La difamación empieza por casa

31 Oct 2020 Por Federico Türpe
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Desinformación, desprestigio, ataques a la democracia, peligroso para la institucionalidad, desestabilización, destituyentes, golpe de Estado…

Estas son algunas de las acusaciones que se lanzaron desde el oficialismo provincial en respuesta a críticas, agravios y convocatorias a movilizaciones de repudio en contra de las políticas de gobierno -o la carencia de ellas- a través de las redes sociales.

Principalmente, la embestida que más preocupó a las autoridades de los tres poderes indivisibles del Estado y por la que salieron a pronunciarse en perfecta comunión y sintonía, fue un audio que se viralizó por WhatsApp, primero, y luego por otras plataformas, en medio de un contexto de anarquía, confusión y mucho enojo, producto de la violación y asesinato de la niña Abigail Riquel y el posterior linchamiento del supuesto autor del crimen, José Guaymás.

Esta diatriba anónima -y claramente destituyente- convocaba a una marcha hacia Casa de Gobierno con el fin de exigirle la renuncia al gobernador Juan Manzur.

Lo paradojal del mensaje, se coincida o no con su contenido, es que busca derrocar a un gobierno “en defensa de la democracia”.

Los argentinos somos expertos en tomar estos atajos golpistas (tuvimos seis golpes consumados en el Siglo XX y más de una decena de intentos), como también somos especialistas en elegir gobiernos, mediante el voto popular, que una vez que asumieron pisotearon las instituciones, licuaron la República y traicionaron a la sociedad.

Este es el caso de lo que ocurre hoy en este Tucumán ultrajado, violento y totalmente a la deriva.

Por un lado, un feudalismo prebendario y clientelar que no le incomoda a Manzur, Jaldo y compañía, acorazados por un Poder Judicial de parientes y amigos que garantiza impunidad ilimitada.

Por otro lado, una sociedad asqueada, empobrecida, contaminada, asustada, asaltada, violada y asesinada, fogoneada por una oposición política irresponsable, oportunista e impotente de forjar un cambio a través de las urnas.

Urnas que, por otra parte y en línea con las últimas buenas noticias argentinas, han sido “usurpadas” por un aparato electoral fenomenal, costosísimo y fraudulento.

De paso, qué peor “ataque a la democracia” que no respetar, ni mucho menos ejercer, la división de poderes.

La democracia ya ha sido atacada, conquistada y sometida por el propio Estado, que la utiliza de pantalla para justificar, desde lo políticamente correcto, el latrocinio y el pillaje, pero por sobre todo, la incompetencia manifiesta de una casta de eternos privilegiados.

Ausencia y fracaso del Estado que han sabido aprovechar, y hay que decirlo, sectores privados, mal llamados empresarios, para hacer negocios a espaldas de la ley, contaminando el aire y los ríos, con operaciones de agio y usura, sobreprecios, prestando servicios defectuosos o que bordean la estafa, como en las construcciones de viviendas estatales, edificios sin final de obras, puentes que duran dos tormentas, o como en el transporte público y los taxis ilegales, entre una larga lista de otras actividades en franca asociación ilícita con el Estado.

¿El aire es gratis?

En el siglo pasado, el golpismo y el contragolpismo se dirimían en las calles, en los cuarteles, en los partidos políticos, en las universidades, en los sindicatos.

En esta nueva era, gran parte de la pelea por el poder, legítima o ilegítima, se disputa en las redes sociales, en la virtualidad.

Si bien “ganar la calle” es una batalla política que aún tiene vigencia, la diferencia es que mientras la militancia, arreada o espontánea, a veces gana la calle -cada vez menos-, en las redes las masas ganan las avenidas, las autopistas y las rutas interestelares.

Antes, el éxito de una movilización dependía, además del poder de convocatoria, de su repercusión en los medios, cobertura que siempre fue y será efímera, como toda noticia.

Hoy, una marcha sin el respaldo y la amplificación de las redes sociales está condenada al fracaso.

Hay “movilizaciones”, incluso, que ocurren sólo en la virtualidad, sin un solo manifestante en la calle.

Las redes, además, tienen el poder de sostener una idea, un ataque, una movilización o una tendencia durante días, meses o años, porque en la medida en que siga vigente el interés de algún colectivo social, los posteos, las imágenes o los audios se actualizan, se reeditan y se reenvían hasta el infinito.

“Macri gato” o “Yegua chorra”, acompañados de un texto, una imagen, un meme o lo que sea, son tendencia en la Argentina desde hace una década o más.

A favor: es democrático, hay más libertad de expresión; cualquiera puede opinar o participar en dos pasos desde un celular; o se pueden instalar agendas que a veces el poder o los medios ignoran o desestiman.

En contra: esa supuesta democracia es relativa y de baja calidad porque iguala hacia abajo; las tendencias están manipuladas por sectores del poder o grandes oligopolios (Facebook, Google, Twitter); abundan las noticias falsas; las informaciones no están chequeadas por profesionales; los temas que suponemos se instalan de forma espontánea por “la sociedad”, han sido sembrados por oscuros intereses; la violencia siempre grita más fuerte; entre un largo etcétera de trampas ocultas en la virtualidad, como veremos a continuación.

