"Dios elige a cualquiera y no precisamente a los que son más santos"

La vocación es cada vez más tardía y se asume después de un recorrido por distintas carreras universitarias y empleos. Tres testimonios

EN EL CAMINO. Paolo Bustos, Daniel Fernández y Rodrigo Emanuel Graneros cuentan las historias que los llevaron hasta el Seminario Mayor. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO.-
EN EL CAMINO. Paolo Bustos, Daniel Fernández y Rodrigo Emanuel Graneros cuentan las historias que los llevaron hasta el Seminario Mayor. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO.-
06 Junio 2017

“No era un chico de Iglesia ni de grupo religioso. No me preocupaba por el futuro de nadie”, confiesa de sí mismo. Paolo Bustos vivía en el pueblo de La Sala, San Javier, donde la llegada del cura, una vez al mes, era una fiesta para la pequeña comunidad. “Siempre había chicos para bautizar. Cuando alguien moría no era el cura sino una señora que sabía rezar el rosario la que despedía al alma de los morales”. El santo del lugar nunca había sido celebrado y nadie sabía la fecha que le correspondía. Fue en ese templo verde, entre el silencio y el cotorreo de los pájaros, que Paolo recibió la catequesis sencilla de su madre, pinceladas por mimos que sólo él había recibido por ser el “shunko” (el más chico, en quechua) de una familia de cinco hermanos.

Alguien pensó que Paolo tenía “cabeza para los estudios” y lo mandaron a la ciudad de Tucumán a cursar el secundario en la casa de una tía. Aunque el chico no lo sabía, la “llama piloto” que había encendido su madre había quedado prendida en su corazón. Como estaba familiarizado con el campo se inscribió en la carrera de Agronomía y Zootecnia. Cuenta que fue en la fila para votar en las elecciones estudiantiles, donde el camino al sacerdocio se le abrió como una zanja imaginaria. Él decidía si saltar o no.

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Sus compañeros del Seminario Mayor “Nuestra Señora de La Merced y San José”, Rodrigo Emanuel Graneros y Daniel Fernández, lo escuchan, divertidos. Ellos también tienen historias para contar. “En la fila dos amigos hablaban acerca de un retiro espiritual en Tacanas, al que uno de ellos no podía asistir. El lugar ya estaba reservado. Así que uno de ellos se dio vuelta y apuntándome con el dedo me dijo: ¡ya está! Vas vos. Yo me reí porque no sabía de qué se trataba. Pero él fue contundente: Jesús te espera tal día en tal lugar”. Ahí comenzó todo.

“¡Ocurre que Jesús no busca a los perfectos! ¡Me pasó a mí también!”, dice Daniel, que con 40 años es el más grande de los que recién ingresan al seminario. La tendencia es que ya no entran al terminar el secundario como antes. Hacen un recorrido hasta reconocer que se sienten llamados a la vida sacerdotal. Paolo tiene 27 años y Rodrigo, 24 años.

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Daniel estudió Derecho y se recibió de procurador. Pero sentía que nada le llenaba. “No era lo mío. Me sentía vacío”, recuerda. Buscó empleo. Trabajó ocho años en un sanatorio, unos cuantos meses en un bar ... y nada. “Hasta que un día sucedió lo del Congreso Eucarístico Nacional. Ahí, en el Hipódromo, durante una adoración al Santísimo, me sentí por primera vez, feliz”, se le iluminan los ojos. “Que Dios me estaba esperando. Entonces me fui a la parroquia San Roque, que está cerca de mi casa, y busqué a cualquier sacerdote. Le conté lo que me pasaba. Empezamos una serie de charlas y después me derivó al Seminario Mayor. Yo no tenía curas amigos ni iba a ningún grupo religioso. Todo fue encajando como si fuera un camino hecho para mí”, dice con alegría.

