Curioso caso el de las comunes suertes argentinas, este país donde hay una crisis institucional o una crisis económica marcando cada década de la historia desde el siglo XX. Aquí, hay males empecinados en durar más de 100 años. Correlativamente, las buenas noticias siempre son alimento perecedero. Y su sabor tiene siempre un añejo dejo de angustia.
Este comienzo de septiembre no es la excepción. Se despide una semana de alguna tranquilidad cambiaria, con una relativa estabilidad en la cotización del dólar. La razón de este apaciguamiento, precario y momentáneo, es tan claro como a la vez inquietante: la tregua. Un “alto al fuego” político celebrado entre el presidente Mauricio Macri y su adversario masivamente votado en las PASO, Alberto Fernández.
¿Por qué una tregua si lo que hay es un proceso electoral y no una guerra? ¿Si vivimos en democracia y dentro de una república y no en el contexto de una guerra civil? La célebre aserción de Karl von Clausewitz, “la guerra es la prolongación de la política por otros medios”, no es una metáfora: es una descripción de su tiempo: nacido en 1780 y muerto en 1831, por supuesto que no vio las conflagraciones del siglo XX (la I y la II Guerra Mundial, la Guerra de Corea ni la Guerra de Vietnam). Es más: ni siquiera llegó a ver la Guerra de Crimea (1853-1856). Con lo cual, el prusiano efectivamente está mirando guerras de corta duración y de un número de bajas no significativo, en las cuales se resuelven diferencias territoriales, comerciales o de sucesiones monárquicas. Pero son conflagraciones en las cuales el campo de batalla está lejos de las poblaciones. El pueblo no será un blanco estratégico en los conflictos bélicos sino hasta la siguiente centuria. Clausewitz no vio ese infierno. De modo que, después de las revoluciones industriales, la guerra no es la prosecución de la política, sino la instancia en que la política fenece. Guerra y política no debieran considerarse equiparables. Aunque en este país, desgraciadamente, la política parezca un modelo a escala de la guerra.
Justamente, que gracias a la “tregua” septiembre debute con arritmia en la bolsa, pero sin nuevos infartos en la moneda, muestra un detalle inquietante en el retrato identitario de esta nación. La Argentina vive la eterna posguerra de una guerra que nunca tuvo.
Esa posguerra, por cierto, se vive y se sufre en términos reales. A diario, los argentinos y los tucumanos se topan con productos que no tienen precio. Escasean mercancías básicas de manera cíclica. El fantasma del desabastecimiento sale a asustar de tarde en tarde. El dinero pierde valor jornada tras jornada. El Estado se asemeja a una colcha corta tironeada desde todas partes, de modo que cuando se logra cubrir una situación, otro problema queda a la intemperie. Las voces políticas sólo se endilgan la responsabilidad en escaramuzas de fuego cruzado. Todos tienen la culpa, así que nadie la tiene. La virulencia es moneda corriente dentro de las instituciones, alimentadas por la efímera indignación antes que por la legítima convicción. En la Legislatura se echaron a andar todos los engranajes para destituir al macrista Luis Brodersen, luego de que enarbolara la bandera del pago de votos para Juntos por el Cambio. Pero la crisis duró lo que el vicegobernador demoró en regresar de Europa. Osvaldo Jaldo pasó revista, dio por la válida la pública retractación del oferente, declaró que hay una crisis económica de la cual ocuparse, fusiló el expediente y reinstauró la concordia.
¿Tanto se devaluó el peso que una boleta ya vale $ 5.000? O en todo caso, ¿tanto se devaluó la democracia que puede ser comprada con pesos argentinos? ¿Es delito la compra de votos, desde el partido que sea, y por lo tanto merecía Brodersen ser sancionado? ¿O no es delito entregar algo (dinero, alimentos o cualesquiera especias) a cambio de un sufragio, desde el partido que fuese, y por tanto el bolsón es la prosecución de la persuasión electoral por otros medios? En toda posguerra, la primera lápida es para la verdad.
El error
La “tregua” de estos días en la Argentina viene a ser el consenso no deseado por los dos sectores electoralmente mayoritarios. Un acuerdo nunca antes querido por ninguno de esos bandos, que ahora se ven forzados a suscribirlo porque la alternativa es un mal mayor: la guerra política. Esa que destroza las finanzas del país, destruye la economía de la sociedad y tiene a los pobres como las primeras víctimas masivas.
Esa “tregua” es la confirmación del error inabarcables que ha significado una política nacional marcada desde hace una década y media por la ausencia de consensos para la determinación de las políticas públicas. Y la frágil paz actual se da sólo porque los dos bandos se dan cuenta de que seguir alimentando la brecha, la trinchera, la grieta, pone en desventaja a los dos. La entrega anticipada del mando en el alfonsinismo le costó dos años de penurias al menemismo. El fracaso y la renuncia del delarruismo le significaron otros dos años de desierto al duhaldismo.
