Fútbol adaptado: de espectadores a protagonistas

“Pequeños Sueños” es la primera escuela de fútbol destinada a niños con dificultades motoras. En la cancha, las historias personales se mezclan con la perseverancia.

09 Oct 2019 Por Guadalupe Norte

La cancha con cada baldosa, los rebotes de la pelota al cambiar de dueño. Los trotes en zapatillas y los gritos ante un gol improvisado... Esa era la escena que Lisandro Inorio (10) veía cada vez que sus compañeros jugaban al fútbol. Hasta que un día dejó de ser sólo un espectador.

Todo empezó cuando su maestra integradora le asignó el puesto de arquero en un glorioso y casual picadito. Aunque representaba un desafío, su condición de parálisis cerebral no fue un impedimento y, dejando a un lado la silla de ruedas, se sentó en el piso listo para bloquear la pelota.

La experiencia sirvió a Lisandro de disparador y entonces apareció un nuevo deseo, él también quería jugar. “No sabía cómo manejar la situación -confiesa su mamá, Verónica Cueva-. Jamás tuve idea de fútbol, pero empecé a investigar si existían escuelas adaptadas acá, en otras provincias o países”.

PARTE DEL EQUIPO. De izquierda a derecha: Sebastián Blaha, Santiago Coronel Ledesma (junto a su hermano Mariano), Lisandro Inorio y Tomás Ibarra. LA GACETA / FOTOS DE ANALÍA JARAMILLO

Sin embargo, Verónica movió potrero tras potrero sin encontrar alguna propuesta que la convenciera, por lo que se trazó un nuevo objetivo: crearía desde cero, junto a otras familias que pasaban por la misma situación, un espacio de contención y enlace para sus hijos.

Así -en medio de aquel maremoto de búsquedas- fue que apareció el “Centro pro adelanto Ciudadela” (pasaje Campo de las Carreras 1.550) y la ilusión se hizo realidad para todos. El 8 de junio quedó inaugurada “Pequeños Sueños”, la primera escuela de fútbol adaptado en andadores para niños con parálisis cerebral y trastornos motores de Tucumán.

Al que madruga, fútbol

Son las 10.30 y, a pesar del pronóstico, el sol calienta cada baldosa del predio. Adormilados por la rutina del sábado, poco a poco, los jugadores llegan y arranca el despliegue del calentamiento.

Esquivan conos, se arrastran por las colchonetas violetas y pasan por debajo de las vallas. Todo es posible en tanto Milagro Núñez los alienta. “La escuelita es mixta y vienen unos 10 chicos en total de diferentes edades. -explica la profesora-. El deporte los ayuda a motivarse y permite que se ejerciten usando el andador o la silla de ruedas según sus propias capacidades y desafíos personales”.

PARTE DEL EQUIPO. De izquierda a derecha: Sebastián Blaha, Santiago Coronel Ledesma (junto a su hermano Mariano), Lisandro Inorio y Tomás Ibarra. LA GACETA / FOTOS DE ANALÍA JARAMILLO

Ahora es el turno de practicar lanzamientos y Lisandro es el último de la fila. “Lo que más me gusta es patear la pelota y ser arquero, mi favorito es (el arquero de Boca) Esteban Andrada”, comenta antes de llegarle su turno. “Ya vuelvo, me voy a hacer los tiros de esquina”, grita antes de salir echando chispas con el crocodile.

Todo se trata de disfrutar sin negar la existencia del esfuerzo y la necesidad de crear un compromiso mutuo. Durante el primer mes, la cita no empezó nada bien para Sebastián Blaha (11), en especial por la parte de tener que salir de su casa. “Cuando me invitaron a ser parte del proyecto, creí que sería una buena idea para que se relacione con otros chicos. Él pasa muchas horas frente a la computadora y me preocupa su aislamiento social porque casi no tiene amigos”, describe Beatriz Abraham.

Ese día “Sebas” no está de tan buen humor pero -luego de un par de quejas- al final se suelta y comienza a practicar divertido. “A veces soy el árbitro y tengo que tocar el silbato”, añade el fan de Diego Maradona.

No paramos...

Santiago Coronel Ledesma (12) vive a cinco cuadras de la cancha y lleva una asistencia casi perfecta en los entrenamientos. Cuando crezca quiere ser arquero profesional y conocer a Lionel Messi aunque (hasta tanto) se conforma con ver jugar al “Barça” por televisión y andar en bici sin las ruedas de auxilio.

Engalanado con una camiseta amarilla y verde, ahora es su momento de intentar meter algún gol. Eso, si Lisandro y el poder de sus guantes color neón se lo permiten.

PARTE DEL EQUIPO. De izquierda a derecha: Sebastián Blaha, Santiago Coronel Ledesma (junto a su hermano Mariano), Lisandro Inorio y Tomás Ibarra. LA GACETA / FOTOS DE ANALÍA JARAMILLO

El primer intento fracasa y ocurre un desperfecto: la rueda delantera del andador se suelta. Por detrás sale Anahí Ledesma, como buena DT, en su asistencia. “Estamos acostumbradas a que desde temprana edad nuestros hijos pasen sus horas entre terapias y rehabilitación. Al verlos en la cancha sé que adquieren más autonomía y confianza para el día de mañana. Sabemos que no somos eternas y ellos, pese a tener una discapacidad, son personas con metas, inquietudes y sentires propios”, reflexiona.

La comunidad de los lazos verdes

Durante el tiempo que dura la sesión de pases, desde una larga mesa de madera la tribuna observa expectante. Allí es donde las familias se reúnen y también aprovechan para hacer catarsis. “Es de gran ayuda tener este lugar. Al hablar el mismo lenguaje, cada una aporta algo desde la confianza, la seguridad o dando su tiempo”, destaca Paola Farías minutos antes de acabar el primer tiempo.

En el impasse su hijo, Tomás Ibarra (11), se acerca luciendo una camiseta de Boca Juniors para comer yogurt con cereales y seguir jugando junto al novio de su hermana Candela. Tampoco paran de circular el mate y las facturas.

“Tenemos los mismos dolores, iguales penas y sueños de lo que queremos para nuestros hijos”, afirma Anahí al colocarse sobre el pecho un pequeño lazo verde (en conmemoración al Día Mundial de la Parálisis Cerebral). Y en resumen, eso no es otra cosa que desearles felicidad.

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