El rol de los gurúes está en el ojo de la tormenta

Henry Paulson.
Henry Paulson.
28 Septiembre 2008

“¿Para qué sirven los economistas?”, se cuestiona Bernard Maris, profesor de economía en la Universidad París VIII y colaborador de medios como Le Monde o Le Nouvel Observateur. “Sus pomposos discursos, explicaciones contradictorias, repentinos cambios de ideas y tecnicismos incomprensibles no pueden ocultar el hecho de que se equivocan y arrastran a equivocarse a sociedades enteras”, critica. Y pone como ejemplos a premios Nobel de Economía al borde de la quiebra, como Robert Merton y Myron Scholes, quienes crearon junto con John Meriwether el LTCM (Long-Term Capital Management, un fondo de inversión de alto riesgo), a gurúes como George Soros que sufren pérdidas millonarias al apostar su fortuna al número incorrecto, a eruditos como el ex director del FMI, Michel Camdessus, que no fue capaz de prever las crisis de Asia, México y Brasil, o a Jean ClaudeTrichet, que “no vio profundizarse el hoyo del Credit Lyonnais”.
Los denominados gurúes de la economía se autodefinen como psicólogos: están a disposición y atienden llamados a toda hora. Su función primordial es la de contener ansiedades, mirar más allá e interpretar las decisiones del Gobierno. Los empresarios los buscan también como abre puertas.
El rol de las calificadoras internacionales de riesgo y de los gurúes se puso en tela de juicio cuando se desató la crisis financiera internacional en los últimos meses, con consecuencias finales aún inciertas. En medio de la debacle de Wall Street, las calificadoras de riesgo se dieron tiempo para ocuparse de nuestro país: bajaran la nota de los bonos soberanos nacionales y analistas de consultoras internacionales pusieran en duda la capacidad de pago de la Argentina. Ante este escenario de incertidumbre, el gobierno de Cristina Kirchner salió decidido a que nuestro país rompa su aislamiento y regrese a los circuitos financieros internacionales, y en menos de un mes anunció que le pagará más de U$S 6.000 millones al Club de París y que renegociará la deuda aún pendiente del default de 2005. Pero no quedó allí la cosa: la Presidenta llamó a la banca extranjera a “ocuparse de mirar las cuentas propias en lugar de mirar a otros países”. Denunció que el banco Lehman Brothers, recientemente declarado en bancarrota, era el mismo que preanunciaba el derrumbe de la Argentina en 2010. “Deberían ocuparse de contarnos qué pasa con los pronósticos de ese mismo banco que allá en 2001, dos meses antes del corralito, decía que las finanzas de la Argentina estaban muy sólidas”, recalcó la mandataria. Cristina se refirió a “algunos loros” de la economía. “Los llaman gurúes; yo los llamo loros porque repiten”, remarcó.
Hoy, el Congreso de Estados Unidos y el gobierno de George W. Bush están bajo creciente presión para que actúen tras el aumento de ejecuciones de viviendas e incumplimiento de pagos en los préstamos, además del colapso de bancos de inversión norteamericanos, así como de la mayor empresa aseguradora del mundo. Algunos analistas e inversionistas plantaron dudas sobre si el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernanke, son capaces de sacar a la mayor economía del mundo de su peor crisis de confianza desde la Gran Depresión de la década de 1930. “Han estado equivocados sobre casi todo desde que comenzó la crisis hace un año”, dijo Barry Ritholtz, director de investigaciones de la firma de inversión de Nueva York Fusion IQ. “¿Por qué deberíamos creer en su juicio sobre el rescate más grande de la historia?”, agregó.
El cataclismo de los mercados financieros ha puesto negro sobre blanco la necesidad de armonizar, integrar y coordinar las políticas de supervisión financiera en el mundo. “Siempre avanzaremos cometiendo nuevos errores, porque eso es parte de la naturaleza humana”, señala Charles Goodhart, profesor de la London School of Economics y ex miembro del comité de política monetaria del Banco de Inglaterra

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