Olvidado patriota de la primera hora

El doctor Manuel Felipe Molina desempeñó altas funciones al producirse la Revolución de Mayo

03 Dic 2017

Es curioso que, hasta la fecha, ninguna calle de nuestra capital lleve el nombre del doctor Manuel Felipe Molina, protagonista de las horas iniciales de la Revolución de Mayo en Tucumán y diputado por esta provincia a la Junta Grande de Buenos Aires, en 1810.

Había nacido en nuestra ciudad el 22 de mayo de 1767, hijo de don José de Molina y doña María Josefa Villafañe. En 1783 partió a estudiar a Córdoba: cursó el Colegio de Monserrat y luego la Universidad de San Carlos. En 1789 se graduaba allí de bachiller, licenciado y doctor en Teología. Aunque el historiador Vicente Cutolo afirma, en cambio, que ese año obtuvo los mismos grados en la Universidad de Chuquisaca.

Sea como fuere, el hecho es que abandonó la carrera eclesiástica que había iniciado: pasaría a Buenos Aires, donde se concentró en obtener la habilitación de abogado. Le fue acordada en 1793, año en que se casó con doña Tránsito López.

Letrado de relieve

Frecuentaba mucho a fray Cayetano Rodríguez, dilecto amigo de su hermano José Agustín -el luego célebre “Obispo Molina”- y a distinguidos eclesiásticos, como fray Luis José de Chorroarín, o el canónigo tucumano Ildefonso de las Muñecas, por ejemplo. Al poco tiempo fue nombrado abogado de la Real Audiencia. En 1807, se radicó durante tres años en Mendoza. Antes, de paso por Córdoba, había anudado una perdurable relación con el Deán Gregorio Funes.

En los primeros meses de 1810 debió viajar a Charcas. El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros lo había designado asesor interino de las fuerzas destinadas a “pacificar” el Alto Perú, luego de la rebelión precursora del año anterior. Esto a tiempo que el Cabildo de San Miguel de Tucumán nombraba al doctor Molina candidato a representar al Río de la Plata en la Junta Central de Sevilla. Pero nunca llegaría a hacerse cargo de ese mandato. Otro diploma, muy distinto, iría en su equipaje cuando regrese a Buenos Aires.

La Junta Grande

Como se sabe, al producirse la revolución del 25 de mayo de 1810, la Primera Junta solicitó a las provincias que designaran sus diputados ante ella. San Miguel de Tucumán eligió para el alto cargo a Molina, el 27 de junio. El dato es por demás revelador de su prestigio.

Llegó a Tucumán, en agosto, para hacerse cargo de la nueva función. Estuvo en primera fila junto al vocal de la Junta Juan José Castelli, cuando este se detuvo en Tucumán de paso al Alto Perú. Recién el 10 de noviembre prestará juramento y, antes de partir a Buenos Aires, emitió una vibrante proclama patriótica al vecindario. Corría ya diciembre cuando llegó a la capital. El 10 de ese mes, junto con los demás diputados de las provincias, ingresó en la Junta Grande.

Misión al norte

Tras el desastre de Huaqui, a fines de agosto, el doctor Molina fue enviado en comisión al norte de las flamantes Provincias Unidas, en compañía del presidente de la Junta, Cornelio Saavedra. Su objetivo era, en síntesis, dar una impecable imagen revolucionaria y convencer al pueblo de la necesidad de integrar una nueva fuerza en el Alto Perú, que reemplazara al batido y diezmado Ejército del Norte.

No era tarea sencilla. Las alternativas de la misión Saavedra-Molina son conocidas, y el historiador Ricardo Levene se ha ocupado de ellas en detalle.

Desde Córdoba, reiteraron las instrucciones dadas por la Junta. Esta disponía que el vocal Castelli y Antonio González Balcarce debían separarse del comando del ejército, y ser reemplazados por Juan José Viamonte. Se detuvieron unos días en Santiago del Estero, donde ordenaron poner en posesión a los vocales electos de la Junta Subordinada, que no terminaba de integrarse.

En Tucumán

El 5 de octubre arribaron a Salta. Recién allí les llegaron las noticias de que la Junta Grande ya no era la autoridad suprema, y que la había sustituido un Triunvirato. Molina escribió entonces, el 18, al Cabildo de San Miguel de Tucumán. Su nota aconsejaba a la corporación aceptar la nueva reforma del Gobierno, “que se ha hecho con el mayor orden, solemnidad, legalidad y satisfacción general”.

