Un memorioso testigo de la naciente Facultad de Medicina

El destacado investigador y docente que falleció el 7 de noviembre pasado a los 86 años, evoca en una entrevista de 2007 a los primeros profesores de la casa de altos estudios.

16 Nov 2019 Por Roberto Espinosa

Mientras habla animadamente, se dirige hacia un importante fichero con índice alfabético, donde viven artículos, publicaciones y recortes científicos, culturales y escritos personales. Saca un sobre con fotocopias. “Antes de charlar, quiero entregarle este material que le seleccioné, me parece que va a servirle para su libro”, me dice. En el pasaje Oncativo, en el barrio Piedrabuena, late no solo el recuerdo de la memorable batalla, sino también la humanidad del fisiólogo, docente, investigador, que ha prestigiado a nuestra Universidad. Esa tarde de 2007 nos ha reunido para hablar en su casa sobre el alumbramiento de la Facultad de Medicina, que él vivió como alumno. Su testimonio era ineludible para contar la historia de esa casa de altos estudios, que se publicó en 2008. En las semanas siguientes, siguió ampliando su generosidad, aportándome información que le había quedado en el tintero. Tras un penoso cáncer, los 86 años del doctor Alfredo Coviello se apagaron el 7 de noviembre pasado. He aquí un fragmento de esta charla que evoca a los profesores de esa época fundacional.

- ¿En la Facultad se le encendió la curiosidad por la investigación?

- Entré en el año ‘51, me recibí en el 60. En 1956, siendo estudiante de medicina ya me quería dedicar a la investigación. Esa idea nació por muchas razones: mi madre juntaba todos los documentos de mi padre, que murió el 13 de julio de 1944, de tuberculosis, con infección en el riñón. Esto lo descubrí después de la muerte de mi madre. Mi padre había sido invitado a los EE.UU. como periodista, donde publicó un libro sobre lo que él había hecho; los norteamericanos lo querían hacer quedar. Pero estaba enfermo. Entré a la Facultad cuando era aún Escuela de Medicina, y el regente era Juan Dalma, que lo trajo a Juan Carlos Fasciolo.

- Fasciolo fue su maestro en Fisiología.

- Era un investigador, un buen orador. Escribió un librito que yo lo reedité (“Elementos de fisiología”), donde enseña cómo poner al día la fisiología. Según los comentarios, el rector Descole cayó en desgracia y viene Tobar, en el 52, y Fasciolo se va a Mendoza. Llega Teodoro Combes, un maratonista político de la docencia para dictar fisiología, matemática, biofísica, estadística; era doctor en Medicina y Bioquímica. También lo tuve de profesor a Dacio Deza, tenía un año menos que mi padre, sentí una referencia paternal con mi padre. Tenía carácter muy fuerte. De España vino un ajedrecista de España, Deza me invitó a jugar a su casa, ahí lo conocí y me hice amigo del profesor; tenía promedio 10 y decían que yo, en vez de ser su ayudante, él me pedía para jugar al ajedrez. Deza era un ejemplo de profesor.

- El psiquiatra Juan Dalma se carteaba con Freud y Einstein, había fundado un hospital en Italia…

- Dalma era una biblioteca andante, Combes, una biblioteca “biológica”. Dalma dominaba seis idiomas, recitaba las poesías de Goethe en alemán, maratonista de la docencia: enseñaba psiquiatra, medicina legal, historia de la medicina. Fui muy amigo. Era una persona muy bondadosa, accesible, vivía en un departamentito de la calle Marcos Paz y 25 de Mayo; después se fue al pasaje Sorol.

- Era un momento político convulsionado.

- La CGU tenía muchas prerrogativas. José Alcaide lo trae a Combes, de Rosario. Yo estaba en la CGU, me afilié, era promedio 10, fui nombrado a dedo como ayudante de Deza. Cae Perón y la lista de los obsecuentes se publica en LA GACETA, era un ambiente convulsionado: estaban Prebisch, Isas, el rengo Montini, que eran de la FUN, antiperonista. Me afilio, me dan un cargo de celador en el colegio Sagrado Corazón, trabajaba y estudiaba. En ese entonces era yo un católico militante. El presidente de la CGU me aconseja que hable con mi consejero espiritual, y es cuando le consulto al padre Sarrabayrouse, lourdista. Me dice que como yo necesitaba trabajar que me afilie, y después me entero de que el cura era peronista. Pero lavé mi honor, porque gané después mi cargo por concurso.

