Médico de alta montaña: doctor, amigo, maestro y confidente de su comunidad

Son los todoterreno de la medicina que lejos están de usar chaqueta y vivir en la normalidad de la llanura. Dependiendo su ubicación, pueden hacer hasta ocho horas a caballo para llegar a su respectivo Caps.

15 Jun 2019 Por Leo Noli

Visto desde estos ojos de forastero, de desconocido en un mundo extraño para los que vivimos en la selva del cemento, me doy con una verdad imposible de no palpar: en alta montaña, independientemente de los roles, si pertenecés a la comunidad, pertenecés a la comunidad. Y para serlo, si venís de afuera, se necesita de tiempo, años quizás, para cerrar un círculo de confianza a veces tan imposible de noquear como la quijada del eterno Rocky Balboa.

Si hubiera que hacer monumentos a personas nacidas fuera del linaje de las familias de altura, los médicos se llevarían, cada uno en los siete Caps donde atienden, el Oscar al mejor del mundo mundial. El hecho real es que acá no hay una distancia entre profesional y paciente. No, amigos, amiga; no la hay. Acá son iguales, aunque uno sepa más que el otro en el campo correspondiente. Todos dependen de todos.

“Si no tuviéramos los excelentes choferes que hacen magia para llevarnos por caminos imposibles; si no tuviéramos gente que nos provea de caballos, si no contáramos con la confianza de la comunidad, nuestro trabajo costaría demasiado. Por eso es valorable lo que cada uno aporta a que el sistema de salud sea lo más eficiente posible en alta montaña”, el que me habla con un tono más gremialista que capitalista, mirando siempre hacia el beneficio del pueblo (muchas veces somos un número), es Carlos Rodríguez, jefe de la repartición de médicos de alta montaña de la provincia.

Rodríguez no me habla sentado frente a su escritorio con la calefacción prendida a pleno y un café calentito de por medio. Rodríguez está un metro delante de mí ensillando su caballo y dándome las indicaciones pertinentes de cómo debo hacerlo, por si yo no sé. El cacique es tan indio como el resto de la tribu.

UN PELIGRO. En verano, las crecidas en los ríos son tema de máximo cuidado.

Puede que al médico de alta montaña se lo mida de otra manera. Hasta no quedaría mal mencionar que están un poco chiflados. Lo suyo no es llegar con el maletín y las vacunas al Caps de tal avenida o barrio. Lo suyo se basa en horas de sacrificio. De un costo y un beneficio enorme. Hablamos de la salud de 1.582 habitantes en los diferentes cerros tucumanos.

Lo suyo es andar a caballo hasta ocho horas antes de llegar a destino. Lo suyo es gambetear al clima, si llueve o si hace mucho calor; sortear los cauces de río. Si venís por Ñorco tenés 16 cruces hace Anca Juli. Si entrás por el Río Grande, de El Siambón, ya son 20 y con brazos mucho más anchos que los de Anca Juli. Lo que hacen estos hombres y mujeres es digno de aplausos.

Son pilares en las comunidades, son una voz que ayuda al cambio de costumbres, una voz que ha logrado entrar en la consideración del pueblo. De hecho, son esa voz que en varias ocasiones han salvado vidas desde el lugar de los hechos o desde la base de operaciones de la base, ubicada a metros del hospital Avellaneda.

Estos médicos están del tomate. Sí que lo están. Ellos le llaman vocación por la medicina rural. “Todos, alguna vez, nos hemos caído del caballo. Todos, alguna vez, nos hemos perdido. Hemos sufrido frío, extrañado a nuestras familias, porque no es que vas y volvés a casa al otro día, son días afuera. Pero a cualquiera de los ocho médicos, tres odontólogos, una asistente social y nuestra nueva sicóloga, que somos los que generalmente subimos, ninguno cambiaría su trabajo por estar sentado detrás de un escritorio en la ciudad. Por eso, te repito, algo piantados debemos estar”, Rodríguez tiene todo la onda del mundo.

Cuando llegó por primera vez al Caps Chaquivil hace ocho años, lo que lo empujó a abrirse paso entre la comunidad fue la gran predisposición del personal de la escuela, maestros y maestras. Lo presentaron a la comunidad. Tenía el pelo largo, barba de meses. Sus ojos verdes llamaron la atención. Lo apodaron Jesús.

