Un 2018 cargado de pragmatismo político

24 Dic 2017 Por Juan Manuel Asis

Nadie ganó votos, ni más adhesiones ni más fichas; no hay motivos para festejar momentáneas victorias de recinto o callejeras. Algunos creerán que triunfaron, cuando en realidad todos perdieron, principalmente los sectores más vulnerables. En la semana, el hito principal fue que fracasó la política, mientras que la institucionalidad logró salvar las ropas. Pese a todo eso, hubo celebraciones espasmódicas, casi egoístas: de Cambiemos por imponer con lo justo la reforma previsional; de los gobernadores por sacar réditos puntuales en las negociaciones con la Nación, de la izquierda reivindicando la protesta callejera y la rebelión de las piedras, del kirchnerismo por su intento de dejar mal parada a la sociedad Macri-mandatarios peronistas.

Cuotas partes de festejos dolorosos por una reforma dibujada como beneficiosa pero matemáticamente perjudicial para los pasivos; por una violencia cascotera organizada y porque la grieta se reflejó hasta en sorprendentes gestos de mala educación entre los diputados nacionales. Malos ejemplos. Es que algunos se sienten cómodos gritándose desde los extremos, señalándose pecados, tanto es así que si esta noche recibieran de regalo imaginarios “puentes para mejorar las relaciones humanas”, seguramente renegarían o los despreciarían porque no irían en consonancia con sus genes confrontativos. Son los adoradores de la grieta, tal vez los menos, pero los más protagónicos, efusivos y visibles.

Pese a esos “agrietados”, este diciembre que se está yendo se despide avisando qué se puede esperar políticamente en 2018. Los últimos días arrojaron pistas. El nuevo año, que está a pocas horas, no trae consigo ninguna elección, por lo que se convierte en especial para avanzar con reformas políticas; y hasta de modificación de conductas. La transparencia de los actos de gobierno -vale recalcar- sigue siendo materia pendiente de legislación.

Puede sobrevenir un tiempo de tratativas entre dirigentes que tienen responsabilidades de conducción en distintas gestiones; nacionales, provinciales o municipales. En ese marco, por ejemplo, a los funcionarios y concejales de Yerba Buena les vendría bien un poco de reflexión -y por qué no una pizca de humildad republicana- para superar la crisis institucional que han generado. Están hartando a propios y a extraños, alimentando los argumentos de aquellos que no creen que la actividad política sirva para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. El concepto “intervención” sobrevuela como un fantasma por la ciudad del oeste. La sola idea de que pueda corporizarse debería frenarlos para repensar las prioridades institucionales, a no ser que estén apostando a ese final. Seguramente no querrán ese regalito de Navidad, o de Reyes.

Relaciones a observar

También, después de las elecciones que consolidaron a Cambiemos en el plano nacional y tras los contactos entre Nación y Provincias -especialmente las administradas por peronistas- por las reformas fiscal y previsional, cabe analizar cómo puede proseguir la relación entre Macri y Manzur en un año previo al de una nueva renovación de autoridades: 2019. Durante el tiempo electoral de 2017 ambos se “desconocieron” y se arrojaron con munición verbal gruesa; y después tuvieron que verse las caras y acercar posiciones para cerrar los pactos reformistas.

El pragmatismo y las conveniencias mutuas en materia de gestión salieron a relucir y terminaron primando en las discusiones entre macristas y peronistas. Así, mientras el tucumano aportó dos módicos votos en Diputados para alterar la fórmula de pago a los jubilados -y claves si se observa que el oficialismo obtuvo 130 y necesitaba 129 para sesionar con quórum y aprobar la iniciativa previsional-, desde la Casa Rosada frenaron los impuestos internos a las bebidas azucaradas.

Fue un tira y afloje hasta antes de la “foto de familia” del Presidente con los mandatarios que salieron a respaldarlo y a acompañar sus propuestas de cambio. Tensaron la cuerda hasta donde pudieron y luego se sentaron a negociar. Por lo que se vio y por lo que se conoció públicamente que acordaron se podría vislumbrar que entre la Nación y la Provincia habrá una estricta relación institucional basada en el cálculo político, en las necesidades mutuas de gestión -día a día- y en las conveniencias institucionales de ambos lados. Algo así como no nos queremos, pero nos necesitamos; y lo sabemos.

Igualmente, desde el poder central, a Manzur lo miran de reojo; no hay demasiada confianza en él pese a que le dio la espalda a la ex presidenta y se sentó del lado del peronismo “colaboracionista”. Encima, el gobernador y el Presidente van a volver a competir electoralmente entre sí en un par de años, eso pone límites al acercamiento, pero no al capítulo de las conveniencias.

