"La cabeza piensa en la situación económica; el corazón, en la gente. Y muchas veces gana el corazón". Pareciera que pisar suelo extranjero provocara una divergencia en los órganos del aventurero. Metafórica, claro, pero inevitable. Luis María Croce Mallagray, un ingeniero jujeño que estudió en la sede tucumana de la Universidad Tecnológica Nacional cuenta cómo llegó a Madrid y cómo se acostumbró a sus mimos y a sus palizas. Y también cómo en el otro lado del mundo, aunque las condiciones le sean provechosas, el océano Atlántico pesa como si se cargara en bolsas.
Este es el relato que envió por mail a nuestra Redacción:
"Vine a Madrid para hacer un máster en 1998, cuando había muy pocos argentinos por estas tierras. Los compatriotas con los que te tropezabas por aquí antes de 2001 solían ser turistas gastadores y felices.
Tiempo después, España comenzó a mostrar signos de avance en lo económico y en lo social. Esto puso en marcha el motor de la construcción, el sector inmobiliario y el financiero. Esta maquinaria necesitaba de mucha mano de obra y la consiguió de latinoamericanos, europeos del este, marroquíes y sub-saharianos. Todos con un factor común: eran gente desencantada de su realidad e ilusionada con un futuro mejor.
La cantidad de extranjeros que llegaba para quedarse era muy grande, lo que se sumaba a los pésimos controles fronterizos y a la excesiva lentitud del proceso para conseguir los papeles. Esto provocó que, a mediados de 2000, el número de foráneos trabajando en situación irregular alcanzara los 2 millones. Mucha gente que podría proporcionar dinero a las arcas del Estado mediante impuestos y aportes a la seguridad social no lo hacía, al carecer de papeles.
Para regularizar esto, se inició un proceso que permitió que gran parte de los extranjeros adquiriera el permiso de trabajo y residencia. Esto atrajo a más personas, que sabían que podían conseguir un trabajo digno.
La crisis de 2001 lo cambió todo y el número de compatriotas en España se disparó. Era muy común cruzarte con compatriotas o contar con innumerables posibilidades de juntar a 22 argentinos para jugar un partidito de fútbol los domingos. Pero no todos ellos tenían o tienen la intención de quedarse.
Por otro lado, yo conocí a quien es hoy mi esposa: estaba claro que volver era la decisión más costosa. Decidí quedarme, para lo cual necesitaba conseguir trabajo. Era una carrera contra el tiempo porque mis finanzas estaban medidas y, de fallar, tenía que ejecutar el plan B: volver. Tuve muchísimas entrevistas de trabajo, pero todas las empresas me pedían los papeles y las puertas se me cerraban.
Ocho días antes de volver, una empresa francesa se jugó por mí. Fue uno de los momentos más felices de mi vida; recuerdo el abrazo y las lágrimas de felicidad con mi pareja. Otros amigos no tuvieron esa suerte, y tuvieron que partir a sus tierras.
La gran mayoría de los que llegaron antes de 2001 regresaron al país al cabo de uno o dos años. Muchos de ellos se arrepintieron de su decisión; otros no, son los que tenían un futuro resuelto en Argentina, los que no aguantaron la idiosincrasia del español o los que no soportaron el período de adaptación (alias pagar el piso). El afecto de los tuyos es el de peso. La cabeza piensa en el trabajo, en la situación económica que se puede conseguir, pero el corazón piensa en tu gente y muchas veces gana.
Actualmente nos cuesta conseguir 22 argentinos para jugar al fútbol. Puede ser por la edad y las obligaciones, pero yo creo que es porque muchos se están yendo". LA GACETA ©