La mentira del encierro

17 Oct 2020 Por Federico Türpe
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Ansiedad, angustia, abatimiento, abulia, aturdimiento, aburrimiento, aislamiento, anhedonia, astenia, adinamia, aflicción, agobio, asfixia, agotamiento, apocamiento, aplanamiento, atolondramiento, apartamiento, aturullamiento…

Estos son algunos de los síntomas, sensaciones, sentimientos o consecuencias de la cuarentena hiper prolongada que estamos soportando los argentinos. Y son sólo los que comienzan con la letra “a”.

Nos llevaría la columna completa destripar todo el abecedario.

La pandemia nos está enseñando muchas cosas que jamás hubiéramos aprendido de otro modo, lecciones que quizás la mayoría de nosotros no habríamos experimentado a lo largo de la vida de no ser por esta enfermedad mundial.

La primera de ellas, tal vez, es que hemos comprobado que ningún ser humano, de los casi 8.000 millones que somos, es poseedor de la verdad completa.

No importa la nacionalidad, la raza, la religión, la ideología, el idioma, la riqueza o el nivel de educación, ni una sola persona en todo el planeta ha predecido, primero, diagnosticado, luego, ni organizado y ejecutado exitosamente un plan de acción frente a este cisne negro.

El primer aprendizaje, contundente, es que hemos corroborado que el hombre está huérfano. No hay un papá o una mamá, como ese ideario que todos heredamos de la niñez y que llevamos oculto en nuestra psiquis hasta la vejez, que sea dueño de una sabiduría plena.

Cuando maduramos entendemos que nuestros padres, profesores, sacerdotes o autoridades no sabían todo y todo el tiempo como imaginábamos en la infancia. Sin embargo, crecemos con esa fantasía abrazada a nuestro inconsciente, como una orquídea al limonero.

Cuando niños, frente al espanto, corríamos hasta el abrazo de un padre, de un hermano mayor o de un adulto de confianza que supiera arroparnos y protegernos.

Y conservamos ese instinto de supervivencia durante toda la vida. Más tarde corremos a los brazos de un presidente, de un científico, de un cura o de cualquier líder que nos garantice protección.

Pero el poder supremo sólo está en ese papá o en esa mamá, en tanto nosotros se lo atribuimos, se lo cedemos.

Enfrentados en la desgracia

Aunque muchos ya lo sabían, la pandemia ha servido para despertarnos de una cachetada de ese sueño infantil.

Los científicos más encumbrados se tiran de los pelos como niñas en la escuela, mientras los líderes políticos más poderosos han sido desvestidos por su propia arrogancia. Desnudos frente a la ignorancia, impotentes ante lo desconocido.

Las grietas, cualesquiera, ideológicas, raciales, religiosas, funcionan en tanto hay al menos dos verdades. Ahora, cuando la realidad deja de ser una interpretación relativizada por nuestros propios intereses, y por ejemplo nos mata a todos por igual, hasta los argumentos que parecían más soberbios se vuelven grotescos.

El coronavirus se muere de risa de nuestras pequeñas y egoístas diferencias.

Pese a este fenomenal aprendizaje, el hombre siempre se las ingenia para seguir haciendo el ridículo. Los anticuarentena contra los procuarentena; los antivacuna contra los provacuna; los sanitaristas versus los economistas y así sigue una larga lista de vanidades enfrentadas.

Gente que hasta ayer no sabía diluir la lavandina en su casa, hoy levanta el dedito altanero en los foros para dar lecciones sobre dióxido de cloro, ivermectina, sanitarismo de masas o inmunología.

El desastre sueco

Cuando cambiamos de opinión a veces el último en darse cuenta es uno mismo. Hay gente que desde marzo a octubre de este año ha cambiado veinte veces de opinión y, sin embargo, en cada una de sus posturas ha salido a atropellar al resto con sus “verdades”. Porque la ignorancia siempre es altanera.

Hoy muchos anticuarentena hablan con ironía del “desastre sueco” para explicarle al gobierno argentino cómo deben hacerse las cosas. Pero si nos remitimos a marzo no vamos a encontrar una sola opinión, ni una sola, a favor del modelo que implementó Suecia para enfrentar la pandemia, casi sin cuarentena, con un aislamiento bastante reducido.

