Un pionero de la enseñanza musical

Fructíferos años del maestro Antonino Malvagni en Tucumán, al frente de la Banda y de su Conservatorio.

15 Abr 2018

Si alguna vez se completara el escaso homenaje que nuestros creadores culturales tienen en la nomenclatura de calles de San Miguel de Tucumán, una de ellas debiera bautizarse “Antonino Malvagni”. Fue alguien que dio prestigio nacional a la Banda de la Provincia y, simultáneamente, se convirtió en un pionero de la enseñanza rigurosa de música en nuestra ciudad.

Malvagni era italiano de Potenza. Allí había nacido en 1873. Su padre, compositor y maestro de piano, se empeñó en formar a su hijo en buenos conservatorios. Lo designaron luego maestro de la Banda del Regimiento III de Artillería, de Bolonia, con grado de suboficial. En esa ciudad corrió la bohemia y se hizo de muchos amigos. Pero una de estos era anarquista, hecho que a Malvagni le complicó la vida, porque sus jefes lo trataron en adelante como sospechoso. Al final y luego de un traslado al Regimiento 23 de Artillería de Acqui, en el Piamonte, obtuvo su retiro militar. Entonces se le ocurrió rumbear a esa tierra de grandes posibilidades que era la República Argentina.

Primero, Córdoba

Llegó a Buenos Aires en 1897. Desde allí envió cartas a todos los regimientos, ofreciéndose como maestro de banda. De las muchas ofertas que le llegaron aceptó la del 1 de Artillería de Córdoba, cuyo jefe era el entonces mayor Gregorio Vélez. La pasó muy bien en esa ciudad y el buen sueldo que cobraba le permitió traer de Italia a su esposa. Una gran satisfacción le significó el estreno, en el teatro Rivera Indarte, bajo su batuta, de la sinfonía “9 de Julio” de la que era autor.

Sus colegas lo animaron a buscar ámbitos que permitieran un mayor progreso para su carrera. La oportunidad vino cuando falleció el maestro Bertolini, director de la Banda de Música de Tucumán. Los cordobeses lo avalaron con calurosas recomendaciones dirigidas al Gobierno y así, a principios de julio de 1899, Malvagni llegaba a Tucumán. Asumió, días después, la dirección de la Banda. Esta dependía entonces del Cuerpo de Bomberos: le dieron grado de capitán y luego de sargento mayor.

En la autobiografía que publicó en 1930, “Mis treinta años de vida artística en la República Argentina”, evocaría con cariño sus tiempos tucumanos.

En Tucumán

Se iniciaron en 1899. Debutó el 23 de julio dirigiendo la “Fantasía”, de “Fausto”, en la plaza Independencia. Anota que ese primer concierto “fue comentado de un modo sumamente halagador por la prensa”. Dijo “El Orden” que “vino, dirigió y triunfó”. Así, narra, “residí en dicha provincia, justicieramente llamada el ‘Jardín de la República’, como unos 11 años; y allí mi carrera artística tuvo posibilidad de desarrollarse magníficamente”.

Decía que los tucumanos “son tan aficionados a la música y tienen tanta disposición natural para aprenderla, que a mis retretas en la Plaza Independencia concurría todo lo más granado de aquella sociedad, sin excluir de aquella al pueblo”. Recordaba, “con íntima satisfacción” que el comisario de Policía le dijo una vez que “las noches que tocaba mi Banda había menos entradas de borrachos en las comisarías”.

“Era pues tan grande la afición de aquella población por la música, que al fin me propuse fundar un Conservatorio. Para ello encontré el decidido apoyo de una ilustre persona, que en aquel entonces era Intendente de la ciudad y luego fue diputado y senador nacional, me refiero a don Zenón Santillán”.

El Conservatorio

Narraba que “este gran señor, dotado de espíritu más que altruista, me ayudó a fundar el Conservatorio, proporcionándome al fin, gratuitamente, un espléndido palacio de su propiedad”. Se refería a la casona de la esquina Muñecas y Mendoza, luego demolida para dar lugar a la tienda “La Tropical” y luego a la actual “San Juan”.

