19 Octubre 2009 Seguir en 
BUENOS AIRES (Por nuestra enviada especial, Silvina Cena).- La inminencia del show se mide por la cantidad de baldosas libres bajo los pies: cuanto más se hunde el sol atrás del escenario, menos centímetros cuadrados quedan para que las zapatillas peleen. El vapor de la transpiración, los perfumes caros de las chicas bien y el humo de los cigarrillos de los chicos mal se mezclan en el aire y ese cóctel envuelve a la multitud en un halo sofocante. Cuando el distraído se acuerda de ir al baño e intenta retroceder, entiende que un solo paso atrás lo convertiría en hombre perdido. Catupecu Machu activa la histeria. "¿Ustedes se dan cuenta de lo que están a punto de ver?", agita Fernando Ruiz Díaz, una hora antes del show, y la multitud siente que le tiemblan las entrañas.
Para cuando Depeche Mode espera tras bambalinas, hay 30.000 bocas coreando ese nombre. "Esperé 15 años para vivir estas dos horas", susurra un fanático, que se agarra la cabeza y gime un sentido "¡uuuh!" cuando escucha que los primeros acordes de "In chains" dan por comenzado el espectáculo. El trío británico sale a escena y, sólo con eso, ya es dueño de las miles de almas que lo observan: desde arriba del escenario manejará las sensaciones de los fanáticos como un ventrílocuo lo haría con un muñeco. Reciben euforia cuando piden locura; lágrimas cuando piden ternura; pogo cuando piden desenfreno.
En el show que cerró la segunda jornada del Personal Fest -el más esperado de los agendados-, la voz de Dave Gahan pareció el recipiente en el que se volcaron todos los tonos graves del mundo. Fue tan potente que aflojó las piernas y cuando entonó "Wrong", el segundo tema, cabía preguntarse si no era la canción la que se moldeaba a ese torrente gutural en vez de que sucediera a la inversa.
Vestido todo de plateado -el único elemento que rompió la estética oscura del grupo-, Martin Gore no cedió protagonismo. Estuvo a cargo de tres de las canciones más veneradas de la noche ("Jezebel", "Home" y "Somebody"; esta última exprimió lágrimas hasta en los de aspecto más duro) y su nombre fue coreado por la multitud varias veces, lo que le arrancaba de a ratos una media sonrisa. Andrew Fletcher, en cambio, sólo salió de la parte posterior del rectángulo para el saludo de despedida.
Todas las voces, todas
No hubo canción con la que el show decayera. "Walking" y "It´s no good" pusieron de rodillas al océano de seguidores, que al rato se levantó para gritar las letras de "Precious" y "In your room" hasta quedarse ronco. Todo eso atizado por la increíble actitud de Gahan, que bailó arriba del escenario como si esa fuera su primera obligación y así exigió a las miles de personas que lo rodeaban a imitarlo. "Enjoy the silence" fue, por supuesto, la alucinación hecha predio, sobre todo porque la estiraron con una zapada que puso al público de la cabeza. Provocativo, el grupo no se conformó: al toque presentó "Never let me down", con lo que casi consiguen que les rogaran por una pausa.
No la hubo, por suerte. Todo se sucedió como un túnel de pulsiones satisfechas y el placer se percibía arriba y abajo del escenario. "Stripped" y "Behind the wheel" marcaron el inicio de la recta final y dejaron al gentío en punto caramelo para la estocada final, con "Personal Jesus". Todas las voces, todas, se unieron en una sola para ovacionar a los británicos e implorar un bis que, lamentablemente, no se satisfaría.
La estampida hacia la puerta de salida encuentra al fanático que esperó 15 años para disfrutar de esas dos últimas horas apoyado en una valla, transpirado de calor y conformidad. La plenitud de su alma se trasluce cuando observa la nube más alta y sentencia: "valió la pena".
Para cuando Depeche Mode espera tras bambalinas, hay 30.000 bocas coreando ese nombre. "Esperé 15 años para vivir estas dos horas", susurra un fanático, que se agarra la cabeza y gime un sentido "¡uuuh!" cuando escucha que los primeros acordes de "In chains" dan por comenzado el espectáculo. El trío británico sale a escena y, sólo con eso, ya es dueño de las miles de almas que lo observan: desde arriba del escenario manejará las sensaciones de los fanáticos como un ventrílocuo lo haría con un muñeco. Reciben euforia cuando piden locura; lágrimas cuando piden ternura; pogo cuando piden desenfreno.
En el show que cerró la segunda jornada del Personal Fest -el más esperado de los agendados-, la voz de Dave Gahan pareció el recipiente en el que se volcaron todos los tonos graves del mundo. Fue tan potente que aflojó las piernas y cuando entonó "Wrong", el segundo tema, cabía preguntarse si no era la canción la que se moldeaba a ese torrente gutural en vez de que sucediera a la inversa.
Vestido todo de plateado -el único elemento que rompió la estética oscura del grupo-, Martin Gore no cedió protagonismo. Estuvo a cargo de tres de las canciones más veneradas de la noche ("Jezebel", "Home" y "Somebody"; esta última exprimió lágrimas hasta en los de aspecto más duro) y su nombre fue coreado por la multitud varias veces, lo que le arrancaba de a ratos una media sonrisa. Andrew Fletcher, en cambio, sólo salió de la parte posterior del rectángulo para el saludo de despedida.
Todas las voces, todas
No hubo canción con la que el show decayera. "Walking" y "It´s no good" pusieron de rodillas al océano de seguidores, que al rato se levantó para gritar las letras de "Precious" y "In your room" hasta quedarse ronco. Todo eso atizado por la increíble actitud de Gahan, que bailó arriba del escenario como si esa fuera su primera obligación y así exigió a las miles de personas que lo rodeaban a imitarlo. "Enjoy the silence" fue, por supuesto, la alucinación hecha predio, sobre todo porque la estiraron con una zapada que puso al público de la cabeza. Provocativo, el grupo no se conformó: al toque presentó "Never let me down", con lo que casi consiguen que les rogaran por una pausa.
No la hubo, por suerte. Todo se sucedió como un túnel de pulsiones satisfechas y el placer se percibía arriba y abajo del escenario. "Stripped" y "Behind the wheel" marcaron el inicio de la recta final y dejaron al gentío en punto caramelo para la estocada final, con "Personal Jesus". Todas las voces, todas, se unieron en una sola para ovacionar a los británicos e implorar un bis que, lamentablemente, no se satisfaría.
La estampida hacia la puerta de salida encuentra al fanático que esperó 15 años para disfrutar de esas dos últimas horas apoyado en una valla, transpirado de calor y conformidad. La plenitud de su alma se trasluce cuando observa la nube más alta y sentencia: "valió la pena".
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