SIN CORINITAS. Todos trabajan por igual, para llegar a la meta. Cada uno cumple una función clave en el esquema del equipo.

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En total, son siete los Caps que integran el mapa de servicios médicos de alta montaña. Son ocho los médicos, siete generalistas y un oftalmólogo que también ha hecho su carrera como generalista. Leo Guardia sigue los pasos de su padre. “Siete años estuve esperando para recién poder entrar. Hacer esto es parte de tu vocación”, me responde Leo, el más nuevo de los docs de alta montaña, cuyo camino abrió el doctor Luis Escolano, primero desde un escritorio perdido debajo de una escalera en el Avellaneda; después con una secretaria como mano derecha, y antes de jubilarse dejando como herencia un equipo de profesionales de primer nivel que hoy son un todo entre ellos mismos, y para las comunidades que frecuentan y asisten. Son ángeles venidos a la tierra con una misión: salvar vidas.

Eso de la chaqueta blanca acá no va. Y no va porque, aunque suene extraño, la chaqueta blanca del médico marcaría una distancia casi de status. Y el status no cotiza. Sería como colocar un muro de contención a la confianza.

Cuando los doctores llegan a las diferentes poblaciones, la comunidad está ante un “día" importante. “El” día. Es momento de ver al doctor, de llevar a los hijos, de pasar por controles de rutina, hoy una costumbre que antes era mala palabra. La consulta es una excusa de bien común. El paciente está contento de ver al médico que lo conoce desde el nacimiento mismo, en algunos casos. Se pone al día con todo.

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El médico generalista sería la punta de lanza la medicina. Traducido al fútbol, es el volante central del equipo que analiza la situación, la contiene y luego la ejecuta distribuyendo el juego. El sistema de salud necesita de una mayor porción de médicos generalistas, una especialidad de prensa escasa, comparada con la de un traumatólogo, un cirujano o un cardiólogo, por ejemplo. Saben de todo pero hasta ahí nomás. Son conocidos en la jerga como el “todólogo”. Ellos ríen de la chicana.

Un dato no menor: el médico generalista puede atender el 85 a 90 % de patologías prevalentes. Se diferencian del médico clínico, que tiene otros conceptos y está más imbuido incluso en materia de internación y terapias. Sin embargo, los clínicos no cuentan con conceptos aceitados (aunque sí lo hayan estudiado) en ginecología y pediatría, algo vital en las alturas. Los generalistas, sí. Son todoterreno.

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BIEN. Haciendo Screening, Rodríguez controla casos de hidatidosis, entre otras patologías prevalentes.

He visto a la gente desesperar de alegría cuando vieron llegar a los doctores. He visto a estos doctores salvar vidas. Eso nadie me lo contó.  Está el caso de esta señora (el nombre lo evitamos). Fue por un control de rutina y le descubrieron un quiste enorme como una pelota producto de haberse contagiado de hidatidosis, algo muy común en el cerro. La señora debe pasar por el quirófano. Tiene un quiste que supera los 15 centímetros en la zona del hígado. Si los doctores no hubieran subido con el ecógrafo portátil, y esa señora no hubiera al fin decidido visitar a los docs en el Caps, probablemente moriría en los próximos meses. O cuando reviente la bolsa de líquido del quiste.

Debido a lo avanzada que está su situación, Rodríguez, Guardia y compañía se encargaron de gestionarle los turnos para el preoperatorio y el turno para el quirófano. Lo que seguirá después será la recuperación. Esta gente, lo digo por los médicos, evangeliza en las alturas. Son héroes reales. Salvan vidas y después de hacerlo se encargan de asegurarse que el paciente siga adelante con el tratamiento.

Entre los habitantes de alta montaña la hidatidosis es tema de estado. El ciclo parasitario incluye al perro y al ganado en general. Es una larva que está en el intestino del perro que se elimina por materia fecal y va al ambiente. A la pastura, al agua. “El ser humano es un huésped accidental que se contamina por el agua, si está contaminada. Si no lavaste bien los alimentos y el perro defecó cerca de la huerta. Lo transmite por saliva también. Te lame o, simplemente, lo acariciás y fuiste. Por eso la higiene es clave”, explica Rodríguez.

