La cara más brutal de la guerra

Los rebeldes se atrincheran en las mezquitas de Fallujah y desafían a las fuerzas de ocupación.

11 Abril 2004
Las imágenes de la televisión conmocionaron al mundo: aterradoras figuras enmascaradas bailando con sus lanzagranadas alrededor de sus rehenes japoneses -dos hombres y una mujer-. Uno de los secuestradores acerca su cuchillo a la garganta de un japonés, cuyos ojos muestran el espanto, mientras la mujer se quiebra por completo. La guerra de Irak, que ha recobrado una sangrienta intensidad en el aniversario de la entrada de las tropas estadounidenses en Bagdad, muestra ahora su cara brutal. Los rebeldes se atrincheran en las mezquitas de Fallujah y desafían a las fuerzas de ocupación. Sólo las armas de precisión estadounidenses han evitado hasta ahora la destrucción de uno de estos edificios considerados sagrados. Hace diez días, rebeldes mataron a cuatro agentes de seguridad norteamericanos en este bastión sunnita. Una multitud enardecida destrozó sus cadáveres y colgó parte de ellos desde un puente. Todo esto se vio por televisión en el mundo entero.
Quien observa estas imágenes no puede hacer más que preguntarse adónde llevará tanta violencia y brutalidad. Pero los 25 años de dictadura de Saddam Hussein, actualmente encarcelado por EE.UU., han dejado sus huellas. Saddam envió a una muerte segura a cientos de miles de iraquíes en la guerra contra el vecino Irán, arrojó gas venenoso sobre pueblos kurdos y ejerció una bárbara opresión sobre su pueblo. Rebeldes chiítas fueron ejecutados en masa y enterrados en fosas comunes. A los desertores se les cortaba una oreja; a los críticos del régimen, la lengua. Prisioneros políticos sufrieron torturas en las cárceles, que debían recurrir a ejecuciones para hacer lugar a los nuevos prisioneros. "A los iraquíes se les inyectó el miedo y el terror en la capa más profunda de su ser", constata el escritor y antiguo disidente Kanaan Makiya.
El caos que domina la escena hace imposible cualquier análisis de lo ocurrido durante la dictadura. El embrutecimiento de la sociedad tiene entre sus víctimas a la sensibilidad por el sufrimiento ajeno. "¿Ha visto las imágenes de los niños bajo los escombros de las bombas en Fallujah?", fue la respuesta de un iraquí que abandonaba la oración del viernes en una mezquita sunnita cuando se le preguntó su opinión sobre el trato que recibían los rehenes japoneses secuestrados en algún lugar de Fallujah. (DPA)

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