
Una expresión como “nuevo cine tucumano” es cuestionable desde varios flancos. En primer lugar: ¿qué es el cine hoy? Por supuesto, se sigue haciendo películas, la gente las sigue viendo de cualquier manera (algunas muy desaconsejables, como verlas en un celular), las hay muy exitosas que alimentan todavía la rentabilidad del espectáculo… Pero ¿cuál es en la actualidad el estatuto del dispositivo cinematográfico, en el denso flujo de audiovisualismos que enmaraña la era digital? ¿A qué llamamos “cine”? ¿Qué reconocemos como cine? ¿Qué hacen, qué ven, qué discuten los que hacen, ven y discuten cine?
Luego, claro, está el asunto del calificativo “nuevo” que supone que hay o alguna vez hubo un cine tucumano que ahora es “viejo”, pero ¿existe tal cosa? Si hubiera algo así como un cine tucumano, los orígenes estarían en películas como “El diablo de las vidalas” (Belisario García Villar, 1951) y “Mansedumbre” (Pedro R. Bravo, 1952), pero esas fueron experiencias aisladas, sin continuidad. Más de una década después, aparece el mojón más sólido y perdurable en el campo audiovisual local con alcance internacional: la obra de Gerardo Vallejo. Y luego, ¿qué?
Tras las dos décadas que siguieron a la recuperación de la democracia, sólo se registra la obstinación artesanal de una esporádica producción videográfica amateur. Ya en el siglo XXI, la cuestión de qué rasgos harían “tucumana” una determinada cinematografía se puede plantear, una vez, más en torno a una figura como la del realizador Luis Sampieri. Tras dos películas de ficción -“Cabecita rubia” (2001) y “Fin” (2010)- y un documental -“Te acompañamos” (2006)- son sus filmes más recientes -“La hija” (2015) y “Señales de humo” (2020)- las que tienen a Tucumán como espacio de realización y representación. ¿Forma parte Sampieri de un “cine tucumano”? Por su condición de inestabilidad geográfica, ¿sería algo así como un eslabón perdido entre eso “viejo” y esto “nuevo”?
A partir de 2005, instancias decisivas de institucionalización como la creación de la Escuela Universitaria de Cine, Video y Televisión-UNT, e intensivas políticas estatales de fomento, fueron el catalizador de un conjunto de obras que marcaron este resurgimiento vigoroso de la producción audiovisual local llamado antojadizamente “nuevo cine tucumano”, una etiqueta sin otro fundamento que el reflejo retórico de asociar el fenómeno a eso denominado “nuevo cine argentino”.
En todo caso, lo más aconsejable es prescindir de este tipo de rótulos para analizar las persistencias, discontinuidades y emergentes en condiciones de producción, temas, estéticas y autorías que harían posible hablar de un campo audiovisual tucumano.
En cuanto a la predominancia de temáticas y tratamientos vinculados al drama realista y la crítica social, esta impresión se confirma sin duda con largometrajes como “Los dueños” (2014), “El motoarreabatador” (2018), “Tapalín, la película” (2014), “La ciudad de las réplicas” (2016), “Bazán Frías. Elogio del crimen” (2018) y “La hermandad” (2019), junto con un gran número de cortos y otras realizaciones de variados formatos. No obstante, una película tucumana que ha tenido una notable trayectoria nacional e internacional como “Zombies en el cañaveral, el documental” (Pablo Schembri, 2019) se inscribe en el género fantástico, cierto que de manera muy particular y -como hizo Vallejo con las leyendas del NOA en sus “Testimonios de Tucumán”- haciendo un uso de los muertos vivientes, personajes emblemáticos de la cultura de masas, como referencia a traumas sociopolíticos de nuestra provincia, lo cual reafirma esta persistencia. Por algo será...







