Llevamos 77 años de inflación (con un breve paréntesis)

12 Mayo 2022

Osvaldo Meloni

Economista y profesor en la UNT

Los argentinos solemos reaccionar con una sonrisa ante el candor de estadounidenses y europeos que experimentan desasosiego ante tasas de inflación en el rango de 7%-9% anual. Es una forma de autocompasión. Obviamente que Europa y Estados Unidos hacen bien en estar muy preocupados. Y están tomando medidas para domar la inflación y retornar al objetivo del 2% anual. Así debe leerse el reciente aumento de medio punto de la tasa de interés ordenado por la Reserva Federal.

El caso argentino es patológico. Nuestro país inauguró su periplo inflacionario a mediados de la década de 1940; primero bajo el gobierno del dictador de Farrell y posteriormente acentuado con Perón. Desde ese entonces hasta la actualidad, Argentina presenta tasas de dos dígitos, habiendo soportado largos períodos de megainflaciones y dos hiperinflaciones. Solo durante los años de la convertibilidad pudo disfrutar de tasas bajas, similares a las de los países desarrollados. Y es que luego de décadas de discusión y análisis empírico, la ciencia económica encontró el camino para doblegar la inflación. La fórmula es simple. Por una parte, dotar al Banco Central de independencia y de un objetivo claro: preservar el valor de la moneda, y por otra parte tender al equilibrio fiscal. Esta receta exitosa terminó dando la razón, muchos lo hicieron a regañadientes, a Milton Friedman, premio Nobel 1976, que, en una conferencia en Bombay, India, había pronunciado una de las frases más famosas de las Ciencias Económicas “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. Esta expresión remarcaba que es el exceso de oferta de dinero, es decir, el dinero “no deseado” (o no demandado) el que genera el proceso inflacionario.

La relación entre déficit fiscal e inflación ya había sido advertida por el padre de la macroeconomía, John Keynes, que en su celebrado “Tratado sobre reforma monetaria” de 1923 había escrito: “Lo que gasta el gobierno lo paga el público. No hay tal cosa como un déficit no financiado”. Más tarde, Thomas Sargent, uno de los artífices de la revolución de las expectativas racionales y también premio Nobel, parafraseando a Friedman, conectaba explícitamente déficit fiscal e inflación con otra frase de antología: “Una inflación persistentemente alta es siempre y en todo lugar un fenómeno fiscal, en el que el banco central es un cómplice monetario.

A pesar de las recomendaciones que vienen del mundo desarrollado que, es menester señalarlo, goza de estabilidad de precios (salvo el actual episodio que sospecho, es pasajero), en estas pampas se sigue repitiendo con fruición y con indisimulado interés de desviar la atención, que la inflación es multicausal. ¿A qué se refieren con esa sentencia? ¿Tratan e involucrar a empresarios? ¿A los sindicatos? ¿Acaso culpan a los denominados formadores de precios? Si es así, hay un error conceptual básico. La economía es clara respecto de que los monopolios y oligopolios generan niveles de precios altos, pero no crecimiento en los precios.

Lo cierto es que los defensores públicos de la multicausalidad de la inflación nunca enumeran explícitamente cuáles son esas causas y se escudan con impudicia en que “se trata de un fenómeno muy complejo”. En círculos más académicos se menciona, como causas adicionales al exceso de oferta de dinero, a las expectativas y al tipo de cambio (pesos por dólar), lo cual es inobjetable. Ya que las expectativas sobre la incapacidad política y económica de cerrar el déficit y evitar su monetización, alimenta la escalada de precios. De igual modo, el exceso de oferta de pesos que resulta de financiar el déficit tiene su correlato en un exceso de demanda de dólares. Es evidente, entonces, que equilibrar las cuentas públicas de manera sostenible en el tiempo (y para eso se necesita de un amplio consenso y de un inquebrantable compromiso de las principales fuerzas políticas) es central para controlar la inflación. En un reciente libro de nuestro comprovinciano Juan Pablo Nicolini y el estadounidense Timothy Kehoe que analizan con rigor las peripecias fiscales y monetarias de Argentina y otros países latinoamericanos, se llega a conclusiones similares.

Han transcurrido 77 años desde aquel aciago 1945, cuando comenzó un proceso del que aún no podemos librarnos, entre otros motivos, porque la sociedad, a través de su voto, sigue buscando atajos y creyendo en soluciones mágicas. Ojalá haya llegado el momento de discutir seriamente cuál es el tamaño del sector público que queremos y con cuales tributos queremos financiarlo. Hasta ahora hemos elegido cubrir el elefantiásico gasto estatal con una enorme cantidad de gravámenes, varios de ellos distorsivos, geográficamente no neutrales (crucial para el interior) e inhibidores del crecimiento, entre ellos, el impuesto inflacionario, el más injusto y antidemocrático de los tributos. Por ese camino, es difícil revertir la decadencia.

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