Los Salvajes, sueños imperiales entre las presiones de los transas y las drogas

Nacido y criado en el barrio Soldado Tucumano Costanero Sur, Luis Cuellar es el escudo emocional de 48 chicos que encontraron en el atletismo una vía de escape hacia el futuro

04 Ago 2019 Por Leo Noli

Si no naciste en la zona, difícilmente las puertas del barrio ampliación Soldado Tucumano Costanera Sur se abran para vos. La situación parece extraída de una película. El que te invita debe avisar a vaya saber quién que vos estás por ir. Es el ABC con forma de salida de emergencia para incendios. Los forasteros no suelen ser bienvenidos.

Desde la zona liberada hasta el punto de encuentro con Luis Cuellar, el padre y fundador de la escuela de atletismo Los Salvajes, habrá unos 500 metros de distancia. Francisco, el hermano de Luis, nos toca bocina y nos invita a seguirlo. El Megane gris pica en punta, a no más de 20 por hora. Da la sensación de que estamos ingresando al Lejano Oeste, aunque de lejano éste lugar no tenga demasiado. Estamos en Banda del Río Salí, a cuadras largas del corazón del municipio.

La escuela de Cuellar es el oasis y orgullo de la mayoría de las madres del barrio. Es donde sus hijos encontraron una alegría, es donde sus hijos están seguros y lejos de las tentaciones. Si te digo tentaciones, me refiero a la droga. “Tenemos 48 chicos, es increíble”, me confiesa Luis, criado en el pasaje que le sirve a él como base de operaciones de su gran idea. “Que vean al atletismo como una salida es lo que yo siempre quise. Entrenándolos a ellos encontré mi paz...”.

En ese mismo pasaje de tierra, años atrás le prendieron fuego a tres casas. Todas por deudas de drogas. En esa misma calle donde los chicos hacen los movimientos de calentamiento, un ladrón le disparó en el pecho a un vigía. Tenía chaleco antibalas. Zafó. En esa misma calle Luis vio caminar como zombis a dos amigos de su infancia. “Bobos estaban, de lo drogados; y sus hijos igual, por atrás. Me quebró mal, eso”. En esa misma calle, a Cuellar quisieron amedrentarlo: tres en la esquina norte, tres en la sur, y el jefe de los transas, su mejor amigo de la niñez, en diagonal mostrando su hombría con un revólver colado en la cintura de su jogging: “me cagás el negocio”.

La escuela de Los Salvajes es al aire libre. Su historia en conocida. Nació hace cuatro años después de que a Luis le diagnosticaran mal de Chagas y de que debiera hacer una pausa en su carrera como atleta de fondo. “Pedime lo que sea menos que deje de correr. Fue duro al principio, pero acá estoy. Bien y corriendo de a poco de nuevo, je”.

UN GRANDE. Nacido en el barrio, el profe Cuellar es un pilar para la comunidad en el barrio.

Primer contacto

“Empecé con dos chicos, el ‘Rayo’ y el ‘Negro’. Un día vieron llegar a mi hermano con un trofeo y nos preguntaron de dónde lo habíamos sacado. Les dijimos que del atletismo y los invitamos a una competencia. Tuvieron tanta suerte que ellos también volvieron con trofeos. Y bueno, eso ayudó para que los chicos se sigan sumando. Además del mate cocido, claro”.

Existe una ley primera para Cuellar: “si te va mal en el estudio, no te entreno. Incluso las madres se pusieron firmes con el tema. Se desesperan por venir”.

No hay pista de atletismo en la escuela. No hay calle asfaltada donde correr o improvisar. Estos atletas, que van de los cinco a los 16 años, se entrenan corriendo por la zona sin quejarse de nada. Incluso dos entrenadores cubanos con residencia en Mar de Plata vendrán a Tucumán en Septiembre. “No pueden creer que estos chicos entrenen donde lo hacen”, eso es puro orgullo para Cuellar.

Con todas las limitaciones del universo, así y todo, lograron resultados a nivel local y nacional. “Los cuatro clasificados para los Juegos Evita del año pasado de La Banda fueron de la escuela”, Cuellar no para de sonreír.

Cuellar es nacido y criado en el barrio. “Yo también estuve del otro lado, pero no me drogué ni hice macanas. Sí pasé un tiempo sin ir a la escuela”, confiesa el profesor de educación física cuya casa materna, la de Lelia, sirve como merendero. “Después de terminar veía a muchos bostezar y me di cuenta de que no era por cansancio, era porque tenían hambre. Los días de semana terminábamos a las 19.30 pero después de eso decidí estirar la práctica hasta las 20.30”, me comenta Luis.

Las carencias son abismales en este lugar. Y Luis, con lo que puede trata de aportar para mejorarle la calidad de vida a estos chicos que se entrenan todos los días, aunque con el profe lo hagan jueves, viernes y sábado.

