
En una curva, la última, Hamilton cambió su destino e impuso su nombre en la historia de la máxima categoría. En un instante, todas las sensaciones: brazos en alto, abrazos, festejos en los boxes de Ferrari y de McLaren. En otro, las contracaras: confusión, miradas al piso, llanto y desilusión en las huestes italianas versus más abrazos, más festejos, también llanto y un baño de gloria en las británicas.
En una vuelta, la F-1 reseñó toda una temporada marcada por los errores, los dominios repartidos. En una carrera, quedaron sintetizadas todas las de este año, aquellas en las que, mientras llovió, se convirtieron en espectáculos, y mientras no lo hizo, se tornaron en esperpentos aburridos y previsibles.
Hamilton es el campeón y en McLaren se tomaron desquite de un desastroso 2007; Massa terminó segundo pero al menos ayudó para que Ferrari sume un nuevo campeonato de Constructores. Amargo festejo, pero consuelo al fin. La ruleta cerró hasta 2009, ¡no va más señores!










