Una tucumana busca la cura de la pandemia de las abejas

Desde 2010, un parásito las mata en todo el mundo, y de ellas depende la polinización del 84% de los cultivos. La investigadora trabaja con propóleos de una planta silvestre de la zona de Amaicha.

15 Sep 2020 Por Claudia Nicolini
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Cuando decimos abejas pensamos en miel. Y está bien; de hecho -cuenta Verónica Albarracín, magíster en Zootecnia y profesora adjunta de la cátedra de Granja, de la Facultad de Agronomía y Zootecnia de la UNT-, Argentina es el segundo exportador mundial de miel.

“Pero su papel en el planeta es mucho más importante que sólo la miel”, asegura, y destaca un detalle que quizás no se nos pasó por la cabeza: para cumplirlo deben estar sanas, y como todo ser vivo, las abejas se enferman. Concretamente, desde hace 10 años sufren su propia pandemia: un microparásito que “saltó” desde otra especie (¿les suena conocido?) está diezmando las colmenas. Ahí es donde el trabajo de Valeria se vuelve la buena noticia: está bastante cerca de encontrar una alternativa orgánica y económicamente sustentable. No sólo para proteger el ambiente sino para que los apicultores puedan garantizar la pureza de los productos. Y la está encontrando en los propóleos: es lo que investiga para su tesis de doctorado.

Polinización

A medida que se descubren los hilos de la intrincada red del equilibrio ecológico, queda más claro que sin abejas nos quedamos sin comida. Sucede que la formación de los frutos (que para muchas plantas es el modo de reproducirse) depende de la polinización. A veces la polinización es directa (la flor “se encarga” de todo); pero muchas otras la fecundación depende de que insectos lleven el polen de una a otra. Es lo que ocurre con cerca del 84% de los cultivos para consumo humano.

ORGÁNICO. En una planta silvestre amaicheña puede estar la base de la solución de un problema mundial.

“Y las abejas, concretamente las de la especie apis melífera, son los únicos insectos que el hombre ha logrado domesticar. Entonces puede llevar y traer colmenas a los campos en el momento preciso, con lo cual se multiplican los rindes -resalta Verónica-. Sin ellas sería imposible en Tucumán producir frutillas, arándanos y paltas; pero tampoco se producirían las frutas de carozo de Río Negro, por ejemplo”. Así las cosas, la miel hasta es casi un dato secundario, ¿no?

Otra pandemia más

Verónica “se enamoró” de las abejas recién recibida en la “facu”. “Son más de 20 años, y siento que cada vez sé menos -dice con humor-. Es un mundo increíble”. Como la ciencia no para por pandemia (y menos en plena temporada apícola), con todos los cuidados del caso está yendo al campo, pues muchos productores locales dependen de los monitoreos del equipo para asegurar la sanidad de las colmenas.

Además, está terminando su tesis, en busca del tratamiento. Cuenta que el enemigo que debe vencer se llama nosemosis, es considerada una ‘enfermedad silenciosa’ y les provoca a las abejas problemas digestivos; la causa un microsporidio (un tipo de hongo) llamado Nosema ceranae, que las parasita.

“Se descubrió en 1909, en otra especie de abeja. Pero hace ya más de 100 años que se lo detectó en España en la apis melífera, y en 2010 se convirtió en pandemia”, cuenta; aclara que la enfermedad no se transmite a los humanos, y añade que el parásito vive en el intestino de obreras, zánganos y reinas; ataca las células epiteliales y afecta las enzimas que digieren el polen. Y con el intercambio de comida entre ellas y su expulsión en forma de heces, se contamina toda la comunidad.

PARA SALVAR LAS ABEJAS. Valeria busca moléculas con las que hacer frente al parásito que está diezmando las colmenas.

“Provoca despoblamiento; mueren las abejas pecoreadoras (adultas que buscan en las flores néctar y polen) y las reinas se reproducen menos”, explica.

El proceso es lento: los problemas digestivos debilitan las abejas hasta causarles la muerte, pero mientras la reina sigue reproduciéndose, sólo se nota menor producción de miel. Cuando se advierte la infección es tarde: han desaparecido miles y ocurrió el “síndrome de despoblamiento de colmenas”.

Durante bastante tiempo se combatió el parásito con fumagilina, un antibiótico que, además de ser muy costoso, fue prohibido; no sólo por cuestiones relacionadas con resistencia a los antibacterianos sino porque deja residuos en la miel. Por eso urge encontrar una salida.

En busca de soluciones

Verónica apeló a las herramientas sanitarias que las propias abejas implementan. “Son conocidas las virtudes antisépticas, bactericidas y antifúngicas de los propóleos. Pero en los propóleos hay unos 200 compuestos diferentes, y allí estamos buscando las moléculas efectivas”, explica.

“El propóleo es una sustancia viscosa que fabrican las abejas con resinas que protegen -del viento, el sol y la lluvia- los brotes nuevos -describe Verónica-. Las abejas las recogen, las mastican, las mezclan con la saliva y con cera, y las llevan a la colmena”.

Allí -agrega- lo usan para proteger y sellar huecos, espacios y grietas, y, como sustancia antiséptica, para momificar un cuerpo extraño que se pueda pudrir y que no pueden expulsar de la colmena.

“Pero los propóleos no son iguales, dependen de las características de las plantas: dónde crecen, en qué condiciones... y tenemos en Amaicha del Valle los mejores propóleos del país. Allí las plantas deben proteger sus brotes de la sequía y del sol; entonces son las resinas más protectoras”, cuenta.

En su tesis está trabajando con una planta que parece ser “la” clave. “Es una planta silvestre que está siendo estudiada desde hace tiempo por sus virtudes. Ahora se está viendo si se logra su domesticación para poder producirla en gran escala”, cuenta.

No puede, todavía, dar más precisiones. No hasta que la tesis esté defendida y publicada. Pero la posibilidad de poder encontrar la solución a la pandemia la ilusiona.

Tanto, imaginamos, como a las personas que buscan la vacuna para prevenir covid-19. Tanto, sí. Porque sin abejas, prevenir covid-19 sólo habrá sido dilatar la llegada del desastre.

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