Todo se hace a pulmón en la academia de Cuellar. Carencias hay de todos los colores y características. “Necesitamos de todo, pero ahora lo más importante es conseguir ropa de invierno para los chicos”, explica Luis, que recibe colaboración del intendente de la Banda, Darío Monteros: “nos da el yogurt y los cereales”. Empleados de Gasnor, por ejemplo, donaron 60 sillas; una señora dueña de un bazar, las tazas para la merienda; gente del Rotary Club aportó para la construcción de un futuro gimnasio en un sector de la casa de Lelia. Adiós al patio. Los chicos del El Ramonazo, regalaron los equipos de gimnasia. Grosos. Y todo aquel que pueda donar lo que sea, bienvenido será. Interesados, comunicarse con Cuellar (3813364633).

CARRERA. Los Salvajes se entrenan todos los días, pero jueves viernes y sábado lo hacen con Cuellar.

Luli, la genia de los números

Cuellar es un mago con una facilidad natural para la gambeta. Sin recursos palpables, la imaginación hace a la fuerza. “Más adentro, en un brazo del río, practicamos lanzamiento de bala. Tenemos 8 balas ahora, pero antes lo hacíamos con piedras. A los Evita los preparamos tirando piedras. Qué tal, je”, es un monstruo este tipo.

“En este lugar sobra talento y cabeza”, me dice. Es verdad. Luli, una de las lanzadoras de bala, tiene 13 años. Es genia para los números. “Estuve en las olimpiadas matemáticas. El año pasado llegué hasta la nacional que se hizo en Yerba Buena. Espero poder repetir este año”, dice una tímida Luli, una de las alumnas más veteranas de la escuela y con excelente promedio en el colegio. “De ocho para arriba. En todo”, bien ahí.

“En bala, mi mejor marca fue seis metros. También fui a los intercolegiales pero para lanzar disco. Lancé 10.45 metros y salí en primer lugar”, aplausos para esta chica que vive casi al frente de donde se reúnen a diario Los Salvajes.

Luli fue una especie de imán para sus amigos de la comunidad. “Me preguntaban si se podían unir, y si era gratis”, recuerda ella. Hay una verdad: correr por un mate Cocido caliente, vale y mucho en este barrio.

Luli sabe lo que quiere ser cuando sea grande. “Si es que se me da, voy a seguir lo que mi abuelo me decía: que yo era buena para doctora”, Eulogio Cisneros se llamaba el “Tata”. “Era muy querido por la comunidad”, lamenta Luis.

PRIMER. Flor, primera desde la derecha, logró grandes resultados cuando viajó a Mar del Plata.

Corre, Flor, corre

Flor es otra chica con un talento natural innato. Es corredora de 800 metros. En la actualidad vive en Cevil Pozo, pero los días de entrenamiento se queda en lo de sus abuelos, casi vecinos de Lelia.

Si Florencia y su madre se fueron del barrio fue porque llegó un momento en que su mamá ya no podía pagar la cuota de droga de consumo de su hijo. Llegó el punto de que la casa les quedó, literal, pelada y con una deuda en aumento. Los transas fían, total saben que recuperarán su inversión.

Florencia tenía que ir a competir a Mar del Plata. Con Luis como nexo le consiguieron desde zapatillas de la mejor calidad a ropa de competencia. El mismo día que le entregaron las donaciones a “Flor” su hermano se las robó y las cambió por falopa. Hubo que volver a empezar. Florencia viajó y dejó una gran imagen.

Rey “Pollo”

Me confiesa Cuellar que hubo un tiempo en que hasta sus mismos amigos le decían que estaba loco, que cambie el nombre con el que había bautizado a la escuela. “Lo que pasa es que a mí me decían  ‘Salvaje’. La primera vez que aparecí en una pista de atletismo fue con pelito largo, pantalón y sin reloj, ja”.

Joel, mejor conocido como “Pollo” es uno de los abanderados de la escuela. Le pregunto cómo está constituida su familia. “Somos seis hermanos, pero los dos más grandes viven con mi abuela. Yo estoy con mi mamá y mi padrastro, Miguel. Es bueno, lástima que sea hincha de Boca. El día de la final de la Libertadores me quería corré de la casa, je”, me cuenta en secreto.

Le pregunto si le gusta correr. “Sí, pero me gusta más la marcha atlética”.

Le pregunto si alguna vez se mandó una macana. “No… Bueno, sí. Antes yo me drogaba. Con faso, base, todo”.

“Pollo” comenzó a drogarse a los 9 años.

“Pollo” hoy tiene 13 y dejó los malos hábitos el día que comenzó a correr.

 Y eso se lo debe a Cuellar, a los Salvajes, a él mismo y a ese sueño imperial de conquistar el mundo fuera del barrio ampliación Soldado Tucumano Costanera Sur.

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