Un camino de tierra es la calle principal de Niogasta, pueblo ubicado al sur de Simoca. Allí vive Luisa Ruiz, de 68 años, que confiesa que lo que más desea en la vida es terminar de construir su casa. Es que cuando está por hacerlo, la crecida del río Chico la obliga a abandonar todo y volver a empezar en un nuevo lugar. Como Mercedes Cardozo, ella se mudó de Sud de Lazarte a Niogasta en 2015, perseguida por las crecidas. En su nuevo barrio, la mayoría de las 60 familias viene del mismo pueblo.
Daniel Correa cuenta que en ese lugar antes eran dos o tres casas, pero que de a poco se transformaron en una barriada que está llena de problemas, según detalla a coro con Ruiz.

“Primero, no tenemos agua potable. La conseguimos en el CIC de la zona o la compramos en Monteagudo. Hay un proyecto del actual comisionado rural, pero no sabemos si ha prosperado. Puede faltar todo, menos agua. Después vienen las crecidas. Por más que hayamos encontrado acá el refugio, el verano pasado se inundó todo a nuestro alrededor. Y las defensas que construyeron en el río no son lo demasiado fuertes para contener el agua”, denuncia Correa. Su vecina agrega que las moscas no sólo son una molestia, sino que se han convertido en una plaga veraniega difícil de erradicar: “ni el ventilador las corre. Están por millones encima nuestro. No se puede comer afuera”.
Ruiz agrega que el agua que sacan de un pozo de la zona es tan salada que sólo les sirve para lavar los platos, y pocas veces se bañan con ella. “A la ropa nueva la lavamos en Monteagudo y de vez en cuando nos vamos hasta allá para bañarnos. No sabemos por qué el agua es tan salada”, sostiene Ruiz, cansada de las penurias.








