El pueblo sabe a quién llorar

El pueblo sabe a quién llorar

La despedida de los argentinos a Alfonsín no es sólo la reivindicación póstuma a un ex presidente, sino la angustia colectiva por la degradación de la política y de la dirigencia. Por Alvaro José Aurane - Editor de Política.

04 Abril 2009

Se murió Raúl Alfonsín. Y las imágenes de hombres dolidos, de mujeres desconsoladas, de jóvenes devastados, de tristeza hecha multitud, de congoja empapada de lluvia y de lágrimas por cuadras y cuadras, hicieron de su despedida un acontecimiento histórico.
Fue una reconciliación tan masiva como inesperada entre un político y millones de ciudadanos. Un pueblo entero que, mientras absolvía los yerros de su viejo líder (y eso que fueron muchos y muy graves) también decidía que ese momento debía ser inmortalizado. Fueron los argentinos, en la calle, dando un mensaje. Vasto. Espontáneo. Simple.

La democracia
Se murió Alfonsín y lo llamaron "el padre de la democracia". Probablemente, para contrastar cuánto se agrandan sus logros frente a lo que los actuales gobernantes llaman "hitos". El retorno de la democracia, la instauración del Estado de Derecho, la vigencia plena de los derechos humanos y el respeto a la división de poderes fueron sus compromisos hace un cuarto de siglo. Hoy, en cambio, la Nación populista promete por toda plataforma seguir metiéndoles la mano en el bolsillo a los sojeros, con retenciones que coparticipará para que en las provincias se hagan más obras públicas escandalosamente sobrevaluadas y deficientemente construidas.
El alperovichismo, a escala, promete asfaltar 10 cuadras por semana. La democracia que volvió en el 83 enalteció el papel del ciudadano. La democracia pavimentadora de hoy degradó el civismo. "La gente que sale a la calle y ve el pavimento y observa que no hay barro, es un voto", sintetizó uno de sus diputados. Tal vez llamaron a Alfonsín el padre de la democracia para evidenciar cuán huérfana está la pobre en nuestros días. En nuestras tierras.

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Los valores
Se murió Alfonsín y lo llamaron "el último prócer civil". Tal vez porque tuvo una vida decente. Esa es la forma en que viven los hombres que saben vivir.
El ex jefe de Estado falleció en su departamento del octavo piso, contrafrente, de Santa Fe al 1.600, en el Barrio Norte de la Capital Federal. El mismo departamento de clase media que habitó antes de ser Presidente. Porque él no usó el Gobierno para enriquecerse hasta la desvergüenza, ni para nombrar a los gerentes de los negociados como funcionarios con privilegios procesales, ni para comprar propiedades por toda su provincia, ni para adquirir campos y estancias en provincias vecinas, por miles y miles de hectáreas.

Los juicios
Se murió Alfonsín y lo llamaron "el abogado de la libertad". Acaso porque el juzgamiento de las juntas militares fue un suceso señero ya no sólo para la Argentina sino para toda América Latina.
El mismísimo fiscal de ese proceso, Julio César Strassera, lo puso en perspectiva el año pasado, cuando visitó Tucumán en setiembre e hizo hincapié en lo que significaba juzgar, entonces, a los militares, que hasta hacía menos de un lustro habían sido los señores de la vida y de la muerte en este país. "Es muy fácil enjuiciar a un hombre de 85 años, sin ningún poder -advirtió, en referencia a la situación actual de los jerarcas del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional-, pero había que hacerlo cuando estaban en la plenitud del poder y eso parecía imposible".

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La República
Se murió Alfonsín y lo llamaron "el apóstol de la República". Quizás porque no se le ocurrió inventar los decretos de necesidad y urgencia, ni los "incentivos" peronistas ni la "Banelco" delarruista para diputados y senadores. Sólo supo acudir por la vía institucional al Congreso, aunque le costara innumerables derrotas (más bien, revolcadas) políticas.
Lo llamaron así, también, porque en nombre de las garantías sindicales que restituyó, soportó 14 paros generales, convocados en no pocos casos por razones que provocarían la hilaridad de los "gordos" bien comidos de las domesticadas centrales obreras actuales, tan despreocupados por el pan que deben llevar los trabajadores a sus hogares.
Y le dijeron apóstol de la República porque resistió tres alzamientos carapintadas, es decir, de militares de extrema derecha; y el copamiento de La Tablada, por parte de sectores peligrosamente delirantes de la izquierda. Fueron indudablemente destituyentes, sin punto de comparación con las protestas de los ruralistas, a los que el oficialismo llama considera cuasigolpistas. Por cierto, no sea que se olvide, muchos sectores que hoy concurren a esa entelequia llamada "campo" contribuyeron amablemente a la debacle final del alfonsinismo y de la economía nacional en 1989, tácitamente asociados con sectores con los que ahora están explícitamente distanciados.