En noviembre de 1900, Malvagni se había presentado a la Legislatura informando que tenía la intención de fundar el Conservatorio, y para eso solicitaba la subvención estatal. Desde la “Revista de Tucumán”, José R. Fierro apoyó con calor la solicitud. Le parecía necesario “completar la educación de los jóvenes”. Además, “la música eleva y dulcifica los sentimientos del ser humano, influyendo ventajosamente en la moral del individuo”. Comentaba que por esa época era difícil encontrar maestros de música. Los existentes “estaban recargados de discípulos”, y para “la enseñanza del violín, de la flauta, del mandolín, del canto, de la declamación, etcétera, son escasos los maestros y sobran los alumnos”.

Críticas y defensa

El subsidio que pedía Malvagni le fue otorgado rápidamente, por ley del 30 de noviembre de ese año. Pudo así abrir su conservatorio, al que puso -por sugerencia del doctor Luis F. Aráoz- el nombre de “Juan Bautista Alberdi”. Desde entonces y por el resto de esa primera década del siglo, en su establecimiento se proporcionó formación artística a los tucumanos de un alumnado mayoritariamente femenino.

“Mi vida artística transcurrió en Tucumán con todos los contornos de una verdadera carrera, pues todas mis iniciativas en pro de la educación de aquel pueblo, tan inclinado a lo bello y particularmente a la música, tuvieron feliz éxito”, escribiría Malvagni.

Pero también había críticas. Por eso, a cada nueva presentación de la Banda, dice, “debía defenderla con todos los medios a mi alcance y especialmente valiéndome del apoyo de los diarios”. Entre ellos, “rompían casi siempre una lanza a mi favor ‘La Provincia’, dirigida por el ilustre periodista Arturo Gramajo y ‘El Orden’, el más importante en las provincias del norte, dirigido por León Rosenvald”.

Repertorio moderno

Recordaba “cómo rezongaron algunos viejos rutinarios de aquella sociedad, que no podían perdonarme haber renovado el repertorio de la Banda y sustituido el personal que, por su conducta o exigencias técnicas, no respondía a mis propósitos”. Hasta entonces, el repertorio de la Banda “no había pasado las fronteras de la ópera lírica y algunos bailables; pero ni el sinfonismo de Beethoven ni el lirismo de Wagner habían podido abrir sus barreras para dejar paso a la juventud tucumana, tan ansiosa de cosas nuevas”.

Entonces, poco a poco, dice, “conseguí insinuarme con un repertorio que no estaba compuesto únicamente de fantasías o potpourrí de ópera y operetas”. El premio, durante los 11 años que estuvo en Tucumán, fue la frecuente afirmación de que “mi Banda era una de las mejores de la República”. Esto, no sin duro esfuerzo. “No había recurso de que yo no me sirviese para que un nuevo éxito coronara mis esfuerzos artísticos en bien de la población”, asegura.

“Tosca” en la plaza

Por esos tiempos, estaba muy de moda la ópera “Tosca”, de Giacomo Puccini, que en Buenos Aires se representaba. Malvagni hacía ejecutar por la Banda, en la retreta, algunos trozos especialmente arreglados. Pero como el público no había visto “Tosca” en el teatro, no se entusiasmaba.

Entonces resolvió otro camino, en homenaje a Puccini. Narra que “instrumenté íntegra su ópera para mi Banda; traduje en prosa el libreto, sintetizando su argumento, e hice hacer, para una linterna de proyecciones, los diapositivos de 32 cuadros de la obra”. El público llenó la plaza al enterarse del programa. Había repartido folletos que explicaban las escenas.

Para fotografiar estas disfrazó a algunos músicos; logró que “una hermosa señora” posara como Tosca; el profesor Santiago Falcucci accedió a pintar las escenas, y, con lo que pudo hallar de utilaje en el teatro Belgrano, compuso los cuadros. Fue una noche memorable y de grandes aplausos, aunque hubo un problema en el tercer acto.

