Don Aldo, la magia de la guarda y la razón por la que los vinos tucumanos serían mejores que los de Cafayate

La familia Arzelán, de la bodega Fortaleza, destaca el secreto del terroir de las tierras sagradas de los Quilmes.

ÍCONO. Don Aldo es el gama alta de Fortaleza. ÍCONO. Don Aldo es el gama alta de Fortaleza.
Edu Ruiz
Por Edu Ruiz Hace 10 Hs

El vino, para los hermanos Arzelán, no es una unidad de negocios; es una herencia líquida que fluye desde Angastaco, en el corazón de Salta, hasta las tierras sagradas de los quilmes en Tucumán. Marcelo, Raúl y Hugo Arzelán (dos ingenieros agrónomos y un zootecnista) crecieron viendo cómo su padre y su abuelo transformaban la uva en el patio de su casa. Esa inquietud, que Marcelo define como "un gustito que viene desde lejos", encontró su forma definitiva en 2015, cuando adquirieron la antigua Bodega Posse para rebautizarla como Fortaleza.

El nombre no es caprichoso. Responde a la fisonomía del establecimiento, recubierto por la piedra robusta que abunda en esta zona del valle, pero también a la resiliencia de tres hermanos que decidieron desafiar las lógicas industriales del mercado. Esta elección de identidad rinde homenaje a los Quilmes, una de las civilizaciones indígenas más avanzadas de Latinoamérica. Entrenados en el arte de la guerra, fueron el pueblo calchaquí que más resistió la conquista española, defendiendo su territorio durante 130 años mediante los pucarás, fortalezas de piedra estratégicamente ubicadas.

EN LOS VALLES CALCHAQUÍES. La bodega Fortaleza luce imponente en el paisaje tucumano. EN LOS VALLES CALCHAQUÍES. La bodega Fortaleza luce imponente en el paisaje tucumano.

La adquisición de la bodega fue un salto hacia la excelencia técnica. El dueño anterior, Jorge Posse, había dotado al lugar con la mejor tecnología italiana y francesa. "Nosotros mantuvimos la excelencia en la bodega y corregimos algunos detalles de la parte agronómica", explica Marcelo Arzelán.

Para los Arzelán, la clave de un gran vino no está en la bodega, como repiten algunos de los enólogos más reconocidos, sino en la planta. Mientras que un viñedo industrial puede buscar rendimientos de 17.000 kilos por hectárea mediante el uso intensivo de fertilizantes y agua (lo que Marcelo denomina "inflar la uva"), en Fortaleza la consigna es la restricción. Se contentan con cosechar entre 5.000 y 7.000 kilos de "excelencia", recolectados a mano para minimizar impurezas.

Contar con infraestructura de primer nivel requiere de manos expertas. Marcelo le cuenta a LA GACETA que siempre tuvo claro quién quería que dirigiera su proyecto. "José Luis Mounier está entre los tres mejores enólogos del país. Yo le armé agronómicamente sus fincas cuando él estaba en Colomé (Salta) y siempre le dije en broma: 'El día que tenga mi bodega, vos vas a hacer mis vinos'". Esa promesa se cumplió. Hoy, Mounier diseña los vinos y Rafael Olaya ejecuta la operación diaria. "Teníamos un 'Fórmula 1' en infraestructura y necesitábamos los mejores pilotos", comenta.

Don Aldo y Julio Julián

Cada botella de Fortaleza encierra una historia personal. El vino ícono de la casa, Don Aldo, surgió de lo que Marcelo llama "un accidente afortunado". "Nació de un accidente afortunado. Teníamos un remanente de merlot que no alcanzaba para llenar el tanque de 10.000 litros, así que lo completamos con partes iguales de malbec y cabernet sauvignon. Las tres uvas fermentaron juntas", relata. El resultado de esa cofermentación (un proceso donde las variedades interactúan desde el mosto y no solo en la mezcla final) fue sorprendente. "Cuando probamos el resultado, todos coincidieron en que era el más rico de los vinos. Así nació Don Aldo, que lleva el nombre de mi padre. Es un blend de uvas, no un blend de vinos terminados".

