En este momento -expone el profesor alemán Michael Gebinoga (Brunswick, 1959)- tenemos dos teorías que pueden explicar el mundo; la de la mecánica cuántica y la de la relatividad general. Hay, sin embargo, un problema: ellas se contradicen entre sí. “Para hallar una solución a este tipo de dilemas los investigadores tenemos que mirar la ciencia como lo haría un niño: debemos hacernos a un lado y preguntar”, manifiesta Gebinoga, que esta semana, invitado por el médico genetista Roque Carrero Valenzuela, llegó a Tucumán para dar conferencias en la Universidad Nacional (UNT) y en el Colegio Médico.
› MICHAEL GEBINOGA
Investiga y enseña actualmente en la Universidad Técnica de Ilmenau, una pequeña ciudad de Alemania central. Estudió química en la Universidad de Gotinga con el premio Nobel Manfred Eigen y posteriormente se doctoró en el Instituto Max Planck. Hoy trabaja en la cura del cáncer a través de la nanobiotecnología.
- ¿Sobre qué viene a hablarles a los investigadores y médicos de Tucumán?
- Quiero enseñarles qué son la nanobiotecnología y la mecánica cuántica, porque en la Universidad Técnica de Ilmenau (Alemania) hemos desarrollado un aparato nanobiotecnológico, el microbiorreactor, que es muy útil para estudiar las células cancerígenas y su reacción ante los medicamentos.
- ¿Cómo funciona este microbiorreactor?
- Hemos trabajado sobre el neuroblastoma, un cáncer muy agresivo que es la causa del 15 % de la morbimortalidad infantil. Nos contactamos con un grupo de oncólogos y sacamos de un tumor una pequeña prueba. Después la colocamos en el microbiorreactor, donde pudimos probar qué medicamento mata el tumor. Es como hacer una copia del órgano a nivel nanométrico, de modo que las respuestas que recibimos son las mismas que las del órgano real. Esta prueba demora días, mientras que saber si un niño está respondiendo positivamente a un tratamiento oncológico lleva al menos seis meses. Aún no sabemos si este sistema se puede usar para hacer un chequeo individualizado de la reacción de un enfermo de cáncer ante un medicamento, pero creemos que tiene un potencial enorme.
- ¿Qué obstáculos existen hoy para que los médicos usen los microbiorreactores?
- Un pequeño problema hoy es el precio, es demasiado caro. Y también hemos visto que la industria farmacéutica tiene sistemas que funcionan: como se dice en inglés, don’t change a winning horse (no cambies un caballo ganador). Los farmacéuticos nos dicen: “sí, el microbiorreactor está muy lindo, pero por el momento no lo necesitamos”.
- Hoy la medicina avanza día a día ¿Cómo hace un profesional para no perderle el paso?
- Hoy tenemos que ser mucho más abiertos que antes. Estudié química orgánica, me especialicé en bioquímica, después pasé a la biología molecular y ahora estoy en el campo de la nanobiotecnología. Entonces cada día tengo que aprender algo nuevo y esto hoy es mucho más difícil, implica mucho más trabajo que antes. Hay además una cierta dificultad para encontrar personas que quieran estudiar y hacer este trabajo, porque el sueldo no es bueno.
- ¿Se necesitan ciertas ganas de sufrir?
- Sí, es así. Por eso cuando mis estudiantes me preguntan si vale la pena, les digo: “a mí me encanta este campo; entonces si a ustedes también les encanta, háganlo. Pero no esperen dinero”. Claro que hay algunas posibilidades, nosotros hemos patentado algunos inventos. Si en 10 años vinieran las farmacéuticas y dijeran: “sí, vamos a tomarlos”, probablemente yo me volvería rico. Pero el desarrollo del microbiorreactor, esta pequeña cosita de plástico, ha demandado más de 10 años. El 90 % de los microbiorreactores que hicimos terminó en la basura. Y es complejo, porque yo veo que muchos de los jóvenes que hoy empiezan a estudiar quieren un éxito inmediato. Entonces hay mucha frustración porque haces un experimento una, dos, tres, 10, 20 veces y no funciona. A veces se necesitan 20, 30, 50 años. A veces, nunca funciona.
En su juventud, cuando estudiaba en la Universidad de Gotinga, Gebinoga fue alumno de Manfred Eigen, premio Nobel de Química de 1967. Eigen tenía la costumbre de sacar a sus alumnos del aula: prefería conversar con ellos sobre ciencia en una cafetería. La esposa de Gebinoga, la salteña María Fernanda Salinas, cuenta que su marido heredó esa costumbre de Eigen: “para Michael, tomar el té con sus alumnos es un rito científico”.
- ¿Qué tan difícil es enseñar nanotecnología y mecánica cuántica?
- Yo voy a acabar mi carrera en cinco, seis o siete años, y tengo ahora que introducir a otros científicos. Y veo qué susto les doy a estos jóvenes que han hecho hace poco su doctorado y están bien preparados en mecánica cuántica. Recuerdo que una de mis alumnas vio las cosas de la biofísica, de la mecánica cuántica y realmente entró en shock. Dijo: “no, no, no, con esto no puedo”. Pero no es así. Se puede entrar lentamente en un sistema, entenderlo y también después explicárselo a otros. Yo, en mis últimos años, me di cuenta de que no había entendido bien las cosas al comienzo. Por eso en mis clases intento ahora usar menos fórmulas, porque si mis estudiantes entienden desde el comienzo cuál es el sentido de la mecánica cuántica, cuál es su esencia, después no es tan difícil hacer las fórmulas. De verdad, no es tan difícil. Pero lo primero es captar la esencia. A esto me refiero cuando digo que tenemos que mirar la ciencia como lo haría un niño. Richard Feynman, premio Nobel de Física de 1965, dijo que la gente que piensa que ha entendido la mecánica cuántica con fórmulas no la ha entendido, porque es contraintuitiva. Tiene efectos inesperados.
- ¿Los nanotecnólogos pueden ver los átomos o trabajan a partir de los efectos?
- Podemos ver. Es cierto que el trabajo es más indirecto, pero de verdad ya podemos mirar. A través de un atomic force microscopy (microscopio de fuerza atómica), en nuestro instituto podemos ver átomos. Funciona muy bien con metales. Ahí ya estamos en la mecánica cuántica. Se ve realmente el átomo, se ven las nubes de electrones.
- ¿Cuáles son los riesgos de la nanotecnología?
- En esto que hacemos nosotros no veo ningún peligro, pero hay ciertas nanopartículas que pueden ser tóxicas. El teflón, por ejemplo, normalmente es una sustancia poco reactiva, que no tiene ninguna toxicidad. Si chupamos un poco de teflón, no nos pasa nada. Pero las nanopartículas de teflón influyen directamente en los pulmones. Una rata sometida a nanopartículas de teflón muere por hemorragia pulmonar. No hay por qué esconder que existen estos peligros, pero la gran mayoría de las aplicaciones de la nanobiotecnología no tiene riesgos. Michael Crichton, en su novela “Prey”, ha hablado de un escenario distópico de autorreproducción de las nanopartículas, pero, por lo que sabemos hoy, eso es ciencia ficción. (Por Hernán Miranda)







