Una feroz pelea juvenil
El futuro gobernador del Campo atacado por condiscípulos. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.
06 Septiembre 2008 Seguir en 

Es conocido que el sacerdote tucumano José María de Campo (1826-1884) dejó su ministerio para meterse de lleno en las luchas militares y políticas de la Organización Nacional. Fue dos veces gobernador de Tucumán. En sus recuerdos (editados con el título "Memorias de una sociedad criolla") el político y periodista catamarqueño Ramón Gil Navarro (1828-1883) cuenta su singular relación juvenil con Del Campo, cuando eran condiscípulos en el Aula de Filosofía de Catamarca, que dirigía el franciscano fray Benjamín Achával.
Del Campo, algo mayor que Navarro, era fuerte y muy alto, con una "vocecita de silbido" y "tan inocente y candoroso como él solo". Navarro lo hacía blanco permanente de bromas pesadas, que Del Campo no tenía más remedio que tolerar. Pero como una vez el tucumano lo acusó ante el profesor y logró que lo castigasen, Navarro planeó su venganza.
Junto con siete compañeros, atacó de sorpresa a Del Campo un día en que los docentes estaban lejos y que la víctima se paseaba estudiando. Lograron atarle las manos, le pusieron un pañuelo en la boca, lo encerraron y empezaron a darle golpes. Del Campo se pudo soltar y se lanzó ciego sobre sus agresores. A uno de ellos, Carlos Cubas, le arrancó el pelo de todo un sector de la cabeza, que "quedó blanca y lisa como la palma de mi mano", cuenta Navarro. De inmediato Máximo, el hermano de Carlos, cayó sobre el tucumano y lo arañó con fuerza desde la frente hasta la barba, "trayendo tanto pellejo o cutis cuanto el largo de sus uñas podía permitir". Entonces Del Campo le asestó una trompada tan violenta que cayó desmayado.
Los atacantes se dieron cuenta de que habían ido demasiado lejos. Además de estar Carlos dolorido y aterrado por su falta de pelo, y Máximo sin sentido en el suelo, "todos teníamos los ojos llenos de lágrimas, mientras que una expresión de salvaje furor se pintaba en la cara de Campo, con los cuatro rastros de las uñas de Máximo, por donde corría la sangre como por cuatro canaletas". La terrible pelea pudo ocultarse a los profesores, porque los heridos dijeron estar enfermos. Navarro afirma, con razón, que no recordaba esto como picardía juvenil, "sino como un hecho horroroso que no se me olvidará jamás".








