Los médicos procuran que nadie se queje

Cumplen el paro, pero extreman el cuidado de los pacientes para no correr ningún riesgo.

ASAMBLEA. Los autoconvocados del Padilla deliberan sobre el plan de lucha. LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO
ASAMBLEA. Los autoconvocados del Padilla deliberan sobre el plan de lucha. LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO
28 Octubre 2009
Parece un día feriado, pero es martes por la mañana. El Hospital de Niños no muestra el mismo movimiento que hace tres meses, cuando comenzó el paro de los trabajadores autoconvocados de la salud. Sólo se ven enfermitos graves, detectables porque los llevan en sillas de ruedas, con sondas nasogástricas, barbijos o mochilas de oxígeno. Adentro del edificio se escucha el barullo del personal en asamblea. A pocas cuadras, en los hospitales Padilla y Centro de Salud, los pacientes son atendidos en la calle, en improvisados escritorios, donde a lo sumo se les toma la presión y se les hace una receta.
Para los médicos y enfermeros, hacer huelga no es tan sencillo. Ante el más mínimo disturbio producido por algún paciente que protesta por falta de atención, los profesionales corren, asisten y tratan de inmediato le ponen paños fríos al malhumor. En algunos casos, para evitar riesgos, se interna.
Esto puede explicar el altísimo nivel de ocupación: el 90% de las camas de terapia intermedia y el 85% en general. En lo que va del año, hay un promedio de ocho niños fallecidos por mes, pero curiosamente, en los dos últimos meses este índice cayó a seis, en agosto, y sólo uno en septiembre, según informa el vicedirector del hospital de Niños, Oscar Hilal.
"Estamos por debajo de los índices de mortalidad hospitalaria esperables, que van de 1% a 2%, y apenas el 0,94% de enero a setiembre", reconoce Hilal, solo en su despacho, mientras continúa la asamblea. La directora, Graciela Lavado, tomó vacaciones, hecho que sorprendió al personal.
"Venimos todos los días al hospital, y nos atienden sin sacar número", cuenta Silvia Mendoza con su hijo en brazos, feliz porque el jueves, después de nueve meses de internación y tres operaciones, pudo llevar a su bebé a casa. En el regazo, la criatura sonríe. La traqueotomía parece no molestarle. Su madre carga el oxígeno en un bolso. "Nació con un pulmón más chico y con una hernia diafragmática", explica la joven, para quien el hospital fue su casa en los últimos nueve meses (vive en García Fernández, Bella Vista). "Cuando es un caso grave o delicado, los doctores están pendientes. La neumonóloga me lo explicó, y está bien que hagan huelga. Tendrían que cobrar bien, porque nosotros dependemos de ellos", reflexiona.
Por lo bajo, un médico admitió: "hacemos huelga, pero con un julepe bárbaro. Si notamos que alguno hace lío porque no lo atienden, ahí nomás le hacemos todos los estudios para que se calle. Y si sigue embromando, lo internamos. No nos podemos equivocar.

En el Padilla

Desde lo profundo del hospital, llegan los aplausos que retumbaban en los pasillos y salen a la calle en sordina. Adentro, los autoconvocados del Padilla se preparan para la asamblea. En la vereda, sentada junto a un pequeño escritorio, la enfermera Teresa Arias termina de tomar la presión a María del Carmen Pérez. Cada una, desde su posición, analiza el conflicto. "Mirá, me parece bárbaro lo de ustedes, porque están en su derecho de protestar. Pero yo necesito que esto se termine", le dice Pérez a Arias. "Tenés razón, pero acá el tema es que el Gobierno no quiere ceder y esto se va a poner cada vez peor", le responde la enfermera. Hablan en la vereda de Alberdi al 500, donde los médicos del Padilla atendieron ayer a los pacientes a modo de protesta.

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