Por otro lado, la etiqueta Julio Julián, considerada desde hace un tiempo uno de los mejores tintos de la provincia, es un homenaje cargado de emoción. "El nombre es un homenaje al hermano del dueño anterior. Él falleció en un accidente a caballo durante una de las cabalgatas tradicionales que cruzan los cerros. Por eso la etiqueta lleva la imagen de un jinete". Es un vino de gran estructura, con guarda en roble francés que aporta taninos elegantes.

PRESTIGIO. Julio Julián es reconocido como uno de los mejores vinos de Tucumán. PRESTIGIO. Julio Julián es reconocido como uno de los mejores vinos de Tucumán.

Los otros vinos de la bodega son Patriarca (70% de malbec y 30% de cabernet sauvignon) y Pazioca (100% malbec), ambos con 24 meses en barricas de roble francés y seis de estiba en botellas. La línea joven es Río Muerto (100% malbec), un varietal muy amable en boca, de buen volumen, con taninos muy suaves y maduros. Todas las botellas que se producen en Fortaleza fueron premiados en certámenes prestigiosos como Guarda 14, que se realiza en Mendoza.

Actualmente, cuentan con una capacidad productiva de entre 100.000 y 120.000 botellas anuales. Sin embargo, el crecimiento es pausado y consciente. "El límite hoy no es la uva, sino el espacio de guarda, porque nuestros vinos de reserva pasan mucho tiempo en barrica y botella antes de salir", explican.

En el mundo enológico, la guarda es el período de reposo que se le otorga al vino para que evolucione y alcance su plenitud antes de ser descorchado. En este caso, el proceso ocurre en dos etapas. Primero en barricas de roble, donde el líquido adquiere estructura y notas complejas de madera; y luego en estiba de botella, un silencio necesario en la oscuridad de la cava donde los taninos se pulen y los aromas se equilibran.

¿Los vinos tucumanos son superiores a los de Cafayate?

Esta obsesión por la calidad tiene un respaldo geológico envidiable. Marcelo rompe con el mito de que Salta es el único olimpo del vino en el norte: "La gente se sorprende cuando decís 'vino de Tucumán'. Inmediatamente lo asocian a Cafayate, pero técnicamente, en la parte tucumana tenemos mejores condiciones agronómicas".

La superioridad técnica que defienden los Arzelán se basa en factores naturales que Cafayate, por su ubicación, no posee: "Al estar en el punto más bajo, los cerros altos del oeste te dan sombra desde media tarde. Cuando te vas hacia la zona tucumana, los cerros se alejan. Nosotros estamos en un plano inclinado donde el sol pega toda la tarde; tenemos mayor insolación y circulación de aire, lo que nos permite tener una uva prácticamente orgánica, sin aplicar químicos".

Incluso el agua, recurso vital en el semiárido, juega a favor de nuestra provincia. El ingeniero especialista en manejo de cuencas cita al geólogo Alfredo Tineo para explicar que Cafayate es una "taza" geológica que suele concentrar sales nocivas. "En cambio, desde Colalao del Valle hacia abajo, el agua es excepcional. Cuando llevé muestras de nuestros pozos a la Universidad de Salta, me dijeron que el agua era más pura que la destilada que usaban en el laboratorio".

DE IZQUIERDA A DERECHA. Marcelo, Raúl y Hugo Arzelán. DE IZQUIERDA A DERECHA. Marcelo, Raúl y Hugo Arzelán.

Esta diferencia de calidad era conocida por las bodegas salteñas mucho antes de que el público lo notara. "Teníamos años donde la bodega estaba llena y vendíamos el excedente de uva a Cafayate. Nos pagaban un 30% más que la uva local de ellos porque la calidad nuestra era superior", sentencia Marcelo.

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