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LA GACETA Literaria

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Domingo 14 de Marzo de 2010 | Por Asher Benatar -Para LA GACETA - Buenos Aires

Inmediatamente después de que surge un invento, sale a la luz algo que reduce sus ventajas. Este introito me pertenece. No lo atribuyan a ese misterioso señor Murphy, que descubrió horribles causalidades a las que es imposible eludir.
Algo así ha pasado con el correo electrónico (me niego a utilizar la palabra compuesta e-mail, pero debo de pertenecer a la retaguardia de un exiguo ejército casi desmantelado). Por las mañanas, me siento ante la computadora y primero me dedico a echar a empujones montones de spams que mi servidor me señala. Luego vienen las cadenas, algunas siniestras, "Fulano de Guadalajara se olvidó de continuarla y al poco tiempo murió por un cáncer"; "Mengano borró este mensaje y al día siguiente se incendió su casa". Canalladas, pero inquietan.
Y ahora entramos en esos mensajes que no sé por qué me hacen acordar a los libros de autoayuda. Primero, una hoja de un verde intenso con una gota de rocío en el centro. Ya está instalado el clima bucólico. Luego una flor, que también, curiosamente, tiene gotas de rocío. ¿A qué hora toman las fotografías?, pregunto yo, ¿cuándo aparece el sol?
Y así van pasando caras de chicos rubios y ojos celestes (morochitos abstenerse) con sonrisas en las que muy a menudo faltan los dientes, pero no precisamente por desnutrición. Y así van pasando frases cursis, admoniciones, loas a la vida y al acto de respirar. Con las manos y el cerebro pringoso por la miel, insisto, sigo leyendo todos estos mensajes cargados de "mensaje".
Analicemos la comunicación con amigos o conocidos. A veces pienso que el correo electrónico es un lamentable aliado de la pereza, de la abulia, del para qué vamos a encontrarnos en el bar de la esquina si hace frío, o hace calor, o llueve, y negándonos a desplazarnos podemos sentarnos ante el teclado y desarrollar ese remedo que de ninguna manera puede reemplazar el encuentro personal. Se me dirá que lo mismo puede aplicarse al correo tradicional. Y sí, pero como se usa tan poco…
Hay otros que nada tienen de siniestros. Son los que incursionan a veces en la política o en las desigualdades sociales (bueno, sí, siniestros, sí), los que defienden causas indefendibles, los que reproducen ad náuseam chistes de gallegos que pueden tener cierta gracia, pero que ya cansan.
Entre los chistes y las fotografías de "belleza" estereotipada, generalmente, frecuentadora de relucientes playas del Caribe o de las nieves de los países nórdicos, entre los que aconsejan agradecer cada mañana el despertarnos con vida y los que, al estilo Franz Capra, proclaman "Qué bello es vivir", ya la mañana ha avanzado y uno ha dejado de hacer algunas cosas para las que decidió levantarse temprano.
¿Por qué no eliminar esos correos antes de abrirlos? No sé, es como una adicción. Sálveme de esta droga, doctor, es por mi familia, yo no importo. Al punto estuve de acudir a alguna institución, ésas cuyo nombre termina con "anónimos", ésas en las que, al ingresar, uno tiene que ponerse de pie, mirar al auditorio y con gesto compungido decir: "Yo soy adicto al correo basura".
La vida es bella y hay que vivirla intensamente, de acuerdo, pero ¿qué intensidad hay en leer correos generalmente imbéciles? Es intensa cuando estamos con alguien para quien nuestro pensamiento es importante, lo es cuando obtenemos la obra con la que habíamos soñado durante años, lo es también cuando la noche se nos presenta como un camino exento de inquietudes y con un fondo de estrellas que titilan… pero qué estoy diciendo. Insensato: esto es un virus, temo que llegue a la pandemia. Quiero hacerme un análisis. No, mejor no sigo, porque voy a terminar mandando posters cibernéticos con animalitos, flores, gotas de rocío y todo.
              © LA GACETA

Asher Benatar - Novelista, dramaturgo y fotógrafo. Entre sus libros se destacan Kindergarten y La zanja.

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