La historia de las granjas

En Sudamérica, el PRO argentino fue pionero en la militancia cibernética organizada, en lo que se denominan granjas o call centers, más conocidos como trolls.

Estos pueden ser equipos de personas reales o robots, que son cuentas falsas, cientos o miles, que funcionan en base a algoritmos, con distintos objetivos: exaltar virtudes propias o desacreditar defectos ajenos, instalando temas, tendencias de opinión, campañas de desprestigio, y amplificando hasta el infinito datos o informaciones falsas.

Las granjas se utilizan para el ataque o la defensa y difícilmente surjan de allí debates serios, profundos o bien intencionados.

Durante las escandalosas elecciones de 2015, el peronismo tucumano sufrió un ataque letal de estas granjas porteñas, que lograron instalar a nivel nacional el “fraude electoral” o “el tucumanazo”, como parte de la campaña presidencial para perjudicar a Scioli, en las elecciones que se disputarían dos meses después que los comicios provinciales.

El peronismo tucumano acusó recibo de esta paliza virtual -que según algunos analistas le sirvió bastante a Macri para ampliar la diferencia de votos sobre Scioli- y comenzó a organizar sus propias granjas, militantes que hasta ese momento funcionaban atomizados, “a pulmón”.

Hoy, Manzur, Jaldo, algunos ministros, intendentes y legisladores cuentan con equipos de opinadores seriales que hacen exactamente lo mismo que lo que ahora denuncia el gobierno.

¿Cómo actúan? Mientras en la superficie los tres poderes salen juntos en todas las fotos, en el bajo mundo de la virtualidad se despellejan. Porque los trolls no sólo atacan a los opositores, sino que dirimen sus propias internas. Esto ocurre todos los días, a toda hora, pero vamos a contar un par de ejemplos puntuales.

Ejemplos concretos

Desde que ocurrió la desaparición de Abigail, luego el hallazgo de su cuerpo y finalmente el linchamiento del sospechoso, los trolls de Manzur y de Jaldo salieron masivamente y perfectamente organizados a responsabilizar a la Justicia por estos hechos macabros. “Justicia sacapresos”, “puerta giratoria”, “que renuncien ya todos los jueces que liberan delincuentes” fueron algunas de las consignas desparramadas por las redes y los foros. El objetivo, más obvio imposible, fue desviar la bronca hacia la Justicia y despegar al gobierno de toda responsabilidad en la ineficacia policial y la incompetencia política.

Es una constante que ante cada hecho delictivo los trolls aparecen en masa a atacar a la Justicia.

Otro ejemplo. Esta semana LA GACETA publicó un sondeo en internet, cuya pregunta era, a propósito de que se cumplían cinco años de gobierno, “¿Cómo calificarías la gestión de Manzur?”.

Durante las tres primeras horas, con cerca de 700 votos, las respuestas “Muy mala” y “Mala” sumaban casi el 85% de los sufragios. Luego, en menos de una hora ingresaron más de 800 votos que, vaya coincidencia, todos iban a la opción “Muy buena”.

Al final, el sondeo totalizó más de 1.600 votos y las opciones “muy mala” y “muy buena” quedaron casi empatadas.

Cabe aclarar que una cuenta registrada sólo puede emitir un solo voto, salvo que ocurriese un hackeo y este no fue el caso.

Lo mismo ocurre en los foros del diario, en Facebook, en Twitter o en Instagram, donde a diario vemos a cientos de opinadores (en LA GACETA son personas reales, no así en las redes) organizados para calumniar o agraviar a los opositores, defender a Manzur o a Jaldo, o disparar contra la Justicia como responsable de todos los males de la provincia.

¿Qué diferencia existe entre mandar a un ejército de trolls a pedir la renuncia de los jueces por corrupción y enviar un audio exigiendo la dimisión de Manzur?

¿Acaso no es esto un ataque a la democracia, peligroso para la institucionalidad o destituyente?

Ayer, en la columna de Guillermo Monti, uno de los trolls del gobierno publicó: “LA GACETA aclara y oscurece, es obvio que fue una opereta, informen en esta nota de morondanga que había personas de otros países con el hashtag pidiendo la renuncia, gente que ni siquiera conoce tucumán opinaba de arriba, no sean tan basuras de traficar con el odio e informen de verdad, dejen de mentir porque claramente hubo y hay una campaña de desprestigio, después cuando la gente se canse de sus mentiras no se quejen por las protestas que pueden devenir en la destrucción de sus instalaciones”.

Incitación a la violencia y amenaza de destrucción de instalaciones, calumnias, injurias y denuncias falsas, todo en un sólo comentario...

Señor gobernador, vice y demás jefes de la desinformación, ¿le pedirán, como hicieron con el audio anónimo, al Ministerio Fiscal que investigue estas difamaciones desestabilizadoras y antidemocráticas?

Es una pregunta retórica porque ya sabemos la respuesta...

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