De los varios habitantes que ocupaban el edificio en ruinas de la ex estación de El Provincial solamente quedaron dos familias que se acomodan en las distintas salas, o lo que queda de ellas. “Cuando vino la Policía Federal a pedir los papeles de buena conducta se tuvieron que ir todos. Quedamos solamente nosotros”, asegura Miguel Ángel Íñigo. Él vive en la estación ferroviaria desde hace nueve años y ahí mismo instaló una improvisada carpintería para ganarse la vida. En las galerías derruídas vende tablones y otros productos que fabrica junto a su mujer, Fernanda Ibañez. Tienen tres hijos y un bebé que falleció de muerte súbita, ahí mismo, hace poco más de un año.
“Yo trabajaba en la construcción y tuve un accidente que me dejó sin un tendón y ya no pude seguir con eso. Con la carpintería nos rebuscamos”, dice Íñigo, mientras muestra una bandeja de madera que hizo para una panadería.
En otra habitación viven Pastor Medina y Zulema Torres, con dos hijos discapacitados. Se acomodan en una de las salas en la que pusieron la mesa, la cocina y dos camas. Un cartel en la puerta ofrece “baño y agua caliente”.
“Nosotros no tenemos problemas en irnos. La obra está muy avanzada, pero todavía no tenemos un destino claro. Nos dijeron que quizás nos mandaban a Manantial Sur. Estamos desesperados por que nos reubiquen porque no podemos quedarnos en la calle de un día para otro”, dice, casi en todo de súplica, Íñigo.







