Dios y yo*

La mayoría de los individuos pertenece a la religión de sus padres y del lugar donde nació. Nadie elige su religión, la hereda. Cambiar de religión o romper con todas es ir contra la corriente; para eso se precisa una voluntad, una personalidad muy definida, la osadía de animarse a ser distinto y -sobre todo- a ejercer la actitud de pensar por sí mismo

IMPLACABLE. “Había una frase hecha que prescribía en las reuniones familiares: ‘En la mesa no se habla de religión ni de política’. Hoy la política provoca estridentes discusiones; no ocurre así con la religión, ya pocos se acuerdan de Dios”, sentencia Sebreli. IMPLACABLE. “Había una frase hecha que prescribía en las reuniones familiares: ‘En la mesa no se habla de religión ni de política’. Hoy la política provoca estridentes discusiones; no ocurre así con la religión, ya pocos se acuerdan de Dios”, sentencia Sebreli.
05 Marzo 2017

Por Juan José Sebreli

Mis relaciones ante la religión fueron atípicas, imposibles de cuantificar en las estadísticas. Mi fe fue siempre problemática; una temprana inquietud me había atormentado con inseguridades, desorientación y hasta dudas inusuales en un niño. En la primera confesión —a los ocho años—, ritual previo a la primera comunión, frente al asombrado sacerdote dije, con un angustiado sentimiento de culpa y vergüenza, que mi mayor pecado era dudar a veces de la existencia de Dios. El cura, ante una situación tal vez, para él, inédita, solo atinó a balbucear —¡Qué sería de todo esto sin Dios!— y ni siquiera intentó convencerme; sospecho que era un hombre de pocas luces.

En realidad yo no sabía si creía o no creía, era algo más complicado que plantearse tranquilamente la no creencia, me cuestionaba, oscilaba entre las dos caras de una paradoja, de la que tardaría en salir. Pienso, a la distancia, que esos pocos minutos en el confesionario fueron un momento decisivo en mi infancia porque había puesto en palabras y ante otro lo que venía diciéndome a mí mismo en silencio. Salí de esa experiencia con la conciencia inconsciente de que lo aparentemente verdadero, no solo Dios sino la existencia humana y el universo todo, era sin embargo problemático y que ni el sacerdote ni mis padres podían sacarme de la duda. Debía resolver por mi cuenta ese dilema. Descubría, aunque en forma irreflexiva, que era alguien diferente de los demás; se me revelaba la subjetividad —un “pienso luego existo” prematuro— y con ello, indisolublemente unida, la revelación de la libertad de decidir por mí mismo.

Aquella precoz vivencia infantil de la duda fue el germen de mi futuro espíritu crítico, de mi búsqueda llena de interrogantes ante la multiplicidad de opciones. Mi existencialismo de la juventud y mi agnosticismo de la madurez no fue una actitud intelectual producto de reflexiones y lecturas a lo largo de los años, provenía de una intuición infantil que entonces no podía explicarme y que devendría en mi madurez en un agnosticismo sereno y racionalmente adoptado.

También aquella primera confesión reveló algunos rasgos personales: decir siempre lo que pienso aunque esto pudiera provocarme la marginación, tener la osadía de ir contra la corriente, formar parte de una minoría enfrentada a la inmensa mayoría. Nunca había escuchado a nadie hacer planteos sobre la existencia de Dios. En esos años no tenía noción de que existieran ateos o escépticos o agnósticos; no los había ni se hablaba de ellos a mi alrededor, pensaba por lo tanto que era el único, un monstruoso yo.

En mi entorno ninguno dudaba de Dios porque nadie se hacía esas preguntas. No se hablaba de religión entre la gente común. Incluso había una frase hecha que prescribía en las reuniones familiares: “En la mesa no se habla de religión ni de política”. Hoy la política provoca estridentes discusiones; no ocurre así con la religión, ya pocos se acuerdan de Dios.

Los problemas de la crítica

La mayoría de los individuos pertenece a la religión de sus padres y del lugar donde nació. Nadie elige su religión, la hereda. Cambiar de religión o romper con todas es ir contra la corriente; para eso se precisa una voluntad, una personalidad muy definida, la osadía de animarse a ser distinto y sobre todo a ejercer la actitud, poco frecuente, de pensar por sí mismo. La duda instintiva y no la fe irrestricta es algo inherente a la condición humana; sin embargo, casi siempre es apagada por una igualmente inherente predisposición a la credulidad ingenua, o a la conformidad con el entorno, o a la pereza de pensar; la religión es aceptada por rutina, por espíritu gregario, rara vez criticada y ni siquiera razonada.

* Fragmento de Dios en el laberinto. Crítica de las religiones (Sudamericana).

PERFIL

Juan José Sebreli nació en Buenos Aires en 1930. Colaboró en Sur y Contorno, y fue mentor intelectual de la sección cultural del diario Perfil. Entre sus libros se destacan Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, Los deseos imaginarios del peronismo, El asedio a la modernidad, El vacilar de las cosas, La era del fútbol, Crítica de las ideas políticas argentinas, El olvido de la razón y El malestar de la política. Ha sido traducido al francés, al alemán y al italiano. Recibió, entre otras distinciones, dos Konex de Platino y el premio de la Academia Argentina de Letras.

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