Los desaciertos
Se murió Alfonsín y lo llamaron "un hombre bueno", a pesar de la aniquiladora hiperinflación, de la diáspora social abierta por las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, de la escandalosa Yacyretá, de los vergonzantes pollos de Mazzorín. Durante los 90 purgó condena social por todo ello.
Tras su muerte, los argentinos lo amnistiaron. Tal vez porque, sin perder de vista aquellos inconmensurables desaciertos, ahora hay más pobres que cuándo él gobernó. Y porque, a la par, él no indultó a los miembros de las juntas militares condenados por la Justicia constitucional. Ni rifó las empresas del Estado: las "joyas de la abuela". Ni estuvo envuelto en triangulaciones de ventas de armas. El formó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) para investigar las violaciones contra los derechos humanos de miles de argentinos: todo un contraste con otro presidente acusado de haber ayudado a entorpecer la investigación por atentados terroristas que cegaron la vida de miles de argentinos que profesan la fe judía.
Alfonsín tampoco sacó al exterior decenas de millones de dólares provenientes de regalías de hidrocarburos patagónicos. El no se apresuró en conseguir fueros porque no tenía que desfilar por Tribunales. No tenía una veintena de causas pendientes, como algunos gobernadores de provincia. No fue denunciado por la emisión de billetes "mellizos", ni por tratos poco transparentes con líneas aéreas ya extinguidas, ni por la concesión de publicidad oficial a fundaciones de familiares. Por eso mismo, no trató de asfixiar al Poder Judicial ni de llenarlo de jueces amigos.
Es más, cuando celebró el nefasto Pacto de Olivos, que demolió interna y externamente a la UCR, negoció a cambio de la reelección menemista institutos como el tercer senador para la minoría, la autonomía de la ciudad de Buenos Aires y, nada menos, el Consejo de la Magistratura, para transparentar la designación y la remoción de magistrados. No fue sospechado de haber recibido ni entregado coimas a cambio de ello, cosa que sí ocurrió en el Tucumán de principios de esta década. Ese Tucumán donde se denunció que, poco antes de que los niños empezaran a morirse de hambre, un gobernador aprobaba que se repartieran U$S 2 millones entre legisladores, para que aprobaran una ley que permitiese la reforma constitucional a fin de habilitar la reelección que también los beneficiaría a ellos. Presuntamente, claro está.

Los tiempos y los hombres
Se murió Alfonsín y lo llamaron "un político de raza". Fue el primer radical en la historia de la Argentina que le ganó al peronismo en elecciones limpias de proscripciones (es decir, el que demostró que tal cosa era posible).
En otras palabras, fue el primer dirigente proveniente de una minoría (término decididamente asociado a la oposición desde hace un buen tiempo) que probó que podía derrotarse en las urnas a una mayoría que, desde mediados del Siglo XX, se mostraba invencible si se trataba de contiendas electorales libres. Pero, claro, eran otros tiempos. Y, fundamentalmente, eran otros políticos.
El ex presidente se ganó su candidatura en elecciones internas, en las que triunfó (se impuso a Fernando de la Rúa) porque ya no competía contra Ricardo Balbín, ya extinto. Es decir, había trayectoria y las fuerzas políticas se mostraban vivas y activas. Lamentablemente, no sólo el peso se devalúa en este país.
Hoy, a pesar de que tienen rango constitucional desde 1994, los partidos políticos subsisten en una suerte de estado vegetativo. El kirchnerismo anticipó los comicios y, salvo unas cuantas voces, la dirigencia no se rasgó las vestiduras por el hecho de que tenían que suprimir las elecciones internas: todo por el contrario.
La mayoría de las fuerzas políticas están colmadas de paracaidistas y oportunistas. Y la última vez que vieron una plataforma electoral con ideas y propuestas, la expulsaron. De hecho, hay partidos políticos por docenas que son meras construcciones publicitarias, envenenados de pragmatismo a cualquier precio, sin doctrina ni convicción alguna. Y estás las agrupaciones que se han convertido en simples sellos de goma en alquiler que se rentan para inflar frentes oficialistas, para dividir a la oposición o para que algún candidato de último vagón pueda postularse.
Sin embargo, la queja común de los perdidosos es que el pueblo es el que no sabe votar.

La despedida
Se murió Alfonsín: el orador de la Constitución. Y la historia argentina volvió a mostrar que no está desprovista de perversas ironías. En La revolución es un sueño eterno, Andrés Rivera presenta a Juan José Castelli como el orador de la Revolución de Mayo: un cáncer le pudría la lengua. A Alfonsín, que clamó por constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad (para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino), un cáncer le mordía los pulmones.
Un mal sin cura dejó sin aire al hombre que adoptó las garantías del Preámbulo como discurso.
Se murió Alfonsín. El pueblo lo llora. Se fue en paz con su gente. Esa es la forma en la que mueren los hombres que saben morir.

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