Con ayuda de la tucumana Ana Laura Saieg chicos hispanohablantes no pierden sus raíces en Holanda

La distancia siempre aporta una mirada diferente del lugar propio, un cambio de perspectiva que empuja a pensar qué tenemos para enseñarle al mundo y, sobre todo, qué tenemos que aprender. Estos son algunos tucumanos que edificaron su vida fuera del país.

22 Oct 2017

> TUCUMANOS POR EL MUNDO

El amor y la situación posterior a la crisis de 2001 se conjugaron y se la llevaron lejos. Ana Laura Saieg tiene 43 años, es contadora y está casada con Mark Olie, un abogado holandés. Tiene dos hijas: Emilia, de 10 años, y Camila, de 7. Y que esas dos pequeñas no pierdan su español es, en parte, la razón de ser de la fundación MiniLectores, que Ana fundó con otras mamás.

- ¿Hace cuánto te fuiste y por qué?

- Dejé Tucumán por primera vez en 1998. Iban a ser dos años, pero luego vino un Master en Finanzas, otro trabajo... Así que cuando en 2004 me casé y vine a Holanda ya había sufrido el primer desarraigo. No significa que no fue difícil, pero quizás dolió menos. A Mark le encanta Argentina, pero cuando nos casamos -después de la crisis de 2001- estaba todo muy turbulento; pensamos que debíamos empezar aquí y después veríamos. Y como me pasó con Buenos Aires, me fui “asentado” sin querer queriendo, y hoy tenemos nuestra vida aquí.

- ¿Dónde vivís? ¿A qué te dedicas?

- Los dos primeros años vivimos en Amsterdam, y me encantó: tenía muchas de las cosas que me gustaban de Buenos Aires, pero en un espacio mucho más chico. Ahora vivimos en Amstelveen... sería como la Yerba Buena de Amsterdam. Es muy internacional, muy verde y tengo todo cerca (incluso Amsterdam, a menos de 10 km). Desde que llegué pude trabajar en lo mío: sabía inglés y venía con buena experiencia de Argentina. Además, una vez inscripto en Holanda nuestro casamiento, pusieron a mi disposición un profesor de holandés. Me contratan para proyectos específicos, lo que me encanta por la independencia.. Además, con otras tres mamás hispanohablantes fundamos hace dos años MiniLectores (www.minilectores.com), que fomenta -a través de la lectura- el uso activo del español en niños de raíces hispanohablantes. Comenzamos con un grupo reducido en una biblioteca de Amsterdam. Hoy tenemos más de 30 voluntarios, y organizamos lecturas en seis ciudades de Holanda con grupos que van desde bebés hasta los 12 años, entre ellos mis hijas. Soñamos con seguir creciendo en Holanda, y quizás en otros países… quién sabe.

-¿Fue duro adaptarse a las diferencias culturales? ¿Qué aprendiste de ellas?

- Me costó adaptarme a la falta de “espontaneidad”. Aquí la vida siempre está programada, nadie puede prescindir de una agenda. No existe “¿querés hacer algo hoy?” o “caigo a tu casa y vemos qué sale”. Al principio te revelás y te quejás, pero después advertís que si no entrás en eso, te quedás sin vida social. Hoy hasta con mis amigos latinos planeamos los encuentros con cierta antelación, aunque menor. La otra novedad fueron las bicicletas Llegué un viernes y el sábado tenía una. Aunque rescato las “bicisendas” -que acá existen- tuve que aprender a pedalear en medio de autos, tranvías y ciclistas que manejan hablando por teléfono, llevando dos o más niños, bolsas del súper... Confieso que si llueve no me gusta, pero si no, voy a todos lados en bici, incluso a mi trabajo.

-¿Qué aportó Tucumán a tu formación profesional y como persona?

- En la Facultad de Ciencias Económicas (UNT) recibí una excelente formación; estoy convencida de que fue uno de los pilares que me permitió seguir desarrollándome profesionalmente dentro y fuera del país. Mi formación como persona se la debo 100% a mis padres y a mi familia, que siempre me estimularon y apoyaron para luchar por mis sueños, compartiendo la ilusión y la pasión que estos emprendimientos se merecen.

- ¿Qué extrañas de Tucumán? ¿Y qué no extrañas en absoluto?

- Extraño mi familia, los asados de los domingos. Extraño a mis amigas y los encuentros espontáneos. Extraño ciertas comidas -sobre todo las regionales- algunas de las cuales aprendí a hacer, pero nunca salen tan ricas como cuando las como allí. No extraño la suciedad ni el desorden en la vía pública, con los que me encuentro cada vez que visito Tucumán. También me angustia la inseguridad con la que conviven mis afectos (amigos y familia).

- ¿Qué tenemos que incorporar en la provincia o aprender de otros para crecer y mejorar?

- La primera palabra que se me viene a la cabeza es respeto. Creo que si una sociedad como la holandesa funciona, es porque existe respeto entre las personas que la integran: por el prójimo, por el medio ambiente, por la ley y las organizaciones (públicas y privadas). Si comenzamos por este principio tan básico, creo que se pueden mejorar muchas cosas.

-¿Volverías a Tucumán? ¿Algunas condiciones locales tendrían que cambiar para que regreses? ¿Cuáles?

-Como dije, mi vida ahora está aquí, y ello significa mi familia, mi casa, mi trabajo y el de Mark, la escuela de mis hijas... Quizás porque es fácil acostumbrarse a “las rutinas”, no me imagino viviendo en otro lugar en este momento. Sin embargo, Mark y yo soñamos que cuando estemos jubilados y nuestras hijas sean más grandes pasaremos temporadas largas en Argentina, para sacarnos el gusto a poco que nos dejan las visitas cortas actuales.

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