Hasta de cambiar hábitos se han encargados los doctores, junto con los asistentes sanitarios y enfermeros. Es un cambio cultural de avanzada y que ha dado grandes resultados, a partir de la prevención, vacunación de los animales (zoonosis de la provincia provee las vacunas para los perros). Les pasa a los médicos, les pasa a los odontólogos.

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ALEGRÍA SIN FIN. Sampayo y la misión cumplida de ver a sus pacientes preocuparse de su salud. FOTO DE LEO NOLI

Gustavo Sampayo es uno de los más veteranos dentro del servicio. Hace 15 años que trabaja en alta montaña. Prácticamente cerró su consultorio en la ciudad. Prefiere estar arriba ayudando a la gente. “Cuando subí por primera vez me di cuenta que todo lo que decían los libros, a groso modo, no era aplicable. Esta gente no dispone de un médico que lo vea todos los días, tampoco tiene la posibilidad de ir a la farmacia de la vuelta de la casa y comprar calmantes. Aprendí que a veces, si te piden sacar una muela, hay que sacarla”, el flaco es un gran cebador de mates.

Hasta ganar confianza, imagine usted lo que fue para Sampayo recibir visitas a su consultorio, por el simple trámite de un control. Era como meter él mismo la cabeza dentro de la boca de un león hambriento. La imagen que me llevo es la de chicos cepillándose los dientes y riendo junto a quien los vio crecer. “En cada visita, que hacemos semana por medio, hacemos un pequeño flúor y después controles de rutina. Ha bajado considerablemente el descuido de la higiene bucal”, eso es motivo de orgullo para Sampayo. Su pinza extractora tiene telas de araña hoy. Chicos y grandes, de dientes blancos como el marfil, se alegran cuando ven a Gustavo.

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EL MÁS JOVEN. Leo Guardia se sumó al equipo hace cinco años y no cambiar por nada del mundo su trabajo, dice.

Han pasado los años, sin embargo, a la fecha a Leo lo molestan con que debe pagar derecho de piso, por ser el más nuevo del equipo. “Hace cinco años que estoy, y súmale los otros siete que tuve que esperar para entrar”, se ríe.

Leo heredó el Caps de Anca Juli. Es su punto fijo, aunque todos los meses hace visitas a los otros centros, como ser el de Ñorco, Chaquivil, San José de Chasquivil, Anfama, Mala Mala y el Nogalito. En épocas de verano, se suma Lara, el único asentamiento de población migrante sin médico fijo (rotan entre ellos). Cuando entra el otoño, los lugareños abandonan los 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar y se refugian en zonas bajas. Cierran el Caps, la escuela. Todo.

Leo comenta lo que fue su bautismo. Recién llegado a Anca Juli, en uno de esos días que apenas charlaba con el viento, lo buscan por una emergencia. “A casi media hora de paso a caballo del Caps hubo una situación de emergencia. Era una mujer con un embarazo inmaduro con serias complicaciones. No podía realizar el parto allí, porque el bebé necesitaba de otro cuidado que en altura no hay. Debía ser intentado. Si realizaba el parto, moría. Pude comunicarme por radio y en una hora llegó el helicóptero y pudimos rescatar a la mujer. Tuvimos suerte, porque hasta el clima estuvo de nuestro lado. Ese nene hoy tiene cinco años”.

Médicos de altura. Fanáticos. Locos de la guerra. Así se describen Silvina Sánchez (Ñorco), Guardia, Gustavo Sánchez (Chaquivil), Víctor Orellana (San José de Chasquivil), Javier Teseira (Anfama), René Bravo Zavaleta (Mala Mala), Noelia Otaisa (El Nogalito), Rodríguez; Sampayo, Guillermo Urmendiz, María José Dilascio (odontólogos); Marina Lovaisa (trabajadora social) y María Julia Vargas, que entró hace poquito y pisó el acelerador en terapia comunitaria.

Se cree que en el cielo todo es color de rosa, pero el alcoholismo, la violencia de género, el patriarcado e incluso el suicidio son temas de atención. Temas de atención de estos médicos cuyo sacrificio no conoce de límites ni fronteras.  

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