- Cuentan que Combes era uno de los profesores más exigentes y temidos.

- Un alumno rendía Biofísica y le tocó como tema, el sonido. Estaba para el aplazo y Combes le pregunta si el sonido podía transmitirse a través de los sólidos. Como no respondía le dijo: “Salga y cierre la puerta”. El alumno salió y cerró la puerta. Combes, en voz alta, le dijo: “¡Está aplazado! ¿Escuchó?” Enrique Canals Feijóo, en parasitología, preguntaba cuántos centímetros saltaba la pulga. Ahí perdí el promedio 10, saqué 4, era terrible; Deza tenía su carácter. El asunto de los aplazos es todo un tema, si pone muchos aplazos corre el riesgo de un motín estudiantil. Manuel López Pondal fue un gran profesor; tenía su librito, si usted no se lo recitaba, no aprobaba. Por razones económicas, me recibí siendo ayudante de él. En marzo me dijo que iba a quedar un cargo libre, y me propuso que me presentara, me largué a dar pediatría como libre y me barrió, y el 29 de abril de 1960 me presenté y me recibí con 4. Carlos Landa era otro pico de oro; fue profesor de Patología y Clínica Médica. Los académicos preguntaban si era profesor de Filosofía o médico, sus clases eran demasiado profundas, y uno tenía la inhibición de saber hasta dónde tenía que estudiar las materias. Soñaba con Landa.

- ¿Algún episodio que haya causado revuelo por esos años?

- Esto no está relacionado con la Facultad, pero sí conmocionó el ambiente médico. El doctor César Guerra, ginecólogo y obstetra, atendía en el sanatorio Modelo y recibe una hermosa paciente 90-60-90. Guerra le pregunta sobre los síntomas de su consulta y la bella dama descubriéndose rápidamente el exuberante pecho le dice: “Si Ud. no me da dinero (no recuerdo cuál era la suma), ¡voy a salir gritando que trató de abusar de mí!” Consultó la situación por el intercomunicador con los doctores Fernando Cossio y Alejandro Torres Posse, quienes decidieron que lo más prudente era darle el dinero que pedía. Desde entonces, Guerra atendía a las pacientes del bello sexo con una enfermera presente en el consultorio.

- ¿A quién recuerda con particular cariño?

- El doctor Luis Vallejo Vallejo es el único que me avaló para que tuviera una beca en Bélgica, en la Universidad de Lovaina. Pero se oponía el doctor Vera porque yo tenía dos aplazos. Fui el primer becario que tuvo la Universidad y siempre pensé que había que devolverle a ella todo lo que hizo por mí. Estuve dos años en Bélgica y trabajé en el primer laboratorio, donde se hizo el primer trasplante renal en perros. Pero yo estaba dedicado a la fisiología del riñón, y la desarrollé íntegramente en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina, creado por Descole en 1949.

- ¿Cuál fue el momento más importante para el desarrollo de su tarea de investigación?

- Le tengo un gran reconocimiento al doctor Combes. La Universidad invirtió en mí casi 6.000 dólares estando yo en Bélgica. Necesitaba un cargo con dedicación exclusiva, como jefe de Trabajos Prácticos, para poder hacer investigación, era muy difícil y Combes me lo consiguió. Necesitaba hacer mi tesis. Me fui a Buenos Aires, estaba haciendo la tesis, y como era un tema muy específico, el doctor Houssay me puso bajo la dirección de una “hijita” de él: Julia Uranga, una bioquímica especialista en fisiología renal. Ella me dirigió hasta que di la tesis en 1972.

- ¿Algo que no volvería a hacer?

- Yo fui públicamente cesanteado, si tuviera que vivir la vida de nuevo, no me afilio a un partido, pero en ese entonces hubiera sido grave para la situación de mi familia, era “un rehén”, mi madre trabajaba entonces en la universidad. Enseñé hasta el 1º de agosto de 1992. Estoy absolutamente agradecido de la Facultad de Medicina, ya no doy clases, hago docencia, formo gente, soy investigador contratado.

Comentarios