Hay ciertas cosas que no tienen precio

El clientelismo está arraigado en la sociedad y en la dirigencia política. Alperovich comenzó a pagar el costo de ser un kirchnerista ortodoxo.

Por Fernando Stanich 30 Enero 2010
El descanso de un kirchnerista en Punta del Este, cuando el kirchnerismo sufrió como nadie la ola de calor, no tiene precio. En realidad, puede concluirse que José Alperovich es un hombre afortunado. Porque conducir una provincia con un 40% de población pobre (según estimaciones privadas) por teléfono celular y que nadie se alborote es un lujo que pocos pueden darse. Porque ser el único tucumano con posibilidades de gobernar durante 12 años es una oportunidad soñada. Y porque dejar la provincia en "manos libres" y que los referentes opositores ni siquiera se percaten es un privilegio netamente subtropical.

En definitiva, tener a la Provincia en un puño no tiene precio. Para todo lo demás, existe una misma forma de pago: el clientelismo. A tal punto llega la dicha alperovichista que sólo las peleas entre sus punteros por la aplicación del programa "Argentina Trabaja" amenazaron con atormentar las vacaciones. Es decir, por el reparto de una tajadita de las dádivas con las que Néstor y Cristina premian fidelidades. Más allá de la patética imagen de tucumanos peleando por un "plan", más avergonzados deberían sentirse la mayoría de los opositores con responsabilidades públicas. ¿Alguien sabe dónde están? Una infidencia, es más fácil dar con el celular de un oficialista durante enero que enganchar una llamada con algún parlamentario opositor.

Resignación

Para miles de tucumanos, tener un ingreso a fin de mes no tiene precio. Por eso, muchísimos se resignan a los aprietes, a los chantajes y a las migajas. Ya lo dijo a LA GACETA Teresa del Valle Cisneros: le dieron un plan de $ 1.200, pero le quisieron dar $ 200, porque el resto se tenía que dividir entre cinco personas. Ella lo denunció, pero otros miles deben soportar hasta lo indigno para llevar algo a sus familias. Y eso, lamentablemente, sí tiene un costo.

Puntualmente, la subestimación. La de los punteros, muchos de los cuales manejan los barrios como capangas. Como si ser los responsables de reclutar votantes para algún concejal o legislador les añadiera algún título nobiliario. Porque hasta se creen eso de que son ellos los que, graciosamente, consiguieron para sus vecinos -y como por arte de magia- algo que cualquier Estado dentro de sus cabales debiera darles.

Pero los pobres no son los únicos a los que alguien más poderoso intenta llevar de las narices. En realidad, son el último eslabón de una cadena de prebendas. Porque el bolsoneo no se acaba con el "plan", apenas si es la cara visible del clientelismo. La mirada "pampita" del asunto. Si no, cómo se explica que el intendente de Simoca, el único opositor, aún esté haciendo cuentas para calcular la diferencia entre lo que efectivamente le remitió el Gobierno para hacer obras en su ciudad y lo que originalmente se había previsto. Y que se quede callado. O que 18 de los 19 municipios estén anestesiados dentro del Pacto Social. En realidad, esto sí tiene un precio: $ 846 millones. O que sólo uno de los cinco legisladores opositores, el hoy senador nacional José Cano, haya puesto el grito en el cielo cuando el vicegobernador y ahora ministro de Salud de la Nación, Juan Manzur, contrató en forma directa la construcción multimillonaria del nuevo edificio legislativo.

En ciertas ocasiones, permanecer callado es mejor que abrir la boca.

En cuotas

Al final, el precio de que José Alperovich sonría lo pagan todos: ciudadanos sin responsabilidad política, dirigentes oficialistas, y opositores. Y en esta escalera de sumisiones, el propio gobernador ocupa uno de los últimos escalones.

Que Kirchner lo mencione como uno de los eventuales compañeros de fórmula sí tiene un precio. En rigor, el ex radical viene pagando en cuotas desde hace unos cuantos años el peaje kirchnerista. Es cierto, la barrera se levantó y el grifo oficial de fondos hizo que Tucumán no sufriera la sequía que padecen, por ejemplo, Córdoba y Catamarca. No en vano, esta provincia es la única del interior en la que rige el programa "Argentina Trabaja".

El mandatario se aferró a la suerte K. Pero puede resultarle caro. Ahora se susurra que le pedirán que avale el uso de reservas del Banco Central para el pago de la deuda. Por su fidelidad, los mimos se traducirían en más obras públicas. Ya lo advirtió Sergio Mansilla esta semana, la interna nacional en un oficialismo derruido será sangrienta. De hecho, más allá de la suerte que corra el matrimonio presidencial, los gobernadores que coticen en alza serán los que, en 2011, estarán en mejores condiciones para negociar con otras patas del justicialismo. Los salvavidas serán pocos; los náufragos, muchos.

Alperovich lo sabe, la cuestión es qué precio está dispuesto a pagar por pertenecer. Hasta aquí, viene demostrando que cualquier. En realidad, dentro de unos años, eso será apenas una anécdota. Lo verdaderamente importante es que la sociedad defina con prisa qué costo está dispuesta a pagar por permanecer en silencio. Porque los nombres cambian, pero las mañas parecen inmunes al paso del tiempo: ser parte del aparato clientelar tiene un precio; lo impagable es salir de ese sistema. Y eso corre para todos.

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