08 Abril 2004 Seguir en 
Kigali.- Ruanda conmemoró el décimo aniversario del genocidio de casi un millón de personas, con varios actos en los que la ausencia casi total de líderes políticos extranjeros reforzó las críticas a la comunidad internacional por no haber evitado la peor atrocidad del siglo XX. El primer ministro de Bélgica -de la que Ruanda fue colonia-, Guy Verhofstadt, fue el único líder occidental presente en Kigali.
Sobrevivientes de la matanza enterraron simbólicamente los restos de víctimas recobrados de fosas comunes, en el primero de los actos para conmemorar el asesinato de unos 800.000 ruandeses de la etnia tutsi y miembros moderados de la mayoría hutu durante 100 días de violencia que desangraron este país centroafricano. "Nos volveremos a ver en el cielo", cantaba un coro bajo un sol abrasante. Mientras, una multitud de ruandeses descalzos y harapientos miraba desde la cima de una colina cercana la llegada de los presidentes africanos en vehículos todo terreno. El presidente ruandés, Paul Kagame, cuyas fuerzas -entonces rebeldes- depusieron al gobierno extremista hutu que instigó el genocidio, depositó una corona de flores en uno de los féretros y luego encendió una llama que arderá durante 100 días.
En Ruanda, en estos momentos es más importante la cuestión de cómo podrán convivir los supervivientes, testigos, colaboradores y agresores. El gobierno ha suprimido casi por completo la división entre hutus y tutsis, y formula permanentemente llamamientos a la reconciliación.
Una oportunidad
En los últimos días, políticos extranjeros han resaltado reiteradamente cuánto sienten no haber ayudado a Ruanda hace diez años para evitar el genocidio. Ahora tienen una oportunidad de reparar los daños: Ruanda ha pedido insistentemente que se persiga a los presuntos instigadores del genocidio para presentarlos ante un tribunal de la ONU. Se cree que muchos de los sospechosos viven, entre otros países, en Francia, Bélgica, Australia y Estados Unidos. (Reuter-Télam)
Sobrevivientes de la matanza enterraron simbólicamente los restos de víctimas recobrados de fosas comunes, en el primero de los actos para conmemorar el asesinato de unos 800.000 ruandeses de la etnia tutsi y miembros moderados de la mayoría hutu durante 100 días de violencia que desangraron este país centroafricano. "Nos volveremos a ver en el cielo", cantaba un coro bajo un sol abrasante. Mientras, una multitud de ruandeses descalzos y harapientos miraba desde la cima de una colina cercana la llegada de los presidentes africanos en vehículos todo terreno. El presidente ruandés, Paul Kagame, cuyas fuerzas -entonces rebeldes- depusieron al gobierno extremista hutu que instigó el genocidio, depositó una corona de flores en uno de los féretros y luego encendió una llama que arderá durante 100 días.
En Ruanda, en estos momentos es más importante la cuestión de cómo podrán convivir los supervivientes, testigos, colaboradores y agresores. El gobierno ha suprimido casi por completo la división entre hutus y tutsis, y formula permanentemente llamamientos a la reconciliación.
Una oportunidad
En los últimos días, políticos extranjeros han resaltado reiteradamente cuánto sienten no haber ayudado a Ruanda hace diez años para evitar el genocidio. Ahora tienen una oportunidad de reparar los daños: Ruanda ha pedido insistentemente que se persiga a los presuntos instigadores del genocidio para presentarlos ante un tribunal de la ONU. Se cree que muchos de los sospechosos viven, entre otros países, en Francia, Bélgica, Australia y Estados Unidos. (Reuter-Télam)