Doce bomberos debían disparar al aire sus fusiles para dar realismo a la escena de la muerte de Mario. Y el público, “oyendo un tiroteo tan inesperado e imaginando que estallaba una revolución, empezó a escaparse por todas partes, costándome la gota gorda que volviese a la plaza, a escuchar los compases y final de la trágica ópera”. Malvagni informó a Puccini por carta de esta ejecución “sui generis” y el maestro le respondió con una carta elogiosa, que adjuntaba su retrato autografiado.

Fracaso en Salta

En una nota de “Fray Mocho” en 1915, Félix Lima decía que Malvagni tenía también, en Tucumán, “el monopolio de la música aplicada a la vida social. Fallecía un forrado cañero y ¡zas! Malvagni las iba de Réquiem; contraía enlace un Terán o una Padilla y Malvagni, sobre tablas, Mendelssohn en la iglesia y Strauss o Crémieux, en la casa de la novia, por la noche”.

Tanto éxito tenía, simultáneamente, el Conservatorio “Alberdi”, que se atrevió a fundar otro, en Salta, la “Academia Santa Cecilia” (1904). Funcionó con éxito un tiempo, pero ocurrió que las señoras creían que sus hijos a los pocos meses serían grandes ejecutantes de piano y, además, otro maestro hizo correr la vez de que él fundaría un Conservatorio cuyos alumnos saldrían, a los pocos meses, como “verdaderas lumbreras”. Todo esto desanimó a Malvagni, que terminó cediendo su instituto a otro profesional.

En Tucumán le ocurrió algo parecido. Un grupo de sus profesores dejó el “Alberdi” para fundar otro Conservatorio. Lograron una subvención y lo abrieron. Luego se abrió un tercero. Malvagni habló con el gobernador Luis F. Nougués (“que yo llamaba San Luis, pues era un santo para mí”), le planteó el asunto y le dijo que así no podía seguir manteniendo la calidad de su instituto.

Adiós a Tucumán

Logró, finalmente, que el Conservatorio “Alberdi” fuera expropiado -no sin problemas- y transformado en la primera institución oficial de cultura, llamada “Academia de Bellas Artes”.

Según Lima, como si fuera poco, Malvagni se había metido en una “especulación en tierras”, que dejó malparadas sus finanzas. Debía cambiar de aires. La oportunidad se presentó cuando el intendente de Buenos Aires, Manuel Güiraldes, quiso formar la Banda de Música de la Capital. Gracias a recomendaciones de personajes como Zenón J. Santillán y el doctor Jerónimo del Barco, el intendente se decidió por Malvagni y le encargó aquella tarea.

Así, terminaba 1909 cuando Malvagni se alejó de Tucumán para iniciar la larga y brillante etapa porteña. Se lo despidió con pena. El diputado Manuel Van Gelderen dijo que “la Capital se apropiaba de lo bueno que tenía Tucumán”.

Bajo su dirección, la Banda de Buenos Aires adquirió gran prestigio. También dirigió la orquesta del Colón, en los celebrados “Conciertos de Semana Santa”, y no menos famosos fueron los de la Sociedad Rural.

Estuvo frente a la Banda hasta 1929, año en que se jubiló. Volvió entonces a Italia, y fue cónsul argentino en Nápoles. Pero en 1940 regresó a la Argentina, que consideraba su segunda patria. El maestro Antonino Malvagni murió en Buenos Aires, el 9 de agosto de 1943.

“El Orden” describió su inconfundible figura. “Los cabellos y el rostro encendidos como por los fuegos plutónicos de una salamandra; la mirada vivaz y comprensiva; la mímica sugerente y el lenguaje pintoresco, con desaliño elegante; su criollismo adobado con una suerte de salsa entre dantesca y martinfierresca; su traje civil gris marrón, embanderado con un blanco panamá al tope; o su negro uniforme oficial, en el que se encerraba severamente como en una cripta egipcia...”

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