CAUDILLOS Y SU ESTAMPA. Sobre estas líneas, el “Chacho” Peñaloza. Arriba, a la izquierda, Felipe Varela.

Por Raquel Espinosa - Profesora de Letras UNSA
“A mediados de 1853, Francisco Aguilar partió de San Miguel de Tucumán con cuatro mulas que le habían prestado en el convento de San Francisco. Lo acompañaba un indio que conocía el camino por Tafí y Amaicha, el cual gentilmente se había ofrecido para secundarlo. Anduvieron casi un día, cuando una empinada trepada comenzó a introducirlos en las serranías tupidas de arboledas...”
Con esta descripción de un viaje comienza el capítulo siete del libro “Aguilar, el cura de la montonera”, del escritor e historiador riojano Víctor Hugo Robledo. En los capítulos anteriores el autor se ocupa de informar sobre la genealogía del protagonista y de describir algunos lugares que tuvieron especial relevancia en la vida de este sacerdote oriundo de Tucumán pero que trascenderá en tierras riojanas.
El lector tiene con este libro la oportunidad de acceder, de manera entretenida, a hechos históricos ocurridos durante el siglo XIX en el interior de nuestro país. Esto se logra no sólo por las “acertadas pinceladas de reconstrucción novelada” (tal como lo señala en la contratapa Miguel Bravo Tedín, de la Academia Nacional de la Historia), sino por el ritmo del propio texto.
La decisión de organizar todo el material escrito en capítulos breves así como una prosa llana y ágil imprime dinamismo a las páginas, invitando a seguir leyendo con placer o a pausar la lectura, si fuera necesario, sin perder el hilo conductor de la narración.
Como un policial
En un marco histórico y geográfico presentado con la rigurosidad que acredita la extensa bibliografía consultada, así como el apéndice documental, los documentos y entrevistas consignados, la historia de Aguilar emerge en un relato cuyo suspenso va aumentando progresivamente. Tal como en las novelas de aventuras o en los relatos policiales, este, que es un relato histórico, presenta la historia en sucesivas entregas; cada capítulo despierta en el lector el deseo de seguir investigando qué sucedió en San Blas de Los Sauces, en el norte de La Rioja, entre 1853 y 1885.
Robledo nos cuenta que Francisco Aguilar llega muy joven a San Blas y, poco a poco, va conociendo el lugar, sus habitantes y el entramado del poder que enfrenta, en distintas oportunidades, a la Iglesia con los representantes del Estado provincial y del naciente Estado nacional. También percibe e interviene en los conflictos entre la clase pudiente, los terratenientes de la zona, y la población más humilde. Dejando de lado una presentación épica del personaje, el autor muestra las debilidades que Aguilar comparte, pese a su cargo, con otros hombres de la época: “el cura se había ganado la fama de todos los vicios: jugador, tomador y peleador” (pág. 103).
Así mismo, a pesar de su condición de sacerdote franciscano, su ambición lo llevó a comprar sucesivas fracciones de tierra que lo convirtieron en dueño de una de las fincas más extensas de la zona, con muchas horas de riego, y de otras propiedades fuera de ese departamento. A la prosperidad económica sumó la amistad que trabó con personalidades destacadas de la causa federal como eran Severo Chumbita, “Chacho” Peñaloza y Felipe Varela. Estas circunstancias potenciaron el poder que ya ostentaba por su condición de integrante de la Iglesia Católica.
Atrapantes episodios
La llegada de Mitre al poder supuso muchos cambios para el país y para La Rioja en particular. Las luchas entre federales y unitarios se urdieron con fusilamientos de uno y otro bando y las consecuentes venganzas: “Meses después, el cura supo del alevoso asesinato de su amigo el general Peñaloza. Este había sido sorprendido en Loma Blanca por las fuerzas nacionales mientras visitaba a su amigo Felipe Oros. El coronel Irrazábal no había hecho caso a la rendición del caudillo, atravesándolo de un lanzazo. Su cuerpo había sido mutilado: su cabeza seccionada era exhibida en un palo en la plaza de Olta, y una de sus orejas fue enviada como trofeo a Natal Luna, liberal riojano…”.
Los últimos capítulos, enfocados sobre el derrotero de Aguilar, nos informan sobre la leva forzada de hombres para la guerra con Paraguay declarada en mayo de 1865 y que produjo levantamientos no sólo en La Rioja sino en San Juan, Mendoza y Catamarca. La figura de Felipe Varela los animaba a la lucha.
Siempre apoyando la causa federal y auxiliando a las montoneras, Aguilar aparece en el relato histórico como protagonista de una guerra que afectaba las vidas de todos los habitantes pero también como un testigo imprescindible para ir analizando los hechos y para contarla luego a otros. Así, el cura responde a su sobrino cuando este le preguntó si conocía a Felipe Varela: “¿Que cómo es Felipe Varela? Es alto, flaco y huesudo, criollo como él solo y criado sobre el caballo, de bigotes gruesos y pelo cabudo, de voz ecuda y mandona, se alimenta siempre de carne, y su mirada es fuerte como la del cóndor. Cuando habla se nota que ha nacido para mandar”.
La respuesta que Robledo pone en boca del cura Aguilar es una frase extraída del texto de Francisco Centeno que se cita con una nota al pie. Este es un ejemplo de muchos casos similares donde el autor “usa las palabras” de otros historiadores para entramarlas con las suyas. La intertextualidad expresa o directa vincula a esta escritura con toda la tradición histórica sobre el tema.
Hacia el fin
Luego de la decisiva derrota de las fuerzas montoneras se van diseñando nuevos espacios de poder en Los Sauces y San Blas. También en el país. Aguilar, que había participado activamente en los campos de batalla acompañando la causa revolucionaria en algunas instancias clave, fue informado sucesivamente de la muerte de los jefes federales, amigos de él, y de muchos vecinos de ambos bandos a los que había asistido como cura. Entristecido por las circunstancias adversas se recluye en su misión sacerdotal hasta que muere de tuberculosis.
La figura de Aguilar, “el cura de la montonera”, es rescatada de la historia general donde aparece como un personaje no central para ser protagonista en este libro. El autor-narrador de tan particular biografía ha usado como licencia la subjetividad presente en todo relato, de ficción o no, para invitar a los lectores a imaginar cómo pensaba, cómo percibía el mundo y cómo lo sentía Aguilar. Robledo se encarga, con su escritura, de desmitificarlo y en ese proceso, desmitifica también la supuesta objetividad de la historia y de quien la escribe.