“Siempre es así: Jesús te invita y, a veces, te insiste, pero sin obligarte”, dice Rodrigo Emanuel Graneros, egresado del colegio nacional de Aguilares y alumno durante cuatro años en la Facultad de Psicología de la UNT. “Yo quería formar una familia y servir a Dios desde mi profesión hasta que Él me mostró otro proyecto”. Dice que la puerta de entrada a esa propuesta de Dios fue su consagración a la Virgen en la parroquia Medalla Milagrosa. “Dios habla al corazón pero a veces cuesta escucharlo. Es difícil renunciar a las seguridades personales - admite-. Pero cuando uno le dice sí, es muy hermoso. Yo le diría a los jóvenes que no tengan miedo. Que Dios elige a cualquiera y no precisamente a los que son santos. Sólo hay que darle un lugar en nuestra vidas.”

Cómo se vive en el Seminario Mayor
n A las 6.40, rezo de laudes (oración de la mañana).
n A las 7, desayuno.
n De 8 a 12.30, clases.
n 13 a 15, almuerzo y actividades libres (gimnasio, deportes, estudios, descanso, lecturas, televisión, recreación y otras).
n  De 15 a 19.30, estudio.
n 19.30, vísperas (oración de la tarde)
n  20, misa y, luego, cena.

> Cómo se vive en el Seminario Mayor
- A las 6.40, rezo de laudes (oración de la mañana).
- A las 7, desayuno.
- De 8 a 12.30, clases.
- 13 a 15, almuerzo y actividades libres (gimnasio, deportes, estudios, descanso, lecturas, televisión, recreación y otras).
-  De 15 a 19.30, estudio.
- 19.30, vísperas (oración de la tarde)
-  20, misa y, luego, cena.

> Cinco condiciones para ser sacerdote

Una de las condiciones que la psicóloga Raquel Sobre Casas llama “indispensables” para la vida sacerdotal es “tener sentido del otro”. Aclara que es un concepto tomado de la médica y psicóloga Alicia Zanotti de Savanti, especialista en el acompañamiento psicoterapéutico de los consagrados. “Una persona que no tiene sentido del otro no puede estar en la vida religiosa, porque se trata de eso, de estar al servicio de los demás”. Personalidades muy narsicísticas, egocéntricas o con carencias no elaboradas, es difícil que lleven una vida sacerdotal plena”, sostiene Sobre Casas, quien integró el equipo externo de psicólogos del Seminario Mayor en la última década.

“Tener carencias no resueltas puede llevar a buscar, de manera inconciente, en la vida sacerdotal lo que no se tuvo antes. Se trate de carencias económicas, afectivas o de estatus, ejemplifica.

Una persona “sana” “potable” psicológicamente para ingresar al seminario debe contar con “una buena estima personal, pero, a la vez, ser consciente de sus propias limitaciones y de sus heridas, y tener necesidad de resolverlas”, explica. Es decir: “todos los seres humanos tenemos heridas y situaciones complejas que vamos resolviendo pero cuando no las tenemos en claro o las negamos, aparecen camufladas en otras cuestiones o encubiertas en la búsqueda de lo trascendente”, advierte.

“Se necesitan personas integradas. A veces se corre el riesgo de incorporar a personas muy espirituales pero poco asumidas en su humanidad”, insiste. El sacerdote jesuita Wilkie Au decía: “no se puede edificar la vida consagrada sobre las ruinas de lo humano”. “Lo que no es asumido no es redimido” era la frase de San Ireneo de Lyon.

En resumen, es ideal que el candidato al sacerdocio pueda contar con:

1- Una estructura psicoafectiva sana.

2- Capacidad para tolerar las frustraciones y encontrar diferentes caminos de gratificación como la sublimación (esto sirve para llevar adelante el celibato).

3- Empatía y relación con el otro desde la gratuidad de la entrega.

4- Capacidad para amar y dejarse amar.

5- Ser consciente de los conflictos pero tener capacidad para buscar ayuda.

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