La misa de hoy: siempre hay algo para cambiar

Por Pbro. Marcelo Barrionuevo.

21 Ene 2018
1

Debemos partir del hecho de que siempre tenemos algo para mejorar, cambiar y crecer. Nadie puede decir que no necesita mejor hacia una vida mas virtuosa y cristiana. La conversión es la superacion de la mediocridad espiritual y moral hacia una vida más cerca de Dios y de los hermanos.

El Señor nos llama: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Hay que saber entonces dejarlo todo con alegría, porque se comprende que entre las voces que suenan a nuestro alrededor, que aturden y encantan con su brillo pasajero, se ha individuado otra cuyo acento es misterioso pero inconfundible, dulce y exigente, sencilla como un suspiro pero profunda como un drama, la voz de Jesús que quiere sacarnos de la mediocridad ambiental para trabajar por la transformación de este mundo.

El Señor se dirige también hoy a cada uno de nosotros porque el Reino de Dios -solía decir Jesús- no viene ostensiblemente (Cfr Lc 17, 20). Jesús, a través de su Iglesia y de sus sacerdotes, es un compañero que vive a nuestro lado y puede, como a estos primeros discípulos, hacernos una llamada a dejarlo todo por Él, a extender su reinado de amor y de paz por la Tierra. Hay que saber reconocer su presencia discreta, envuelta en la debilidad de una criatura porque no quiere imponerse.

Seguir a Jesucristo significa trabajar por la cristianización de este mundo, procurando que ese trabajo se realice en nosotros, en primer lugar, mediante esa profunda conversión que nos propone el Señor en el Evangelio de hoy: “Convertíos y creed en la Buena Noticia”. Aceptar la llamada de Jesús y ser incluidos en el círculo de sus colaboradores más cercanos es el mayor regalo que una persona puede recibir de Dios en esta vida. Así lo entendieron los primeros que, nos dice el Evangelio de hoy, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”.

“No concluyas cómodamente: yo para esto no sirvo, para esto ya hay otros; esas tareas me resultan extrañas. No, para esto no hay otros; si tú pudieras decir eso, todos podrían decir lo mismo... Además: ¿quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difundir su doctrina, sea preciso hacer cosas raras, extrañas? Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciendo, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegra. Ese será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte- charlareis de inquietudes que están en el alma de todos”. (San Josemaría Escrivá).

Comentarios