En ese marco, en el oficialismo local entienden que Manzur le dejó en claro a la Nación que con él se puede negociar y arribar a acuerdos por más tirantez existente. Pero que más que nada puso en el tapete que, pese a haber sido un ministro “K”, no va a jugar del lado de Cristina. O sea que lo pueden considerar cercano a la hora de debatir para concretar acuerdos y para compartir una mesa de negociación, y no ubicarlo del lado del espíritu confrontativo que muestra el kirchnerismo. La señal, entienden, es nítida de parte del titular del PE.

Bien, en la Nación consiguieron los votos y la foto de Manzur al lado del Presidente; sin embargo, ¿pueden contar con el gobernador? Será un ver minuto a minuto, confió un referente nacional del PRO ante la consulta. En la Nación lo observan con resquemor, principalmente porque el mandatario mostró dos caras este año, el de duro opositor electoral y el de negociador no obstructivo. Cuentan con el tucumano a la hora de las conveniencias mutuas, pero lo van a presionar, aunque no incomodar en demasía. En el PRO prima el pragmatismo -dicen en ese espacio- y eso juega en favor de Manzur y de los gobernadores peronistas deskirchnerizados, o no cristinistas.

Sin embargo, hoy por hoy, desde Cambiemos ponen el acento en una acción que les llama la atención a partir de lo que se acordó en materia tributaria. Es que después de la aprobación legislativa del “consenso fiscal” se alzaron voces locales de descontento en Buenos Aires, sosteniendo que hubo aumentos de alícuotas no pactadas. En síntesis, se apuntó que la Nación había aceptado aportar más recursos a la provincia a cambio de la merma de tributos, pero no que además de recibir dinero, se aumenten algunos (el oficialismo provincial habló de compensar las eventuales pérdidas). Esto se está siguiendo con atención desde el poder central.

Y si es por cuestión de señales y para mostrar que sigue teniendo un rol protagónico en la mesa de poder provincial y en el plano nacional, Alperovich también mostró sus cartas. Si Manzur aportó dos manos levantadas en la Cámara Baja -Pablo Yedlin y Gladys Medina-, el senador dio a entender que su par del PJ, Beatriz Mirkin, le responde en la Cámara Alta. De hecho, el ex gobernador deslizó que el cargo de vicepresidente de la parlamentaria en la comisión de Hacienda se debió a un acuerdo con el jefe de la bancada peronista en el Senado, Miguel Pichetto.

Está obligado a mostrar que no lo han desplazado y que tiene márgenes para discutir en la mesa del poder, por lo que también para el ex gobernador 2018 será especial: tendrá que mostrar más nítidamente cuál será su apuesta para 2019, pero más que nada serán sus “seguidores” los que deberán blanquear sus movimientos porque no podrán seguir bajo la sombra de dos o tres paraguas. Toda una interna a observar en el peronismo tucumano, ya que los actores principales y secundarios van a tener que revelar sus aspiraciones y lealtades.

Oposición en la mira

También habrá que observar a la oposición provincial porque este año hubo sucesos para prestarles atención: nueva derrota en los comicios -ya suma varias-, la avanzada oficialista en los municipios manejados por Cambiemos y la sorpresiva aparición de Alfonso Prat Gay avisando que quiere ser candidato a gobernador en un par de años.

Después de la elección última, en la que el Gobierno nacional salió fortalecido políticamente, la sigla “Cambiemos” se instaló con más fuerza que los propios candidatos, al decir de la propia dirigencia. Hace un par de años, Cano era más que Cambiemos en Tucumán, hoy las mediciones que manejan en la Capital Federal avisan que se invirtió la ecuación.

Todo lo cual es contraproducente para el dirigente radical, que sufrió un gran desgaste, el suficiente como para que ahora ya no lo sindiquen como “el” candidato para 2019, como alguna vez lo sugirió Macri. Ahora terció Prat Gay, también aparece Alfaro como un referente territorial de fuste en la sociedad, Silvia Elías de Pérez no se queda atrás y Amaya se mantiene expectante. Muchos en una sociedad que no se muestra trabajando como un equipo sólido. Se dice que el macrismo apostará en 2019 por aquel que le garantice una mejor performance, y en esa línea y con la realidad actual de la sociedad opositora, la puerta para elegir al futuro representante de Cambiemos en Tucumán está abierta para todos.

Es una suma de individualidades, falta trabajar en equipo; resume una voz del grupo. Si Cambiemos quiere ser una alternativa de poder en la provincia, sus dirigentes van a tener que consolidarse como un grupo homogéneo. El año que viene puede ser el de una nueva construcción política.

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