas de la vida lo llevaron a España, en 2002. "Ahí senté cabeza, por la amabilidad de los médicos y el seguimiento que me hacían. Cumplía con el tratamiento al pie de la letra y bajé la carga viral en sangre a niveles indetectables", recuerda. Pese a ello, nadie le podía garantizar que sus hijos no nacerían con VIH.
"Los estudios actuales -indica Lucena- nos informan qué cantidad de copias de virus hay en sangre. Con este dato tenemos una idea aproximada de lo que pasa en los tejidos y en el semen, aunque aún no se puede saber con precisión lo que ocurre. El caso de Santiago no es imposible, pero sí una excepción. Lo que se hace hoy con las parejas en las que el hombre tiene VIH es el lavaje del semen (para fertilización asistida) y se realiza en sólo en Buenos Aires", explica la médica.
Las ganas de tener hijos los empujaron a sacarse el preservativo y a engendrarlos. Una locura, o un gran amor. "Agradezco que la vida me haya dado la razón", concluye. Nada en él hace suponer que es portador del VIH.
Cuando se casó ya estaba infectado. Su mujer lo sabía y ambos decidieron asumir los riesgos y ser padres. Una locura o irresponsabilidad, pensarán algunos. Amor por la vida, dirán otros. En sus rutinas hicieron lugar a los controles periódicos (cada tres meses ella; cada seis él), al tratamiento permanente y a las relaciones con preservativos. No obstante, sienten que llevan una vida normal.
Ayer fue un día especial para Santiago. "Si hay algo que puedo hacer en el Día Mundial de la Lucha contra el Sida -afirmó- es contar mi historia para que se termine el miedo y la gente pueda entender que se puede hacer una vida normal siendo portador de VIH, aunque lo más importante es cuidarse e informarse para evitar el contagio. Hoy estoy seguro de que adquirí el virus por ignorancia, por no saber que yo -como cualquier otra persona- me podía contagiar".
"Descubrí que portaba VIH casi como en un juego. De un momento a otro empecé a enfermarme de los bronquios, de las amígdalas y me aparecieron enfermedades venéreas. Iba al médico y me curaba; pero pronto me volvía a enfermar. Entonces le dije a la doctora, riéndome: ?¿y si tengo sida??. De inmediato me mandó a hacerme el test. Al conocer el resultado sentí que era el final...", rememora. Ahí comenzó su calvario. Mientras el médico le decía que iba a tener una vida normal, Santiago se hundía en la depresión. "Tomaba 20 pastillas por día para bajar la multiplicación del virus. Me fulminaban. Estaba débil y deprimido y esto me bajaba más las defensas. Empecé a dejar el tratamiento, me sentía peor y me volvía a enfermar...", contó. Como tantos otros, Santiago se negaba a tomar el cóctel de drogas, su única salida.
"Este rechazo es muy frecuente y las razones pueden ser varias: por falta de recursos, por no poder tomarlas en el ámbito laboral porque todos se enteran. Es un tema delicado", reflexionó Claudia Lucena, titular de la Unidad Ejecutora Provincial de VIH/sida del Siprosa.
Las vueltas de la vida lo llevaron a España, en 2002. "Ahí senté cabeza, por la amabilidad de los médicos y el seguimiento que me hacían. Cumplía con el tratamiento al pie de la letra y bajé la carga viral en sangre a niveles indetectables", recuerda. Pese a ello, nadie le podía garantizar que sus hijos no nacerían con VIH.
"Los estudios actuales -indica Lucena- nos informan qué cantidad de copias de virus hay en sangre. Con este dato tenemos una idea aproximada de lo que pasa en los tejidos y en el semen, aunque aún no se puede saber con precisión lo que ocurre. El caso de Santiago no es imposible, pero sí una excepción. Lo que se hace hoy con las parejas en las que el hombre tiene VIH es el lavaje del semen (para fertilización asistida) y se realiza en sólo en Buenos Aires", explica la médica.
Las ganas de tener hijos los empujaron a sacarse el preservativo y a engendrarlos. Una locura, o un gran amor. "Agradezco que la vida me haya dado la razón", concluye. Nada en él hace suponer que es portador del VIH.