Por el contrario, vamos a encontrar una catarata de críticas despiadadas contra los vikingos insensibles y asesinos.

Noruega, por el contrario, casi un espejo de Suecia en todo sentido, geográfico, económico, político, cultural e histórico, optó por una cuarentena muy estricta. Por ello, con más razón llovían los ataques sobre la primera ministra sueca, Stefan Löfven, y el médico sanitarista Anders Tegnell, ideólogo de la anticuarentena que implementó ese país.

Dos meses después, Noruega comenzó a salir paulatinamente del aislamiento. Luego, ese gobierno admitió que tomó decisiones “por miedo”, y aseguró que no volvería a una cuarentena si hubiera una segunda ola de coronavirus.

Hoy Noruega registra una de las tasas más bajas de contagios de Europa, con una actividad social y económica casi normal.

El “éxito” argentino

Hasta mediados de junio el gobierno argentino se mostraba como un ejemplo de modelo sanitario para enfrentar el coronavirus, sustentado básicamente por un aislamiento estricto. Incluso, nos costó algunos incidentes diplomáticos con países vecinos, como Chile, Brasil y Uruguay, porque la administración de los Fernández se mofó varias veces del “fracaso” de sus políticas.

Pero la cuarentena prolongada comenzó a provocar fisuras en todos los frentes. Estragos en la psicología social de los argentinos, producto del aislamiento y el encierro, en muchos casos en condiciones de hacinamiento.

La economía, que ya venía con niveles de deterioro alarmantes (una constante en este país de crisis eternas), agudizó todos sus índices negativos. Aumentaron la pobreza, el desempleo, la devaluación de la moneda y comenzaron a cerrar miles de comercios y pequeñas y medianas empresas.

Con escasa capacidad de resiliencia, como sí la tuvieron los noruegos cuando se atrevieron a admitir que se habían equivocado, los argentinos comenzamos a transitar el peor modelo: sanitarismo anárquico.

Un modelo en donde las autoridades dicen, o hacen como que dicen, y la sociedad empieza a hacer lo que se le da la gana.

Ocurrió en Jujuy, donde el gobernador Gerardo Morales, ante los picos de contagios en esa provincia, quiso volver al aislamiento estricto y la sociedad se rebeló, no acatando las órdenes. El escenario más peligroso. Morales tuvo que dar marcha atrás y reabrió las actividades.

Hoy Argentina ostenta la cuarentena más prolongada del planeta, mientras es el quinto país con más contagios del mundo.

Como decíamos al comienzo, la pandemia nos enseñó que nadie es dueño de la verdad absoluta, ni las personas más sabias del universo, pero Argentina es un caso que no se entiende.

Quizás Tucumán sea un ejemplo más próximo para intentar comprender esta enorme paradoja: más aislados, más pobres, más contagiados.

El gobierno tucumano hace como que restringe y la gente hace como que acata.

De este modo el gobierno puede responsabilizar a la sociedad por el aumento de contagios y muertes -y manda a ejércitos de trolls a inundar las redes con este discurso-, mientras sostiene una posición dura procuarentena, que le viene muy bien para disimular el verdadero desastre socioeconómico que son la provincia y el país.

El papelón del domingo pasado, cuando se anunció la vuelta a fase 1 y horas después se volvió para atrás, desnudó la realidad que subyace a los anuncios oficiales: sanitarismo anárquico.

Así dejaron de informar las enfermedades preexistentes que tenían los fallecidos, como si fuera necesario que todos fueran víctimas sólo del coronavirus. Y no es una teoría conspirativa, son los hechos, la macabra realidad.

¿En qué fase estamos? Es la pregunta que el gobierno pretende que los ciudadanos se hagan en todo momento, a toda hora.

De hecho, no estamos en ninguna fase o en la fase que cada uno quiere, en función de su propio conocimiento, ignorancia o de sus necesidades.

Entonces, quizás el gobierno no sea incapaz de cambiar sus políticas ante el fracaso, sino tal vez no le conviene hacerlo, porque en vez de contar los contagios, estaríamos además contando pobres, desempleados, negocios cerrados, niños deprimidos y embrutecidos, gente aturdida, angustiada, enloqueciendo en medio del desconcierto.

La pandemia nos enseñó de forma palmaria que nadie es dueño de la verdad, pero también aprendimos que la mentira sí tiene dueño.

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