Hace cinco meses Claudia Armella (52 años) sintió que volvía a nacer. Después de siete años dependiendo de las diálisis para sobrevivir y sin saber hasta cuándo su cuerpo aguantaría, hoy la vida para ella cambió un 100%. Fue gracias a un trasplante de riñón.
Sus problemas de salud comenzaron cuando tenía 20 años. La enfermedad fue avanzando hasta que sus riñones dijeron basta. La insuficiencia renal crónica significó para ella una cárcel. Tres veces a la semana, durante cuatro horas, se conectaba a las máquinas de diálisis y veía pasar el tiempo. Siente que se perdió mucho de sus hijos, que en ese momento iban al secundario. También le afectó en parte su trabajo como enfermera.
Tiene cuatro hermanos. Pero ninguno de ellos pudo ser donante. Después de cuatro años en lista de espera, Claudia pensó que por su edad nunca iba a ser prioridad para un trasplante. “Me deprimía bastante, especialmente en diálisis. Es un lugar de mucho sufrimiento. A veces, algún compañero deja de ir a la terapia y ya sabés cuál fue su destino”, recuerda.
Le angustiaba imaginar que tal vez no iba a ver a sus hijos recibidos. O que no iba a poder acariciar un nieto. Hasta que en junio llegó la llamada “mágica”. “Entraste en un operativo”, le dijo el médico. Sin demasiadas expectativas se hizo los análisis. “El riñón es tuyo”, le confirmaron. Lo único que sabe es que se lo donó una mujer tucumana que sufrió un ACV. Y se lo agradece todo el tiempo. A ella y a su familia.
La operación duró varias horas y el organismo aceptó el riñón. Ella lo ama y hasta le puso nombre: “Santito”. Durante estos cinco meses la vida de Claudia dio un vuelco impresionante. “Recuperé mi libertad. Ahora puedo planear un viaje, puedo pensar en un futuro con mis hijos. Ahora puedo soñar de nuevo”, resume, feliz de haber sido parte de un año excepcional para la donación de órganos en Tucumán.