Resulta obvio que hubo que pactar una tregua porque nunca hubo diálogo. De haberlo existido, no se estaría viviendo esta posguerra. Cuando hay entendimientos, no hacen falta los armisticios. La carencia de diálogo es, por igual (en todo caso, unos durante más tiempo que los otros) a las dos facciones en pugna.
El kirchnerismo no sólo hizo de la confrontación permanente un relato de búsqueda eterna del enemigo externo. Hizo de la intolerancia una doctrina. Teorizó, rescatando ideas devastadoras de la Europa de entreguerras, que la democracia no debía ser una búsqueda de consensos, un modelo de gobiernos consentidos, sino una explicitación del disenso. Hoy, en la posguerra argentina, aún se pueden observar a las “patrullas perdidas” predicar absurda pero peligrosamente ese antagonismo. Juan Grabois profetizó que con Alberto Fernández se impulsará una reforma agraria. Semejante idea fue desmentida al borde del ataque de nervios en el Frente de Todos. La reforma agraria es el camino hacia la abolición de la propiedad privada, hacia la expropiación masiva de tierras y hacia la colectivización de la agricultura. Tal el rostro de la posguerra de la I Guerra Mundial en Rusia.
El macrismo recibió ese país donde el diálogo estaba abolido y nada hizo para revertir la sordera de la política. Si algo requería el país económico que Macri heredó (con un modelo con el que Néstor Kirchner logró una recuperación que luego Cristina Fernández devastó) era un gran acuerdo político para poder sustentar las medidas que imponía la hora del ajuste. Nada se hizo en ese camino. Lamentablemente, muchos lo advierten ahora, tras el fatídico resultado de las primarias abiertas del 11 de agosto. Antes de eso, criticar al macrismo era darle pasto al kirchnerismo. Mucha gente que se indignaba con los “fanáticos k” en realidad no quería terminar con la radicalización de las posturas políticas, sino sólo monopolizarla. Ahora que medio electorado no acompaña a Juntos por el Cambio, recién reflexionan que, acaso, se equivocaba el entorno presidencial cuando, frente al pedido de diálogo político con el Presidente, contestaban que “eso es pactar con lo viejo”. Los eufemismos maquillan la realidad, pero no la reemplazan. El error político se paga por la ventanilla de las urnas, con todos los intereses punitorios. Claro está, en el país donde se equivocaron todos (la izquierda, el centro y la derecha; el peronismo y el radicalismo; los militares, la iglesia y los políticos), menos los argentinos, por suerte está el ecuatoriano Jaime Durán Barba para ser el único culpable.
Venga quien venga, la política que sigue no puede ser la de los abanderados amarillos del ajuste ni la de los azules justificadores del populismo. Por ese camino, sólo hay más posguerra. Ahora, la “tregua” inaudita debería servir para darse cuenta de que lo que un Gobierno hace, en democracia, debe sustentarse como un gran acuerdo político, para que entonces se convierta en política pública y no en imposición sectorial.
El acierto
Tucumán, tantas veces ejemplo del mal ejemplo, es por estas horas, y por el contrario, el paradigma de lo correcto. El logro que representó la exitosa realización del XXX° Congreso Mundial de Técnicos de la Caña de Azúcar, previa concreción del centro de convenciones de la Sociedad Rural de Tucumán (el primero de esas características en Tucumán), muestra que una sociedad necesita proyectos comunes que la asocien. Y en el caso de esta provincia: además de necesitarlos, quiere tenerlos.
El resultado no fue el fruto de una mera “asociación entre el sector público y el sector privado”. En lo público trabajaron como instituciones cooperativas dos espacios políticos que son electoralmente antagónicos. Manzur y Alfaro, que aún no consiguen reunirse ni siquiera de manera formal en un despacho oficial, hicieron abstracción de esas diferencias: Provincia y Municipalidad aunaron esfuerzos.
Lo mismo entre los ruralistas y el oficialismo tucumano. Manzur, se sabe, es el máximo exponente federal de Alberto Fernández. Tanto que la semana que viene (antes de embarcarse a Estados Unidos) prevé reunir en Tucumán a los principales referentes de la industria, comenzando por Miguel Acevedo, titular de la Unión Industrial Argentina (UIA). Y Fernández, es obvio, es el candidato de Cristina. Hace 11 años, cuando la Nación quiso imponer las retenciones móviles a la exportación de granos mediante la resolución 125, el Camino del Perú (al igual que la mayoría de las rutas del país) era escenario de protestas del campo, en pie de guerra con Cristina. Esos mismos ruralistas se dieron la mano con los peronistas con quienes estuvieron enfrentados. El resultado fue el éxito.
El camino correcto está trazado y es conocido. Una política del diálogo es también un aporte a la institucionalidad. Si, como reflexionaba Emanuel Kant, el “Estado de Naturaleza” del que provenía el hombre era una instancia de guerra perpetua, entonces la paz, necesariamente, es condición del Estado de Derecho.








