Si hablamos de juego por dinero hay que diferenciar las maneras de jugar y apostar. Cuando el juego produce placer y el jugador concurre esporádicamente a los lugares que elige y no compromete sus ingresos, no desatiende su trabajo ni la atención de su familia, hablamos de un jugador casual. Es decir, alguien que va al casino una o dos veces en vacaciones o apuesta pequeñas cantidades compartiendo con amigos un billete de Navidad o Año Nuevo.
El jugador compulsivo pierde noción de la realidad porque su mente está ocupada las 24 horas en apostar y generar adrenalina constantemente. Es muy frecuente que lo primero que pierda sea su trabajo, luego su familia, su autoestima, le aparece la culpa y luego la depresión.

La ludopatía no respeta el intelecto, como ninguna otra conducta adictiva o como cualquier otra patología crónica. En nuestra experiencia de 25 años frente a los grupos de Jugadores Anónimos Compulsivos, que fundamos con el doctor Alberto Cormillot, no tiene que ver el contexto, ni la familia, ni la condición social. Los detonantes pueden ser de los más diversos.
La cuestión está en enfocar el tratamiento hacia el cómo y no detenerse demasiado en el porqué, y fundamentalmente en trabajar en grupos con pares. La confrontación con quienes están bien es de gran importancia para quienes se acercan para mejorar. Tenemos evidencia que, si no se trata, la adicción avanza y termina con la muerte, con la locura o con la cárcel.

El Estado, al permitir cada vez mayores posibilidades de acceso al juego, no contribuye en lo absoluto. Es muy posible que debido a los grandes ingresos que genera el juego, seguirá promoviéndolo. De todos modos hay evidencia de que antes de existir tanta oferta, existía la patología. Lo que sería esperable es que el Estado brindara más posibilidades de tratamiento de este tipo de adicciones en diversos lugares.







