Abrazos, caricias, sonrisas y ¿quién aporta una idea?

15 Mar 2019 Por Guillermo Monti

Hay abrazos que de tan sinceros y bienintencionados resultan terapéuticos. Pero también está el abrazo de oso, sofocante y mortal. ¿Quién puede rechazar un buen abrazo, de esos que confortan y acompañan? Pero, ¿cómo no desconfiar de quienes reparten abrazos sin mirar a quién? El ciudadano de a pie se topa con los afiches y lo invade un festival de abrazos repartidos al voleo, manos que palmean, dedos que se extienden, tan protectores ellos, con el fin de regalar una caricia. Se acuerda de que faltan semanas para que los tucumanos elijamos gobernador y sólo encuentra candidatos que se expresan con un puñado de gestos paternales o fraternales, de acuerdo con el ángulo y el contenido de la foto. Y advierte entonces que pocas veces se verbalizó tan poco durante un raid preelectoral, porque todo se dice con un lenguaje sentimental en extremo básico, casi primitivo. Pero atención, no es caprichosa esta subestimación del votante; obedece a fórmulas surgidas de laboratorios en los que politólogos y publicistas intercambian batas al punto de que resulta difícil distinguir dónde comienza uno y dónde termina el otro.

Convencer desde la imagen y el sentimiento es mucho más sencillo, por más que la mayoría de las plataformas electorales -que los partidos políticos deben presentar por ley- suelen enumerar una generosa cantidad de amables lugares comunes. Tratándose de un escenario que convirtió a los ciudadanos en una audiencia, un flyer o un meme son infinitamente más efectivos que algún concepto farragoso referido a la economía, la salud, la educación o la seguridad. Ni hablemos de explicar, por ejemplo, qué se propone hacer el candidato en alguna de esas áreas.

Si el mensaje no invita a pensar, sino a emocionarse, es porque los candidatos están seguros de cuáles son las fibras que deben tocar y tensar para asegurarse el rating de la opinión pública. ¿Es suficiente un abrazo para ganar una elección?

El Gobernador asume el lugar de pater familias. Abraza a tucumanos anónimos que, claro está, nos representan a todos. Tucumanos de distintas edades y condiciones a los que Juan Manzur “cuida”. “Cuidando el futuro” es su compromiso. El delito en sus más variadas formas es un toro tan desbocado como el libre albedrío de las fuerzas de seguridad, incontrolables desde 1983 a la fecha. En ese escenario, los brazos de un padre atento y vigilante, ese que el Gobernador intenta construir desde los afiches, es un bálsamo para una sociedad que se siente sola, abandonada, a merced de los malos. “Tranquilos, yo los cuido”, nos dice Manzur. “Si me votan de nuevo voy a cuidarlos mejor que nunca”, enfatiza su sonrisa frente a la cámara. Un Gobierno que cuida es un pastor que ahuyenta a los lobos. Cuidar remite al calor del hogar, a esos pasajes de la niñez en los que íbamos a la cama tranquilos, cobijados, porque los mayores se encargaban de que nada perturbara los sueños más felices.

Manzur va más allá porque promete cuidar algo que no existe: el futuro. ¿Cómo se cuida una construcción cien por ciento abstracta? No sabemos qué sucederá dentro de cinco minutos, pero una vez más el Gobierno -el Gobernador en persona- promete cuidar ese mañana incomprobable al que apenas podemos hacer el intento de planificar en un mar de variables y sin ninguna certeza.

“Hagamos juntos Tucumán”, propone José Alperovich. Lo suyo siempre fue el “hacer” (“estamos trabajando fuerte”, fue su mantra de 12 años desde el sillón de Lucas Córdoba). El senador no promete “cuidar”, sino “hacer”, y de paso involucra al resto. Manzur se muestra como un guardián, Alperovich como el pragmático que extiende el brazo para acariciar a una tucumana. En la foto no están solos; hay una familia a la vuelta y un mate sobre la mesa. Porque si algo necesitan con urgencia los candidatos es exhibir un mínimo de intimidad con el pueblo (palabra cuasi desterrada desde que en los 90 se reemplazó por el impersonal, elegante y totalmente impreciso concepto de “gente”).

Alperovich, gobernador durante tres períodos, nos informa desde una foto que sigue tomando mate en las mesas populares porque, a fin de cuentas, no deja de ser ese tío bonachón al que podemos acudir para que nos solucione los problemas. La estrategia comunicacional es idéntica a la que desplegó desde 2003 y si tan bien le fue, ¿por qué cambiarla? Alperovich no está dispuesto a perder el tiempo enumerando promesas. “Hagamos”, propone. ¿Hacer qué?, sería la pregunta.

“Hoy nace la revolución del corazón” subraya Silvia Elías de Pérez desde la pole position de Cambiemos. Al contrario de Manzur y de Alperovich, en el afiche el abrazado está de espalda, no tiene rostro. Vendría a ser el símbolo de una tucumanidad que, finalmente, encuentra quién la contenga. A ella sí se le dibuja el primer plano feliz. Si Mauricio Macri accedió a la Casa Rosada a caballo de la revolución de la alegría, Elías de Pérez ha domado el potro del corazón. Es la emocionalidad en su más amplio y ambicioso despliegue.

La candidata deja de lado el “cuidar” y el “hacer”. Ha elegido el “nacer”, verbo que nos remite a un nuevo comienzo, esperanzador como todo nacimiento, porque ella es “lo nuevo”, “lo distinto”, algo que está a punto de ver la luz. La novedad es que junto al afiche, Elías de Pérez ha sembrado la ciudad con una carta manuscrita en la que apela, justamente, al corazón del votante. Con letra de molde, propia de escuela primaria -a propósito- y hasta con algún error gramatical -¿a propósito?-, comunica que está dispuesta al mayor de los sacrificios. Y para eso eligió una palabra muy especial: cruzada. Ella se “ha cruzado con los corazones”. Las cruzadas, se saben, eran guerras santas.

La excepción, como no, la brinda Ricardo Bussi. Él no necesita fotos ni plataformas ni eslogans. Su apellido es, en sí mismo, la campaña. “Bussi 2019”, sobre fondo azul. ¿para qué más? Semejante capital es la envidia de todo político. En su caso, y pese a la economía de creatividad, la apelación de Bussi a lo emocional es absoluta: transforma el cuarto oscuro en un espacio mágico en el que los tucumanos siguen votando a su padre.

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