Un héroe sin capa: el cabo Torres, policía por elección y vocación de servicio

Su nombre se hizo conocido después de rescatar un grupo de montañistas en el cerro Ñuñorco, sin embargo este monterizo asegura que no fue su primer rescate y que lejos está de creerse un salvador.

20 Jun 2019 Por Leo Noli

Le pregunto a Verónica qué se siente vivir con un héroe. Lo de ilustre y famoso por sus hazañas no entra en la consideración de la esposa de Rubén Torres. Ella lo define como un excelente padre, como un excelente esposo, como una excelente persona. Y agrega: “es su trabajo, pero sí, a veces tengo miedo y lo reto”.

Estamos sentados en una zona de juegos para chicos de la plaza que está frente a la Maternidad. Ninguno de los dos, entrevistador y entrevistado, sabemos cómo se llama la plaza, por eso nos orientamos por el amigo que vende algodón de azúcar en el acceso a los juegos. Ese es el punto de encuentro y centro de una charla que gira en torno a la vida de un tipo que asegura amar ser policía, al punto de que si muriera hoy y naciera mañana, “volvería a elegir ser policía”.

La fama de Torres se encendió a partir del llamado desesperado de un grupo de montañistas que sufrió descompensaciones y cuadros de deshidratación en la cima del cerro Ñuñorco, el pico del cielo cercano a El Mollar. Torres, integrante de la fuerza en la villa veraniega, salió casi con lo puesto después de organizar detalles con su jefe y Sergio Miguel Centeno, el baqueano que lo acompañó. Ni batería en el celular tenía. “Fue todo de imprevisto”.

Hubo varias cuestiones que tiñeron de crítica la situación. Las víctimas aseguraron contar con experiencia en este tipo de travesías, sin embargo varios detalles dicen lo contrario, según piensa Torres y algunos especialistas. “El ascenso, según me dijeron, fue a eso de las 11 de la mañana. Cuando recibimos el pedido de ayuda eran casi las 20.30, demasiado tiempo para permanecer en un sitio donde se respira un aire diferente al del llano, amén de que es un peligro estar tanto tiempo, entre otras cosas, porque el clima puede traicionar. Podés estar con sol pleno, pero de golpe bajan las nubes y, literal, no ves a un metro de distancia”, me comenta el amigo de 40 años que desde hace 16 vive en San Miguel de Tucumán. Hace cinco cumple funciones en El Mollar.

A Torres le encanta su trabajo. No es el primer rescate que realiza, ni tampoco será el último, cree este oriundo de Sargento Moya con herencia de sangre en la fuerza. Torres trabaja en altura, sí, pero alguna vez también lo hizo acá abajo. Y lo que hoy para él es caminar, escalar y recorrer las calles de la villa, tiempo atrás fue tirarse cuerpo a tierra, esquivar balas y salir de la línea de fuego.

“Estuve en tiroteos, sí. Lo bueno, gracias a Dios, es que nunca tuve que matar a nadie”, me lo comenta relajado “Facha”. Ese es su apodo entre sus compañeros. “Facha” mide poco más de metro 80, tiene un cuerpo atlético. Le gusta estar en forma. “Soy instructor de Taekwondo, desde los 15 lo practico”, sostiene Torres que ahora está en trámite de armar un gimnasio en la comisaría. “Queremos hacerlo, ojalá se pueda concretar”.

Sus años en el Comando Radio Eléctrico, en Infantería y en el Grupo CERO le han dado una perspectiva de lo que es jugar con fuego. “Creo que siempre el último recurso debe ser usar un arma. Es más, prefería no portarla. Aunque también sé que si tengo que abatir a un delincuente, porque la vida de un tercero o la mía están en peligro, lo haría sin problema”, esa fue la única vez que su cara pasó de seria a tono piedra. Quizás le incomoda el tema.

REFLEJO.

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Al rescate lo planeó mientras iban en la camioneta 4x2 de la policía. Mientras tanto, desde la base organizaban el resto del operativo en concordancia con personal del 107 y bomberos de la zona. La camioneta llega hasta cierto punto y lo que resta se hace a pie. “Es una zona peligrosa, de mucha cornisa, y más de noche, que no se ve absolutamente nada”, una hora y media demoraron Torres y el baqueano hasta dar con las víctimas. “Gracias a él pudimos hacer todo más corto, casi en línea recta por otros caminos”, me confiesa. El tiempo, en este caso, era tan importante como no morir de hipotermia en el intento de llegar.

En el camino se cruzaron con dos chicas. Formaban parte del grupo y fueron adelantándose. Tres más quedaron arriba, en la cima. Uno estaba complicado. “Un tal Lucas era el que peor estaba. Me decía que no sentía las piernas, que estaba muy mareado y deshidratado. Lo que hicimos fue darle agua, chocolates y demás para que recupere la compostura... Me sonaba raro que me digan que conocían de esto, porque ni linternas llevaban consigo. Aparte, se habían tomado toda el agua que habían llevado y cuando empezamos a bajar lo hacían en línea recta, casi frenándose en vez de hacer zigzag que cansa menos... Por suerte, los chicos están bien”.

El descenso fue algo caótico. El frío tenía a todos en vilo y ya no era uno solo el que estaba complicado. A medio camino otro de los rescatados comienza a sentirse mal, pensé directamente en cargarlo al hombro y llevarlo. Lo veía mal. Y, para ser honesto a mí me hubiera sido más fácil”, dice Torres.

“Gracias”, ese fue el premio real que recibió y por el cual se siente orgulloso. Ni fama, ni héroe ni nada. “Que esos chicos hayan llegado a salvo y estén bien ahora, es suficiente para mí. Me agradecieron y eso me pone feliz. Lo otro que se pueda decir, que soy esto o aquello, no me lo creo. Estoy para servir, para ayudar”.

Torres es un superhéroe sin capa, entonces. “Demoramos casi dos horas en bajar, pero llegamos. Resultó que todo salió bien”, me repite Rubén sentado en uno de los bancos de la zona de juegos para niños. El deber cumplido lo es todo para este gambeteador de balaceras. “Cuando estás en la zona de fuego escuchás las balas como su fuera un silbido. Por eso está la expresión del ‘cuerpo a tierra’. Hay que evitar la línea directa y buscar un lugar para protegerte, aunque a veces puede suceder lo contrario. Sabés que no debes ir solo, que tenés que esperar refuerzos, pero igual vas. Eso es equivocarse y yo lo hice alguna vez”.

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Su nombre y apellido entre los vecinos del Barrio Gente de Prensa suena hasta casi ilustre, sin embargo Torres me insiste con que no se trata de ser un superhéroe sino de lo que él eligió como profesión: “servirle a la gente”.

“¿No pensás en tus hijos cuando te mandás así?”, le consulto. “A ellos siempre les hablo. Acá trabajé 11 años y pasé de todo; he tenido varias experiencias. Mis hijos saben lo que es mi trabajo”.

Habiendo charlado largo y tendido, se puede decir que Torres no es un policía  de esos que ingresa por “necesidad”. Torres es policía porque siempre quiso ser policía. “Me decís que hay un robo o algo y yo voy.  Y si me decís que hay una mujer en ese techo (el de la Maternidad), yo no voy a subir por las escalaras, voy derecho a buscarla. Me nace llegar a salvarla”.

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