Saavedra se quedó en Salta, siguiendo las órdenes del nuevo Poder Ejecutivo, mientras se ordenaba a Molina volver a Buenos Aires. Se detuvo un tiempo en Tucumán. Pasaba días en la estancia de La Ramada, propiedad de su cuñado Pedro Bernabé Gramajo. El 28 de octubre le correspondió recibir el juramento de fidelidad que “las corporaciones públicas y vecinos principales” de Tucumán, hacían al nuevo Ejecutivo “instalado en la Capital de Buenos Aires por los señores Diputados de los Pueblos”.

Morir en Rojas

Y al año siguiente, 1812, Manuel Felipe Molina es elegido diputado por Tucumán al “Congreso General” que se proyectaba celebrar, de acuerdo a la circular emitida el 3 de junio por el Triunvirato. Su designación se formalizó el 21 de ese mes. No sin discusión, su nombre se impuso sobre los de los otros votados, que eran los doctores Juan Bautista Paz, Pedro Miguel Aráoz y Nicolás Laguna.

Antes de que concluyera el mes, Molina llegaba a Buenos Aires. A comienzos de 1813 resolvió instalarse con la familia en el campo, en la Guardia de Rojas, localidad bonaerense hoy llamada Rojas. Como integrante de los “saavedristas” de la extinguida Junta, lo inquietaba ver su nombre complicado en el proceso judicial que quería establecer responsabilidades en el movimiento que, en abril de 1811, había protagonizado su sector.

Nunca tuvo buena salud y cayó seriamente enfermo. Todo había empezado -informaba en una carta- con “un despreciable reuma o catarro”, al que siguieron “tempestades febriles”. Dos meses más tarde, el 6 de junio de 1813, fallecía en ese pueblo el doctor Manuel Felipe Molina, a los 46 años.

Momentos finales

Fray Cayetano Rodríguez narrará el trance al desconsolado hermano José Agustín , en carta del 10 de agosto. “El finado no ha hecho testamento, porque aunque estaba dispuesto con todos los sacramentos, y quizás convencido de su muerte, un médico que allí estaba no previó un insulto que le acometió de una fatiga al pecho, que lo dejó entre las manos de su afligida mujer. Sus últimas palabras llenas de religión, han consolado mi alma, y han hecho ver la virtud y cristiandad de la suya. ‘Ese Señor’, le dijo mirando a un Santo Cristo que allí estaba, ‘es el padre a que te encomiendo, es el Esposo a que te dejo: el sea contigo, mi Tránsito, y a Dios para siempre’. Sólo habla así quien tiene mucho repuesto de religión en el alma”.

Su tío jesuita, Diego León de Villafañe, escribió a Ambrosio Funes: “Considero que con llevarlo para sí Dios Nuestro Señor, como piadosamente espero, lo ha librado de las tribulaciones que le aguardaban en Buenos Aires, donde, como Vuestra Merced insinúa, peligra mucho la vida de nuestro Señor Deán (Funes), su dignísimo hermano...”

En julio de 1815, el Cabildo de Tucumán trató una presentación de la viuda, doña Tránsito López de Molina quien pedía, en atención a los servicios de su esposo “y la escasez de patrimonio para sostener a cinco hijos menores que le quedaron”, que se le hiciera “alguna asignación de los fondos públicos”.

Efímera pensión

Se resolvió, finalmente, entregarle 150 pesos anuales, dado que la falta de fondos “no permite se manifieste esta Corporación ser más generosa”. Pero en 1819 se suspendería la asignación, porque las rentas del Cabildo, argumentaba éste, “no producían aún para satisfacer las precisas y ordinarias cargas, fuera de verse frustrados los proyectos acerca de establecimientos útiles...”

No se conoce un retrato de este ilustre tucumano. Como se advierte, Molina actuó resueltamente y en muy altas funciones en los comienzos de la patria, cuando pensó que se abría una nueva era “para la felicidad de las Américas”. Pero la muerte prematura le impidió ver consolidada la obra de la Revolución.

Puede conjeturarse que partió de este mundo sinceramente preocupado por el destino final del proceso que tanto había apoyado, allá en los días optimistas de 1810. En carta de 1813 a su hermana Dolores, el doctor José Agustín Molina no dudaba de que “nuestro dulcísimo Manuel Felipe” habría de disfrutar no solamente del cielo sino “del merecido aprecio, en el tribunal siempre equitativo de la posteridad imparcial”.

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