05 Marzo 2017

Por Cristina Bulacio - Para LA GACETA - Tucumán

Es inexplicable –en apariencia– el que, a pesar de la consistencia “líquida” (Bauman) del mundo actual, vertiginoso, insustancial, carente de valores sólidos, el tema de Dios aparezca con insistencia en diversos acontecimientos actuales. Desde la autoinmolación de jóvenes en nombre de Alá o las convocatorias al diálogo entre creyentes y gentiles de la Iglesia Católica, hasta ensayos y novelas con títulos sugerentes. Sin duda, nuestro desamparo y finitud, nos llevan a preguntar por la existencia de un Ser Superior que cobije, explique y dé sentido a nuestra propia vida.

Ahora bien, hacer esta pregunta desde la pura racionalidad –fuera del confortable territorio de la fe– transitar escarpados senderos guiados por la filosofía, la ciencia, la ética, es sumergirse en la historia social y política –sobre todo política– del mundo. Éste es el propósito de un libro de 700 páginas, lúcido, argumentativo, polémico, que abarca la cultura global vista por Juan José Sebreli.

El hilo conductor del libro es la religión; con mayor precisión, la pregunta por la existencia de Dios y el inescrupuloso uso político de lo religioso a lo largo de los siglos, incluyendo a los Papas. Desde siempre lo Sagrado fue la fuente originaria de todo poder y ese poder, que otorga la religión a quien la administra, fue usado por los gobernantes para dominar al pueblo. El texto atraviesa los siglos, se sumerge en las tres religiones del libro -Judía, Cristiana y Musulmana- para mostrar su origen común, los estrechos vínculos que las unen Pone especial énfasis en las alianzas espurias entre religión y política que se dieron tanto en Oriente como en Occidente. “Las religiones monoteístas fueron intolerantes, violentas y belicistas porque estuvieron unidas al Estado … al que servían de justificación ideológica para las guerras” (página 331).

Sebreli siente la resistencia de lo Sagrado –tomado como objeto de estudio– a ser clasificado, ordenado y explicado por la simple razón. El tremendo desafío –siempre reiterado, siempre inútil– consistiría en empujar los límites del saber, a través de las argucias de la razón, intentando comprender este hecho inmenso e indemostrable: la existencia de Dios. El título Dios en el laberinto sugiere una profunda paradoja y quizás revela la gran ironía de lo Divino, hablando borgeanamente, porque es él mismo, el autor, quien, como todos los hombres, está atrapado en el laberinto. “El mundo es un laberinto del cual era imposible huir” (Borges).

El autor reconoce, por momentos, la inmensa contradicción que nos atraviesa. Si Cronos regula el transcurrir del universo y devora a sus hijos sin piedad, nuestro destino es la muerte. Entonces: ¿Dios existe? ¿Cómo salvarnos de nuestra pequeñez? ¿Es posible la eternidad personal? Somos tiempo ¿Cómo pensar en Alguien fuera del tiempo? Sebreli se declara agnóstico, lo que significa que, en estos problemas últimos, acepta sólo conjeturas porque no tiene respuestas certeras. Es un “tercer camino”, dirá, entre la certeza dogmática de los dueños de la verdad y el escepticismo radical del ateo.

Durante la lectura me sentí, por momentos, identificada, con el autor: su agnosticismo democrático, su tolerancia intelectual, la crítica implacable a la desmesura política, a los irracionalismos; el reconocimiento del misterio de lo Sagrado como un punto inexpugnable para la razón. Pero también supe que esto era válido para aquellos formados en el siglo XX. Hoy, avanzado el siglo XXI, el mundo ha cambiado. Creo yo –no lo dice Sebreli– que las tres religiones monoteístas –mediadoras entre el hombre y Dios– serán, más que la política, el gran campo de disputa para apropiarse de los centros de poder de un mundo en el que el laicismo ha claudicado.

Dios en el laberinto es un ensayo mayor; un estupendo testamento espiritual y gran síntesis de la cultura del siglo pasado vista con lucidez y coraje desde este lado del mundo.

© LA GACETA

Cristina Bulacio - Doctora en Filosofía.

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