07 Marzo 2004 Seguir en 
En la Argentina, una fuerte confianza en el sector privado, acompañada por una no menos significativa desconfianza en el sector público, parece haber formado parte del clima económico imperante durante el fuerte crecimiento experimentado por el país durante buena parte de la década pasada.
La desconfianza en el sector público sirvió seguramente para dar consenso a las privatizaciones y al abandono por parte del Estado de muchas de las funciones que antes cumplía. Por su parte, la confianza en el sector privado y en el funcionamiento de los mercados contribuyó, sin dudas, a la generación de un ambiente favorable para el progreso material de nuestra sociedad.
Pero esta confianza en los negocios privados peca de ingenuidad cuando se convierte en incondicional, asignándole todas las virtudes económicas al funcionamiento de los mercados y todos los defectos a la participación del Estado.
Ingenuidad
Cuando se confía de manera ingenua e incondicional en los negocios privados, el sistema social puede terminar convenciendo a todos que se puede prescindir del espíritu público, lo que lleva a que el sistema entero pierda su propia viabilidad. Cuando explotó la crisis de 2001, el negocio menos inseguro en la Argentina pasó a ser el atesoramiento de divisas extranjeras retiradas del circuito económico que forman el ahorro y la inversión productiva. Esta caída en picada del ahorro canalizado a través del sistema financiero, junto con abandono masivo de la ejecución de proyectos reales de inversiones productivas, constituyen justamente el signo más visible de la desconfianza generalizada que economía argentina intenta hoy penosamente superar.
Corrupción
En la degradación del clima de confianza influyó de manera significativa la percepción generalizada de un ambiente económico signado por un alto grado de corrupción. El Gobierno actual ayudó mucho a mejorar sustancialmente este clima, pero el nivel de incertidumbre sigue siendo demasiado elevado.
Una verdadera confianza pública depende del grado de seguridad que los sujetos atribuyen a sus propias expectativas, y las condiciones de incertidumbre desvanecen la confianza en las propias expectativas, dificultando la estimación de los riesgos de cada acción e inclinando a los actores económicos a posponer las decisiones de inversiones productivas para refugiarse en la liquidez. Una vez instalado un clima de desconfianza profunda, capaz de producir corrosión en el sistema económico, cuesta recuperar la confianza que las inversiones productivas necesitan.
La desconfianza en el sector público sirvió seguramente para dar consenso a las privatizaciones y al abandono por parte del Estado de muchas de las funciones que antes cumplía. Por su parte, la confianza en el sector privado y en el funcionamiento de los mercados contribuyó, sin dudas, a la generación de un ambiente favorable para el progreso material de nuestra sociedad.
Pero esta confianza en los negocios privados peca de ingenuidad cuando se convierte en incondicional, asignándole todas las virtudes económicas al funcionamiento de los mercados y todos los defectos a la participación del Estado.
Ingenuidad
Cuando se confía de manera ingenua e incondicional en los negocios privados, el sistema social puede terminar convenciendo a todos que se puede prescindir del espíritu público, lo que lleva a que el sistema entero pierda su propia viabilidad. Cuando explotó la crisis de 2001, el negocio menos inseguro en la Argentina pasó a ser el atesoramiento de divisas extranjeras retiradas del circuito económico que forman el ahorro y la inversión productiva. Esta caída en picada del ahorro canalizado a través del sistema financiero, junto con abandono masivo de la ejecución de proyectos reales de inversiones productivas, constituyen justamente el signo más visible de la desconfianza generalizada que economía argentina intenta hoy penosamente superar.
Corrupción
En la degradación del clima de confianza influyó de manera significativa la percepción generalizada de un ambiente económico signado por un alto grado de corrupción. El Gobierno actual ayudó mucho a mejorar sustancialmente este clima, pero el nivel de incertidumbre sigue siendo demasiado elevado.
Una verdadera confianza pública depende del grado de seguridad que los sujetos atribuyen a sus propias expectativas, y las condiciones de incertidumbre desvanecen la confianza en las propias expectativas, dificultando la estimación de los riesgos de cada acción e inclinando a los actores económicos a posponer las decisiones de inversiones productivas para refugiarse en la liquidez. Una vez instalado un clima de desconfianza profunda, capaz de producir corrosión en el sistema económico, cuesta recuperar la confianza que las inversiones productivas necesitan.
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